| |||||||||||||||||||||||||||||||||
|
|
| |||||||||||||||||||||||||||||||||
![]() |
<<< A Cristo por María >>> |
|||||||
|
" Todas las generaciones me llamarán Bienaventurada " www.acristopormaria.com.ar www.pormaria.com.ar
|
||||||||
|
|
|
|
|
|
|
|||
|
TIEMPO Y ETERNIDAD Nota del sitio: Este libro es una colaboración de nuestro amigo Juan García Millán. Es un libro que surge su propia experiencia en la defensa de la fe. De ninguna manera quiere ser la voz oficial de la Iglesia, sino solo compartir su vivencia a la luz de la Palabra, el Magisterio y su propia reflexión. Creemos que puede ser de inmensa ayuda a quienes les toca, por sus labores catequisticas, dar razones de su fe, a quienes siendo católicos tienen dudas sobre muchos temas o a quienes siendo de otras confesiones cristianas, incluso habiendose llamado antes católicos, mantienen dudas respecto a la Iglesia y lo que creemos como católicos. Nos dice el mismo Juan respecto a su libro: "Siempre he sido una persona de fe muy profunda, y he intentado esparcir esta fe entre todos los que me rodean. Conseguí desarrollar argumentos para contraatacar a todos los enemigos de la fe (que eran muchos como te puedes imaginar) y con el tiempo pensé que lo mejor sería hacer una recopilación de todos estos pensamientos. Comencé a escribir este libro hace unos cuatro años, cuando sentí algo así como una llamada del Señor que me impelía a plasmar por escrito todas estas ideas, con la única finalidad de atraer almas hacia Él. Y la verdad es que este es el único objetivo que guía a la obra." Desde ya estamos muy agradecidos a Juan por su generosidad y amor a Cristo y a la Iglesia. Claudio Durán. A Cristo por María. INDICE La
paganización de la sociedad moderna Una
aproximación a la escatología
Prólogo
El libro que tienes en tus manos no te dejará
indiferente. Es un libro que trata sobre religión; es decir,
sobre lo visible y lo invisible, sobre la vida y la muerte, sobre el tiempo
y sobre la eternidad. Si lo lees con atención y detenimiento, puede que tu
vida de un giro de 180 grados. O puede que, por el contrario, lo consideres
un panfleto más sobre religión que cuenta el mismo rollo de siempre. Pero
te aseguro que se ha hecho todo lo posible para que esta última no sea tu
opinión al profundizar en sus líneas. Es en cualquier caso una forma nueva y diferente,
vitalista y entusiasmada, de mostrar Aquello que está ahí, de despertar la
conciencia dormida o aletargada de quien quizá sin saberlo está buscando
desesperadamente a Dios. No es un libro largo; pero sí intenso. No es un
texto complejo ni para eruditos, por lo que no se detiene en largas
exposiciones ni en innumerables citas. Se busca la concisión sin perder la
efectividad. No podía ser de otra manera, pues la religión no es
algo difícil ni complejo, sino algo sencillo, natural, algo inherente al
alma y al corazón humano. Para sacarle el máximo partido al libro habrás de
leerlo despacio, con la mente abierta, meditando cada uno de sus párrafos. Y que el Espíritu de Dios ilumine tu entendimiento. PRIMERA PARTE : CONVERSIÓN POR CONVICCIÓN
Introducción
El objetivo de este libro es ofrecer la plenitud de vida y las enormes satisfacciones que proporciona la religión, y en particular la Religión Católica, a todos los hombres y mujeres que en mayor o menor medida, están alejados de Dios y de su Iglesia, víctimas de la demoledora paganización de la sociedad moderna. Esto se realiza a través
de exposiciones sencillas que cuentan con multitud de ejemplos comparativos,
basados en la lógica y en la experiencia humana de que el hombre, aunque
muchos lo nieguen, necesita tener a Dios en su vida para poder ser
plenamente feliz. Se pretende igualmente
aclarar ciertos puntos oscuros e iluminar materias controvertidas que han
sido y son objeto de debate entre creyentes y no creyentes. Materias que,
por otra parte, son en gran medida las responsables del alejamiento de la
Iglesia y de Dios que experimentan tantos hombres y mujeres de la
actualidad. El libro comienza
exponiendo los hechos y las causas que han originado este alejamiento, para
después ir adentrándose en la explicación, en unos casos y la defensa en
otros, de aspectos concretos de la Religión Católica. También se
intercalan razonamientos lógicos y exposiciones discursivas que partiendo
de planteamientos cotidianos, pretenden obtener el acercamiento antes
mencionado. La segunda parte abundará
más en estos planteamientos, haciendo un esfuerzo en conseguir mediante
ejemplos, metáforas y situaciones comparadas, la conversión total del
corazón de aquellos que con alguna inquietud no declarada en su interior,
se interesan, quizá inconscientemente, por la Religión. La paganización
de la sociedad moderna
La paganización de la
sociedad moderna se pone de manifiesto en el culto a los ídolos, y en el
olvido de lo trascendental. Los
antiguos ídolos han sido sustituidos por la ambición, el confort, el
dinero, la búsqueda incesante de posesión de bienes materiales o de
placeres inmediatos. A estos ídolos son los que adora el hombre moderno, a
los que rinde culto, a los que ofrece sacrificios, incluso sacrificios
humanos. Del corazón del hombre
ha sido expulsado Dios. Una expulsión total o parcial, con muchos y muy
diversos grados de parcialidad, pero todos ellos nefastos pues no se puede
compartir a Dios con ninguna otra forma de adoración. Muchos hombres permanecen
indiferentes a Cristo y a la Iglesia. Les parece ver en la religión una
puerilidad, una supervivencia del primitivismo. La Iglesia es para ellos una
organización parasitaria que explota la ingenuidad de los simples. Para
ellos, la religión es una evasión de cobardía de quien no quiere
enfrentarse a la vida real, de quien no confía en sus propios medios. La
autosuficiencia moderna impulsa el ideal de la salvación del hombre por el
hombre. La progresiva
secularización de la sociedad es en gran parte consecuencia de la evolución
del hombre. Los avances científicos y tecnológicos han dejado paso a la
admiración de las obras de Dios para centrarse en la admiración por las
obras de los hombres. Las ideas marxistas y
racionalistas han hecho el resto, de forma que las normas básicas de la
convivencia que antes emanaban de los mandamientos de Dios, ahora han sido
sustituidas por constituciones y regulaciones políticas que pretenden
adjudicarse la libertad de decidir por sí mismas qué es el bien y qué es
el mal. Y es que el hombre parece
haberse dado cuenta que el devenir de la historia acontece sin que,
aparentemente, Dios diga o haga nada. Todo parece indicar que fue el hombre
quien creó a Dios a su imagen y semejanza. Era pues necesario
desprenderse de Dios, pues entorpecía la evolución del hombre y le impedía
comportarse como un adulto. Yo no estoy en contra del
progreso. Soy, cómo no, partidario de la investigación científica y de
los adelantos tecnológicos; pero siempre que todo esto redunde en beneficio
de los hombres. Y lamentablemente, no siempre ha sucedido así. La forma de progresar que
ha tenido el hombre muchas veces ha deshumanizado, cuando no esclavizado a
muchos millones de personas. Por eso la cuestión no
es abolir el progreso, sino encauzarlo. Pienso que hay que invertir en el
desarrollo integral de las personas frente a tendencias a convertirlas en
instrumentos de trabajo en favor de unos pocos. Las manipulaciones a las
que están sometidas las personas de la actualidad las esclavizan y las
alienan, les niegan la posibilidad de desarrollarse y crecer interiormente.
La cultura de hoy ahoga las alternativas y hace que muchas personas que
viven hacinadas en las grandes ciudades, y paradójicamente en soledad, busquen la
plenitud que les falta en las drogas, el alcohol o el sexo, convirtiéndose
en desechos humanos. Y todo ello en aras de un pretendido progreso y en
favor del desarrollo del hombre. El sentido de la vida
El progreso pues, no ha
conseguido que el hombre se desarrolle como persona, sino que le ha atrapado
en una red que le deshumaniza y le ciega, impidiéndole ver a Dios. El hombre antiguo tenía
fines, pero carecía de medios. El hombre actual tiene medios abundantísimos,
pero carece de metas. Y es que todos los hombres llevan en su interior la
sed de Dios; esa inquietud por lo trascendente, que por mucho que los
poderes fácticos quieran negar y borrar, permanece siempre en el alma de
los hombres. Algunos tratan de saciar
esa inquietud entregándose a los horóscopos, a la parapsicología o a
variantes más o menos tácitas del ocultismo. Otros buscan su absoluto en
la fama, el poder o el dinero. Otros finalmente, se involucran en causas
humanitarias, sustituyendo la creencia por la ética, por el compromiso en
favor del otro. Sin embargo, esta actitud de entrega puede volverse estéril
si carece de un substrato en que apoyarse.
Pues al igual que la fe sin obras es una fe muerta, las obras sin fe
y sin amor en nada aprovechan. Tras presenciar el
fracaso de las instituciones, de las grandes ideologías y el
desenmascaramiento de las utopías, el hombre actual se siente desvalido. El individuo está
deshumanizado. Esto es palpable por ejemplo en la competencia que se
establece entre las personas, donde no avanzar significa retroceder. El
individuo va montado en un tren vertiginoso al que se van añadiendo
vagones; todo su afán consiste en llenarlo de mercancías, sin preocuparse
de si ese es su tren, ni hacia donde va. El hombre necesita algo
que oriente su vida y sostenga su mundo de valores. La nada carece de
consistencia y no puede erigirse en sostenedora del ser y de la vida. Y la nada son muchos de
los objetivos en los que el hombre actual fija sus metas. El interés principal del
hombre no es encontrar el placer o evitar el dolor, sino encontrarle un
sentido a la vida. Por esta razón la persona está dispuesta incluso a
sufrir a condición de que ese sufrimiento tenga un sentido. Como decía Nietzse, «quien
tiene un "porqué" para vivir, puede soportar cualquier "cómo"». ¿No será tal vez, la
incapacidad de encontrar metas que merezcan la pena, el mal de nuestra
civilización? ¿No será esta quizá la causa de las depresiones que
afectan a tanta gente, dentro de la sociedad moderna? En efecto, sin encontrar
sentido a la vida, ésta no tiene salida. El verdadero sentido de
la vida se encuentra en la religión. En el amor a Dios a través del amor
al prójimo y al necesitado. Saliendo de sí es como
la persona permanece más profundamente en sí. Dando es como recibe y posee
su ser. La persona sólo
encuentra sentido a su existir si se concibe como apertura para con el otro
y para con Dios. Su existencialismo se ha de basar en la intercomunión
fraterna y espiritual con el creador a través de lo creado, para de esta
manera conseguir la felicidad, anhelo de todos los hombres. Recordemos como colofón
las palabras de San Agustín: «Nos hiciste Señor para ti, e inquieto está
nuestro corazón hasta que descanse en ti». Tipos de
creencias
Las
encuestas que de vez en cuando se hacen, demuestran paradójicamente que una
gran mayoría de la gente es religiosa, y en los países católicos, un gran
porcentaje de sus individuos se consideran como tales. Lamentablemente esto
no suele corresponderse con la práctica, y en la mayoría de los casos todo
se queda en una mera declaración de intenciones más o menos disimulada, y
casi siempre contrapuesta con los hechos. Desde el punto de vista
religioso, según mi criterio, existen en nuestra sociedad los siguientes
tipos de individuos: a) Ateos. b) Indiferentes. c) Cristianos «de
supermercado». d) Cristianos «de verdad». e) Otras creencias. Trato ahora de
desarrollar un poco más los anteriores conceptos. a) Ateo es aquél que está
convencido que no hay Dios. Difiere del indiferente en que defiende su
postura e incluso trata de difundirla, teniendo una actitud combativa hacia
todo lo religioso. Hoy en día apenas
existen ateos teóricos, por la sencilla razón de que Dios ya no interesa,
y por tanto no suscita posiciones encontradas. Simplemente no se habla de
ello, y aquello de lo que no se habla, no existe. b) El indiferente o agnóstico
es aquél que ha adoptado una posición cómoda en la que no niega nada ni
acepta nada. Vive al margen de toda religión, y no tiene especial interés
en defender la creencia o la increencia. Se diferencia del ateo
principalmente, en que no adopta una posición hostil o enfrentada. En las
encuestas que antes mencionaba, muchas personas afirman creer en Dios. Como dije,
una visión superficial de esta afirmación, identificaría a estos «creyentes»
como católicos, o como fieles de la Iglesia. Sin embargo,
cuando se afirma creer en Dios, muchas personas quieren decir simplemente
que «opinan», «piensan», «sospechan» que existe «algo» o «alguien»
de origen sobrenatural que es el fundamento último y que permite que el
mundo funcione ordenadamente. Esto es lo que quieren decir cuando dicen que
creen, pero no practican. Estas son
personas que tienen unos valores éticos bastante estables, aunque siempre
relativos. Aceptan serena y resignadamente que la muerte es el final de
todo, y tratan por tanto de vivir la vida a tope a pesar de sus
limitaciones, dando prioridad a los sentidos. c) El cristiano «de
supermercado» es aquél que básicamente cree en Dios y en Jesucristo
aunque no acepta muchas de las normas impuestas por los mandamientos o por
la Iglesia. Se suele expresar gráficamente con el término «cristianismo
de supermercado», porque al igual que en un supermercado, donde están
expuestos todos los productos, el comprador escoge sólo aquellos que más
le interesan. Así, en el tema que nos
ocupa, este individuo, acepta todo lo relativo a Dios como protector y Padre
de los hombres, todo lo referente al amor al prójimo, incluso suele ser
devoto «a su manera» de la Virgen y los Santos. Llevan sus medallas como
si fueran amuletos, y muchas veces les invocan como si tuvieran un poder «mágico».
Sin embargo, no dudan por
ejemplo en mentir cuando les conviene o en guardar rencor por tiempo
indefinido. Mantienen una moral totalmente al margen de la religión, y
suelen tener una posición encontrada hacia todo lo que representa a la
Iglesia y las normas que la rigen. Rehuyen de los sacramentos, y prescinden
de todo lo referente a la confesión, a la misa dominical, etc, etc. Consideran
que la religión es algo accesorio y algo que se hace en la intimidad.
Muchos de ellos se avergüenzan de confesar la fe públicamente, y cuando lo
manifiestan, forzados por una situación, lo hacen de forma soslayada.
Parece que no recuerdan (o no conocen) las palabras de Jesús en el
Evangelio de San Lucas donde dice, «Quien se avergüence de mí y de mis palabras, de ése se avergonzará
el Hijo del hombre, cuando venga en su gloria» (Lc 9, 26).
No son conscientes de que precisamente nuestra oferta más grande y
original es proclamar el Dios del Evangelio y que el cristianismo encierra
una sabiduría que el mundo necesita más que nunca. Resumiendo, aunque hay
diversos grados y muchas actitudes, por lo general su comportamiento no
difiere mucho de aquel del indiferente, pues su creer es algo que no
compromete a la persona ni tiene consecuencias importantes para su vida. No quieren sujetarse a
normas en pos de una pretendida libertad. d) El cristiano de verdad
es un mito. Hasta los más grandes santos han tenido flaquezas, dudas y
debilidades propias del indiferente. Y es que
estamos muy contaminados con la visión no evangélica de la vida, que
propugna y alienta la sociedad de hoy. Es muy difícil
para el cristiano comprometido (a veces imposible), el mantenerse al margen
del consumismo o de las corrientes de pensamiento antievangélicas del
llamado «mundo civilizado». Muchos de
nosotros tenemos, lo queramos o no, nuestra visión particular sobre la
distribución de los bienes, la justicia social, el sentido del trabajo o
nuestro compromiso con la pobreza. Sin embargo,
Dios siempre está abierto al perdón y a la reconciliación, pues sabe que
somos débiles y nuestra debilidad se manifiesta en nuestros actos, dudas y
omisiones. No existen
católicos de verdad; ni siquiera el Papa es perfecto. Pero Dios se conforma
con que lo intentemos. Dios no nos
exige una perfección absoluta que sólo puede tener Él.
Basta en la mayoría de los casos con mantener el dial de la voluntad fijado en la
frecuencia correcta. e) Otras creencias. Aquí
se engloban los individuos religiosos no católicos. Los protestantes y sus
diversas sectas, como los Evangélicos, Testigos de Jehová, etc. Ignoro
cuales son las estadísticas a este respecto. Este libro va dirigido
principalmente a las personas referidas en los puntos b) y c). A los
primeros para hacerles ver que la verdadera felicidad no está en la búsqueda
ciega del goce de los bienes materiales de este mundo. A los segundos además
de para lo mismo, también para encauzarles y hacerles ver que la tibieza y
la compartición del corazón no son un camino acertado, ni seguro. La existencia de
Dios
Muchos han sido los
argumentos que se han esgrimido a lo largo de la historia para demostrar la
existencia de Dios, para demostrar lo indemostrable. Desde un punto de vista
estrictamente físico, se puede afirmar que no hay un solo indicio en el
mundo o en la naturaleza que nos haga pensar que existe Dios, que existe
algo sobrenatural no sujeto a las leyes físicas, y que está por encima de
nosotros. Todo, absolutamente todo en lo que nos desenvolvemos nos dice una
cosa de manera aplastante: no hay otra cosa que lo que ves. Nuestra comprensión
científica del mundo puede sostenerse perfectamente sin necesidad de
recurrir a Dios como hipótesis explicativa. Y sin embargo... Y sin
embargo existen los milagros, patentes también en nuestra sociedad de hoy.
¿Qué verdadero cristiano sometido a una situación difícil de la vida que
haya pedido favor a Dios y se lo haya concedido cuando las circunstancias
eran absolutamente adversas, no está totalmente convencido de que sin la
intercesión de Él nada hubiera podido solucionarse? Muchos dirán: Fue
casualidad. Otros dirán: es el poder de la mente. Sí, sí, el poder de la
mente, pero ¡qué poder más asombroso entonces!, ¡Y sin creador! Y es que no se puede
buscar a Dios en el plano físico, ni intentar constatar su existencia con
un instrumento de medida. Dios no está
al alcance de los microscopios ni de los telescopios. No se puede establecer
con una magnitud numérica, entre otras cosas porque Dios no es un
objeto más junto al mundo, sino que es lo que hace posible al mundo. No es
una cosa que «hay», sino que «hace que haya». Cierto que
nadie puede probar que existe Dios, pero tampoco puede nadie probar que Dios
no exista. El científico se contradice cuando afirma que la suya es la única
forma de saber y que no hay otra realidad que la empírica, pues en sí
misma esta afirmación ya entraña una conjunción metafísica, que por
tanto no es verificable científicamente. A pesar de lo
aparentemente irrefutable de los argumentos del ateo hay algo incuestionable
y es que todo el mundo, la naturaleza con sus perfecciones, y el hombre en
suma no puede haberse originado de la nada, fruto de la casualidad, fruto de
casuales combinaciones de pequeños elementos en un caldo de cultivo idóneo.
Tanta perfección no pudo
tener un origen tan simple. Con todos los
conocimientos actuales, el hombre ha conseguido reproducir ese caldo de
cultivo y ha combinado esos elementos en el laboratorio. Pero las formas
resultantes no han sido seres vivos. ¡Nunca podrían serlo! Pero... Quién sabe si
quizá alguna vez lo logre... En ese caso, ¿no será cierto eso de que toda
vida procede de la creación de un ser con una inteligencia superior? La
casualidad no existe, al menos a esos niveles. ¿Crees que si lanzásemos
miles de letras al aire, al caer se formaría casualmente el Quijote o la
Biblia? La fe no es algo
circunscrito a personas incultas o fácilmente convencibles. Muchos de los
grandes científicos de la humanidad con altos coeficientes de inteligencia
han sido fervorosos creyentes; entre ellos eminentes biólogos que han
tenido en sus manos las causas últimas de la vida. Cierto es que otros no
lo son. Pero no sólo
es lo científico lo que nos convence de la realidad de las cosas. Si uno se
esfuerza en leer entre líneas el texto de la realidad, descubre muchas
razones para creer. Cierto es que esas razones tomadas por separado no
tienen gran peso ni consistencia, pero todas ellas juntas forman un conjunto
con una fuerza de convicción formidable. Todo esto nos
lleva, si no a tener una corroboración científica, sí al menos a obtener
una «certeza moral», que para un creyente es más que suficiente. Dios es un
misterio inabarcable que no cabe en nuestro pensamiento ni nuestra imaginación
puede darle un rostro. Recordemos las palabras de San Agustín: «Si lo que
se quiere decir lo comprendiste, no es Dios; y si es Él, no lo comprendiste». Pero volviendo al tema de
los milagros, ¿qué decir de la sangre de San Pantaleón que todos los años
por las mismas fechas se licua convirtiéndose en fresca sangre lo que antes
era polvo? No hay explicación científica a este suceso. Al igual que a
otros muchos que ahora no recuerdo. El ateo me dirá: Ahora
no hay explicación científica, pero la humanidad y los conocimientos científicos
avanzan a pasos agigantados, sólo hay que mirar como estábamos hace cien años
y como estamos ahora; puede que dentro de un tiempo se halle una explicación
para esto y para otras cosas que ahora se presentan como milagros. Cierto. Y también no es
menos cierto que muchas de las cosas que anteriormente se achacaban a la
creación o la voluntad de Dios tienen ahora una explicación lógica y
sencilla. Muchos mitos han ido cayendo, y caerán muchos más. Y sin embargo... y sin
embargo quedan los sucesos cotidianos de trascendencia para el individuo.
Suerte dirán algunos, casualidad dirán otros. Pero la experiencia
constatada y repetida de muchos de nosotros, ese convencimiento interior
fruto de la iluminación sobrenatural, nos lleva a no albergar ninguna duda
de que Dios está ahí, cerquita, al lado de nosotros, esperando sólo que
digamos: ¡Señor, ven a mí! Y entonces... y entonces seremos hombres y
mujeres nuevos revestidos de esa luz y de ese halo que nos hace caminar por
la vida sin miedo a nada, con paso firme, esperando tan solo el momento
final en que Dios se nos manifestará plenamente y podamos decir, ¡Señor,
aquí estoy! La eternidad
El alma es inmortal.
Tanto la del ateo como la del creyente. No hay diferencia en la constitución
de ambas. Son substancias simples, y por tanto indivisibles. Es inmortal por
que trasciende al propio individuo. Su campo de desarrollo, llámese
pensamiento, entendimiento o discernimiento, se sitúa en otra dimensión,
fuera del plano físico. Nuestros actos espirituales o intelectuales,
nuestros pensamientos, no son elementos corpóreos, sino que son simples en
si mismos. No hay explicación ni parangón posible al asomarse a la mente
humana. El cuerpo está compuesto
de muchos elementos. La muerte es la desintegración del viviente en sus
partes constitutivas. El alma es un ente simple, sin partes, por tanto no es
desintegrable, y en conclusión, es inmortal. ¿Y qué es la
inmortalidad? La existencia eterna. ¿Y qué es la eternidad? Érase una vez una montaña
situada en un mundo donde no había erosión. Cada mil años un pájaro
llamado Eternidad pasa rozando levemente la cúspide con una de sus plumas. ¿Te imaginas cuanto
tiempo tardará en erosionarla? Pues bien, cuando la montaña ya no exista
debido a la fricción producida por la pluma del pájaro, entonces, entonces
la eternidad apenas habrá comenzado. ¡Y todo ese lapso de
tiempo nos lo jugamos en un puñado de años! Muchas personas, cuando
se les habla de la ascesis, de la represión de los sentidos en pos de la
espiritualidad interior, contestan: ¡no me voy a estar así toda la vida!
Pero, ¿qué es la vida comparada con la eternidad? Menos de lo que
representa un granito de arena en la totalidad de la playa; menos de lo que
representa una gota de agua en la inmensidad del océano. ¡Y nos jugamos
tanto! Para muchos la religión
es represión. No se puede hacer esto, no se puede hacer lo otro, no es
admisible aquello... No quieren sujetarse a normas en pos de una pretendida
libertad, que sin embargo no es sino esclavitud de la voluntad ante la
dictadura de sus pasiones. Pero, pregúntale a un
cristiano de verdad o incluso a un monje de clausura si se siente preso o
reprimido. Te maravillarás de su respuesta, de su actitud serena, de su paz
interior, en suma de su felicidad. La verdadera esclavitud
es la de la carne, y la de los sentidos, que nos hace perseguir ciegamente
lo que a la larga no proporciona sino sinsabores, decepciones y hastío.
La religión nos
proporciona ese escudo que nos protege de las amarguras de la vida. Un
escudo que no pesa, pues «Mi carga es suave y mi yugo ligero», dice el Señor
(Mt 11,30). Una aproximación
a la escatología
Cuando estoy con un grupo
de personas y se habla del tema de la religión, los ateos (o los
indiferentes, me da igual aquí emplear un término u otro) forman una
especie de coalición donde cada uno te intenta poner en evidencia atacándote
por el punto más débil. Ponen el dedo en la llaga cuando se refieren a la
inmoralidad de algunos sacerdotes, los tesoros del Vaticano, la Inquisición,
y otros asuntos más personales. Es un partido de
ping-pong donde juegas tú sólo contra una camarilla donde cada vez que a
duras penas devuelves la pelota, te la envían con más fuerza. Muchos hemos
experimentado esta situación de acoso donde la mayor parte de las veces la
partida termina en tablas, pues aunque tus argumentos sean irrefutables,
ellos nunca los aceptarán. No se puede sembrar en territorio baldío, dice
el Señor (Lc 8, 5-7), aunque no por eso hemos de dejar de intentarlo. Muchas de estas personas
me dicen: «No hay Dios. Pero si lo hubiese, a mí no me podría condenar,
pues yo no he matado a nadie, ni he robado, ni he hecho nada malo de
importancia; y si Dios, aún así me condenase, sería un terrible
injusticia». Me dicen además: «Y si
después de todo no hay nada, tú habrás estado haciendo el tonto con tanta
ascesis y represión...» (¿Acaso mi ascesis y «represión» es amargura
para mí? ¿Acaso al amante le supone sacrificio el agradar a su amado? ¿Acaso
el ateo es más feliz que yo?). Los temas
escatológicos han sido desterrados del lenguaje social por ilusorios en el
caso del cielo, o por incómodos
en el caso del infierno. La mayoría de los cristianos de supermercado no
echan el infierno en su cesta de la compra. Y lo mismo para otros temas del
más allá. Si el hombre
moderno se ha distanciado de la religión en general, mucho más se ha hecho
ajeno a las referencias a los temas escatológicos, a los que trata como
mitos o leyendas. A personas tan afincadas en el «más acá», poco puede
interesarles el «más allá». Palabras como
cielo, infierno o purgatorio, les recuerdan a cuentos de hadas, a
referencias a un pasado tenebroso de cilicios e inquisición,
afortunadamente ya superado. Sin embargo,
no hay que pretender volver a tales concepciones. Las palabras para designar
los conceptos escatológicos y sus definiciones, han de adaptarse a los
nuevos tiempos para hacerse entender por las mentes de hoy, más avanzadas.
Pero una cosa son las mentes, y otras las mentalidades. Y las de hoy están
en gran parte contaminadas, lamentablemente, por la laxitud y la paganización
de la sociedad. Así, el
cielo no está «arriba» o el infierno «abajo», no existen lugares físicos
con fuego y azufre esperando a los condenados o mesas repletas de comida y
placeres para los salvados. Las palabras y descripciones eran una manera
alegórica de representar algo cuyo concepto abstracto no era fácilmente
comprensible para la mente del hombre común, por lo general poco instruido. Pero intentar
trasladar el lenguaje y las imágenes del pasado al mundo moderno es todo un
despropósito. No es mi intención hacerlo; pero sí clarificar algunos
malentendidos, aclarar aspectos o comentar
matices no contemplados en los temas ultraterrenos. En la época
de lo inestable, se necesita el anuncio de lo definitivo. En la época del
cambio se necesita el anuncio de lo que no necesita ser cambiado, puesto que
está lleno de vida. Pero no voy
ahora a hablar de la vida, sino de la muerte, para iniciar este recorrido
por la escatología. La muerte
La muerte es
un segundo parto. Venimos al mundo acompañados de dolor, y lo dejamos también
con dolor. Es pues lógico que la temamos, como la madre teme al parto, pues
al dolor se suma la incertidumbre. No conocemos más que esta vida, y en
esos momentos incluso muchos creyentes ven tambalearse su fe... Pero no ha de
ser así. La muerte es el Viernes Santo que precede a la mañana de Pascua.
Es el amanecer a una nueva vida, plena, completa, y eterna. Una nueva forma
de existir que nos configurará como lo que realmente somos, hijos de Dios. Con esta
mentalidad hemos de afrontar este tránsito. Las
experiencias de los que «han vuelto a la vida» tras un coma traumático
hablan de una luz y un bienestar que auguran el nacimiento a otra dimensión,
que manifiestan el esplendor de una sensación de no estar ante un final,
sino más bien ante un nuevo comienzo. Sin el
pecado, la muerte es sólo un encuentro con Dios. Es errónea la actitud de
los familiares que con la idea de no espantar al enfermo no llaman al
sacerdote. Cuando hay tanto en juego no se pueden escatimar esfuerzos. La
muerte sucederá tarde o temprano, y con ella se esfumarán para siempre las
posibilidades de un arrepentimiento y un perdón del que el enfermo pudiera
estar necesitado. Hay que tener
las maletas preparadas por si hay que salir corriendo. Lo que equivale a
decir que hay que mantenerse, en la medida que nuestra débil naturaleza nos
lo permita, alejados del pecado. Sólo así tendremos la tranquilidad y la
mente preparada para acoger la muerte como lo que realmente es, el tránsito
a una nueva y mejor vida.
La resurrección
A lo largo de
los tiempos se han suscitado muchas teorías acerca de la forma en que
resucitaremos. Se especula sobre si resucitará nuestro cuerpo, o sólo
nuestra alma, o los dos juntos, cuándo, en que forma, etc. A mi entender,
debatir este tipo de cuestiones es similar al antiguo debate sobre el sexo
de los ángeles. Baste decir que resucitaremos como lo que somos, personas,
con todos los ingredientes que nos conforman como seres humanos, pero de
forma superlativa. El ejemplo
del grano de y la espiga es perfecto. Cuando enterramos una semilla, ésta
se pudre y queda en la nada, pero después, gracias al agua y al sol, a través
de un proceso de maduración «resucita» convertida en espiga. Esta espiga
es la semilla, tiene todo lo que tenía la semilla, pero no en potencia,
sino en acto. La espiga tiene toda la genética de la semilla, pues procede
de ella, pero la forma en que se manifiesta es, si se me permite, gloriosa. Así Dios,
que es el agua y el sol, hace
que nuestras facultades innatas conferidas en el alma de cada hombre se
desarrollen y crezcan para adoptar su forma real, su forma definitiva. Lo anterior
vale con respecto al cómo. Respecto al cuándo, no existe una clara
unanimidad entre los teólogos. Y la Iglesia tampoco se ha pronunciado nunca
muy explícitamente. El motivo de esta oscuridad hay que buscarlo sobre todo
en la poca luz que arrojan los Evangelios en esta cuestión del cuándo, al
menos en la parte íntima y personal de cada individuo. Ha habido
mucha discrepancia como digo, pero se consolida la idea de que el alma se
desprende del cuerpo en el mismo momento de la muerte, y es autónoma hasta
que se une a él, una vez consumado el final de los tiempos. Muchos teólogos,
sin embargo han objetado contra esta doctrina, al considerar que, si el alma
resucitada ya experimenta la visión beatífica, la incorporación del
cuerpo posteriormente ya no aporta nada. Pero lo cierto es que sí añade. A
pesar de que el cuerpo sea para muchos de nosotros una carga pesada que nos
impide volar ligeros hacia Dios, no hemos de considerar la vertiente
materialista del mismo, sino más bien, la espiritual, pues todo en el cielo
queda transformado. La incorporación del cuerpo forma parte de esa dinámica
novedosa de transformación que nos realiza y nos conforma. El juicio
El Juicio
particular no es un examen con preguntas y respuestas, sino un encuentro
personal del creador con lo creado. Un encuentro definitivo con lo que yo
elegí o rechacé, con la opción fundamental que rigió mi vida. En este
sentido, la teología actual se muestra unánime: no hay más que una vida.
Si se quiere, una vida con dos fases, una parcializada y oscurecida, y otra
plena y radiante. La forma en que enfoquemos la primera fase repercutirá
indefectiblemente en la segunda. Ésta será a su vez afectada por nuestras
opciones y decisiones ejercidas en la primera fase. Cuando me
preguntaban cual era el objetivo de mi vida, yo solía responder como esos
catecismos de antaño que hacían la pregunta de ¿para que has venido al
mundo? Y respondían: «He
venido al mundo para salvarme». Efectivamente, yo solía decir que mi
objetivo y meta en la vida era llegar al cielo, conseguir la salvación y «superar
la prueba». Aunque este
principio no deja de ser cierto en sus últimas consecuencias, la manera de
enfocarlo es errónea, pues tiende ha considerar la vida como poco menos que
un examen donde de manera egoísta hemos de aprobar si queremos pasar al
siguiente curso. El objetivo
no es algo «a lo que se va», sino algo «en lo que se está». Puesto que la
vida es sólo una (aunque si se quiere como dije antes con dos fases) no
puedo aspirar «a la otra», sino estar YA en la que he elegido para
permanecer en ella ahora y por siempre. Hay que
imbuirse de espiritualidad y comenzar ya a actuar, sentir y pensar en el
tiempo, de la forma que lo haremos en la eternidad. No hay pues
dos oportunidades. Sólo una, que se fragua en una fase de mi vida, que
termina en algo que podemos llamar juicio, y que se celebra en el instante
mismo de la muerte. Es en este instante cuando la película de mi vida pasa
ante mis ojos y haré un autojuicio, mi juicio final, de todo lo que pude
haber hecho y no hice. Nuestra
conciencia quedará iluminada por la luz divina, y nos daremos cuenta de
todos nuestros comportamientos erróneos, de nuestras omisiones, de nuestros
pecados, bajo la atenta mirada de Dios. En un instante veremos cómo hemos
seguido la doctrina de Cristo, y si hemos visto su rostro en el rostro del
hermano necesitado. Veremos, en definitiva si nos hemos adherido a sus enseñanzas,
si le hemos hecho caso o por el contrario le hemos dado la espalda. Y a
partir de ahí quedará decidido nuestro destino final. Llegados a este punto,
nos podríamos plantear la siguiente pregunta: ¿Son muchos los que se
salvan? Las opiniones de los
ensayistas en teología han variado mucho a lo largo de los tiempos. Desde
una posición férrea en el pasado, donde apenas había resquicio para la
salvación de unos pocos, a la laxitud actual, donde se predica casi la
amnistía general y la abolición del infierno. Sin embargo, no debemos
engañarnos. El infierno y la condenación es algo predicado ampliamente en
la Biblia, y sobre lo que se insiste bastante. Esta actitud laxa de la
teología actual proviene básicamente del rechazo sistemático del hombre
moderno hacia la religión, y especialmente en todo lo referente al tema del
infierno. La teología se ha visto obligada a suavizar los términos y a «rebajar
el listón y el número de los condenados» en aras de lograr un mayor
acercamiento al hombre secular actual. Sin embargo, a mi
entender lo máximo a lo que puede aspirar la teología moderna, es quizá a
quitarle la imagen terrorífica y a la vez pintoresca con que se había
dotado tradicionalmente al infierno, para adaptarla a las circunstancias y
al lenguaje actual. Pero en ningún modo, se debe caer en el error de
apartar de la vista por molesto, un tema cierto y real. Pero hay motivos para ser
optimistas. Así, leemos en la Biblia: «Y vendrán de oriente y
occidente, del septentrión y del mediodía y se sentarán a la mesa en el
reino de Dios» (Lc 13, 29). «Y vi una gran
muchedumbre que nadie podía contar de toda nación, tribu, pueblo y lengua,
que estaban delante del cordero vestidos de túnicas blancas y con palmas en
sus manos» (Apoc. 7, 9). Estas citas son las
abanderadas de la llamada tesis optimista. La misericordia infinita de Dios
y su amor a los pecadores, así como la redención sobreabundantísima de
Jesucristo avalan esta tesis. Además, no sería lógico
que el demonio se ufanase de tener más almas en el infierno que Dios en el
cielo; sería como si dijésemos una victoria moral. Dios es infinitamente
misericordioso, pero también es infinitamente justo. ¿Qué prevalecerá
pues, la misericordia o la justicia? ¿Sería justo que estuviesen en el
cielo en la misma posición el bueno y el no tan bueno? ¿Cómo puede tener
el mismo premio el oprimido y el opresor? Hay teorías que
solucionan este dilema, como es el caso de la tesis del purgatorio. Y también
con los llamados «escalones», es decir, no será la misma la posición
celestial de todas las almas. El hecho de que todos los habitantes de la
ciudad celestial tengan la misma visión de Dios, no significa que todos
sean iguales. Santa Teresa decía que seremos como vasos llenos del mismo líquido,
pero con diferentes tamaños. Pero la certeza sobre estos asuntos no existe. Por otra parte, Dios sólo
condena al que así lo quiere. Al que pone todo de su parte para intentar
salvarse, Dios no le dejará aparte. Pero no todo en la Biblia
son citas benévolas en este sentido. Y sino, veamos estas otras: «Esforzaos en entrar por
la puerta estrecha, por que os digo que muchos serán los que busquen entrar
y no podrán» (Lc 13,23-24). «Muchos serán los
llamados y pocos los elegidos» (Mt 22,14). «Si el justo a duras
penas se salva, ¿qué será del impío y del pecador?» (1Ped.4,18). Estas y otras citas son
las abanderadas de la tesis rigorista, que por cierto es la compartida por
la mayoría de los Padres de la Iglesia, con Santo Tomás a la cabeza. En definitiva, aunque
seguramente sean más los que se salvan que los que se condenan, yo no me
jugaría mi eternidad por tan poca cosa como son los escasos años en los
que el Señor nos pone a prueba, pues luego tendré toda una eternidad para
arrepentirme o para alegrarme. El purgatorio
No es un
lugar, ni un tiempo específico, ni son unas penas que hay que cumplir, sino
que ha de concebirse como «la última parte del proceso de mi vida» antes
de entrar en la gloria. La lógica me
hace pensar en el purgatorio, pues todos o casi todos los hombres mueren con
imperfecciones, con corazones compartidos mayor o menormente, donde Dios no
es el único morador; con dudas, indecisiones y omisiones. No podemos
pasar al banquete eterno con la ropa sucia, no podemos sentarnos a la mesa
sin lavarnos las manos. Pero esta limpieza no ha de concebirse como un
castigo, sino que probablemente será un acto de elección propia, pues al
vislumbrar las sorprendentes maravillas eternas, estaremos ansiosos por
vernos purificados del todo, y entrar cuanto antes a formar parte del coro
de la alabanza eterna. Es como si
estuviéramos llamados a una importante cita o acto al que estamos ansiosos
por ir. La noticia nos llega de repente, cuando venimos del taller. Nos
dicen que nos demos prisa, pues el acto ya ha comenzado. Lógicamente no
querríamos ir con el mono lleno de grasa, sino que aunque nos moleste el
tiempo perdido en lavarnos, no iríamos sin antes ponernos nuestras mejores
galas. El morir
cristiano, no es el agonizante apagarse de la vida, sino el salir alegre al
encuentro del Dios de la vida. La purificación
ha de entenderse pues como maduración, como el proceso mediante el cual
Dios da los últimos retoques a su obra creadora, y nos dota de los sentidos
necesarios (Lumen Gloriae) para percibir claramente la nueva dimensión en
la que nos adentramos. Todo proceso
de maduración es doloroso. Pero el sufrimiento viene más bien de la
contemplación de los pecados pasados, pues iluminados ahora con la luz de
Dios, nos parecerá horrenda monstruosidad lo que antes considerábamos
cosas sin importancia. Es el insoportable contraste entre el amor absoluto
de Dios y el desprecio que yo le he manifestado al apartarme de Él. Las oraciones
de sufragio pueden ayudar a mitigar ese sufrimiento, pero no en tiempo
cronológico, pues en la eternidad no existe el tiempo. Por esta misma razón,
nuestra oración común no sólo sirve para las personas de aquí y ahora.
Puede también ser aplicada a las personas del pasado o del futuro. El Infierno
La sociedad
moderna ya no teme el infierno. Ahora se teme la pérdida de valores
inferiores como el poder adquisitivo, el status, el confort, la calidad de
vida... La pérdida del miedo al infierno, consecuencia de la secularización,
ha servido para devaluar la responsabilidad moral. El infierno
ya no existe, dicen, ni existió nunca. Eran cuentos para asustar a los niños
o a los que son como ellos. Al presentar
el infierno al hombre actual con las imágenes del pasado, éste en lugar de
adaptarlas al contexto moderno, no sólo las suprime, sino que elimina el
concepto entero de infierno, cuando no el de la religión. El infierno,
al igual que el purgatorio, o el cielo, no es un lugar, sino un estado, una
situación vital. Al infierno no se entra, se accede. Dios no manda
a nadie al infierno; uno mismo lo elige al desentenderse libremente de Dios,
al cometer pecado mortal, y perseverar en él. Y Dios no interfiere nuestra
libertad, que es uno de los dones supremos que Él ha dado al hombre. Su
omnipotencia y su misericordia sólo tienen el limite de la libertad humana. Desde este
punto de vista, el infierno se puede definir como el estado de autoexclusión
definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados. Su pena
principal consiste en la privación eterna de Dios, en quien únicamente
puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado. El cielo
Es pues Dios, la única
fuente de felicidad. Una felicidad que será completa cuando le veamos cara
a cara, al habitar en el cielo. Al ingresar en el cielo y
ver a Dios, estallaremos en una explosión de gozo incontenible que nuestros
corazones carnales no hubieran podido soportar. Experimentaremos la más
completa y abundante de las alegrías que empequeñecerá hasta el absoluto
al mayor de los gozos terrenales. ¡Tal profusión de bellezas! ¡Tal
esplendor de maravillas! ¡Tal magnificencia de excelsitudes!... Y sin embargo... Y sin
embargo, preferimos aferrarnos a un frío, oscuro y sucio trozo de materia,
que llamamos mundo, con sus infidelidades, con sus decepciones y engaños,
con sus sufrimientos, y desasosiegos, con
sus penas y sus amarguras. Pues sólo tristeza y dolor existe cuando salimos
de Dios. Decir cielo equivale a
decir plenitud. Plenitud de la vida y de la persona. Aquí somos un
proyecto; allí seremos realidad. Una realidad que se hará común con los
otros, pues allí no seremos extraños, como lo somos en la tierra, donde no
podemos ver el interior del otro. Allí seremos transparentes, y
desarrollaremos de forma plena la llamada comunión de los santos. En el cielo
experimentaremos la visión beatífica, el ver cara a cara da Dios de manera
intuitiva. Esto significa el acceder al conocimiento del amor de Dios, que
nos llenará de felicidad y de gloria. Es la convivencia, la participación
en su vida, en su presencia, la comunión existencial con su persona. Muchos han objetado
contra el cielo su aparente estaticidad e inmovilismo. Es decir, por muchas
y muy bellas que sean las maravillas que se nos prometen, ¿no nos
aburriremos de hacer siempre lo mismo, de ver siempre lo mismo? En primer lugar, resaltar
que el enamorado nunca se cansa de contemplar y permanecer junto a la
persona que ama. Pero por otra parte, si afirmamos que el cielo es la
exaltación de la vida, y la vida es por definición dinámica, al contrario
que la muerte, con mayor razón el paraíso será siempre un eterno
dinamismo donde constantemente nos asombraremos de la novedad. Nuestras
alegrías irán siempre en aumento, con cada resucitado que se incorpora al
paraíso. De todas formas es en
vano pintar como será el cielo. Las descripciones y palabras no serán más
que consideraciones meramente humanas, incompletas e imperfectas. El cielo
rebasa siempre nuestras palabras y nuestros conceptos. «Lo que ni el ojo
vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios tiene
preparado para los que le aman» (1Cor 2, 9). El juicio final
El juicio
final ha de concebirse como la integración definitiva de todos los
vivientes en la eternidad feliz. Sólo así obtendremos la plena felicidad y
la plenitud personal. El llamado
final de los tiempos significa sencillamente el no-tiempo, es decir, el
hombre con la muerte sale del tiempo para entrar en la eternidad. No tiene
sentido pues, hablar de fechas o de retrasos. Siguiendo con
el discurso que comencé en el capítulo dedicado a la resurrección, al
hablar de cuerpo y alma, este vuelve a tener relevancia al comentar el
juicio final. El dualismo
antropológico platónico de alma y cuerpo se resuelve desde los ojos de la
fe, al afirmar que cuerpo y alma no son entidades diferentes, sino partes
constituyentes de un mismo ser, creado por Dios en un momento determinado
del tiempo. El alma por tanto no existe desde siempre, sino que tiene un
principio. Puesto que el
alma es inmortal y el cuerpo perecedero, es necesaria la resurrección, don
de Dios para conseguir la plenitud del ser humano en la eternidad. Ahora
bien, esta incorporación del cuerpo que acaecerá en el último día, no a
todos puede que le parezca oportuna, pues hay gente que siendo demasiado
espiritualista, aborrece el cuerpo, o al contrario, siendo demasiado
materialista, preferiría un cuerpo diferente. Sin embargo no hay que ser
miopes. Primero porque no hay doctrina de fe que diga la forma concreta o
morfológica que hipotéticamente tendrá nuestro cuerpo, incorporado a
nuestra alma ese último día. Conceptos substanciales físico-químicos
como el ADN puede que tengan mucho que decir. En cualquier
caso, la forma física tangible o visible que adopte nuestro ser tendrá
poca relevancia en la dimensión de lo intangible, de lo imperecedero, en un
universo de espiritualidad, sentimiento, misticismo y amor. Razones para la
esperanza
Muchos de los
que niegan la resurrección, esgrimen contra nosotros, eso de que con tanto
mirar hacia arriba, nos despreocupamos de lo de abajo, y nos ausentamos de
la realidad. La realidad, dicen, hay que construirla aquí. Muchos ponen
el objetivo de su vida en lograr una sociedad mejor, en labrar un futuro que
disfrutarán las generaciones venideras. Laudable misión esta, donde las
haya. Sin embargo, esto no es incompatible con la creencia, con el
cristianismo, sino que precisamente es su realización. El cristiano
mira al cielo, pero tiene los ojos en el suelo. El camino para subir hacia
arriba no parte de otro sitio sino del suelo. Sin una buena base en el
firme, la escalera se desmorona. Hay no
obstante que matizar este deseo de hacer el bien. El cielo no es un estímulo
egoísta, como sería si nos esforzásemos en hacer el bien sólo por tener
un más allá bienaventurado. El cielo es precisamente todo lo contrario al
egoísmo. Pero la esperanza de
alcanzarle nunca está de más. Los que con
espíritu altruista depositan su confianza en la construcción de una
sociedad mejor, sin tener otra esperanza de continuidad que la «continuidad
social», ponen sus miras en un
objetivo frágil e inestable, pues no hay nada más inconsistente, volatil y
cambiante que la sociedad humana. Y no es que
yo no crea en el hombre ni en el progreso. Simplemente constato la realidad
social que nos muestra repetidamente la historia. Pero repito,
las razones para la esperanza nunca están de más. Porque si a pesar de
todo no hay nada después de la muerte (aunque la fe me diga lo contrario),
yo nada he perdido por esperarlo, sino que más bien he ganado el gozo de la
esperanza y el vivir ilusionante de la fe. Por el contrario, el incrédulo
tiene siempre las de perder ante las dos posibilidades, pues si no hay
esperanza, muchas veces la vida se convierte en un infierno. La vida
La vida es como la fría
escarcha que desaparece al amanecer. Es un seco pozo de
miserias donde se refleja la necesidad humana. Es como la hoja arrancada
del árbol que cae y muere en la tierra. Es como el viento que
sopla en el ocaso y se difumina entre las calles estrechas. Es el sol boreal, trémulo
y fugaz. Es el horizonte oscuro
del atardecer que hace detenerse a los caminantes. Es el viento helado que
se desata por las noches y congela los corazones de los débiles de espíritu. Y en contraste, ¿Qué es
Dios? Dios es la plenitud sobreabundante de todas las maravillas. Es el
elixir paradisíaco que rebosa en la copa de la felicidad; es la alegría
eterna de todos los corazones, la inabarcable consecución de todos los
anhelos, el recipiente perpetuo de todas las dichas, el bálsamo que alivia,
el maná que cura, el poder que salva. ¿Por qué fijar nuestra
atención y nuestra mente (¡y tan denodadamente!) en las falsas
consolaciones de esta miserable vida, cuando Dios nos llama insistentemente
para unirnos a Él, para unirnos a semejante maravilla? Según San Agustín,
hemos de vivir esta vida como si ya estuviésemos en la otra, es decir,
alabando y glorificando a Dios por todas sus maravillas y excelsitudes, a
imitación de los ángeles en el cielo. La manera práctica de
llevar esto a cabo, es muy simple, basta con ofrecerle a Él todos nuestros
trabajos y nuestros sacrificios, nuestros anhelos y esperanzas, nuestras
alegrías y nuestras penas, y mostrar ese agradecimiento en la dedicación
de las cosas cotidianas y sencillas. Cuando nos sintamos
tristes, abatidos, desanimados, desganados para hacer una labor, basta con
decir: ¡Voy ha hacerlo por amor a Jesucristo! Y decirlo de verdad, para
demostrar que yo también me sacrifico por Él al igual que Él lo hizo por
mí, aunque sea en esta pequeña medida. Pues no hay obra pequeña ni mérito
escaso cuando los sentimientos son tan grandes. Agrada más a Dios una
cestilla de flores ofrecida con un corazón sincero y desprendido, que toda
una basílica construida sin ese amor. El amor de Dios
¡El amor de Dios! El
amor de Dios es el fuego que derrite los corazones, la llama que consume la
voluntad y siembra en el alma las delicias de la divinidad. ¿Cómo podemos
corresponder a semejante amor? Antes de nada decir que nunca será una
correspondencia equiparable. La manera de amar a Dios,
es cumplir sus mandamientos. Los suyos y los de su Iglesia. De esta manera
le demostramos nuestro amor. Para muchos es muy difícil
hacer aflorar los sentimientos del corazón de manera que se manifiesten de
forma visible. Pero eso no quiere decir que éstos no existan. A muchos les
cuesta experimentar amor sensible, pero eso no es óbice para amar con la
voluntad. En efecto, es la voluntad
y la disposición lo que prima a la hora de demostrar el amor, y no quizá
las fórmulas vocales y las manifestaciones más o menos sensibles. Podemos
conocer a Dios de muy diversas formas: a través de la revelación, o buscándole
de forma intelectual. Pero hay un camino más cálido, y con calado más
hondo, que es el de la oración y la contemplación. En efecto, es
a través de la oración como nos comunicamos con Dios y como Él se
comunica con nosotros. Es como entablamos esa conexión íntima que nos
demuestra que Dios no es puro concepto, sino un ser que nos ama y se nos
entrega y que es capaz incluso de sufrir por nosotros. Pero, ¿cómo
es eso de que sufre Dios? ¿Es acaso un ser débil, o imperfecto? En este caso,
la capacidad y posibilidad de sufrir, lejos de ser una limitación o un
defecto, debe considerarse como una forma de plenitud.
Es la expresión más honda de un amor y una bondad sin límites. Dios sufre
precisamente porque su amor para con nosotros es infinito. Es un amor de tal
magnitud, que le hace sufrir incluso a Él. Y es que
Dios, Jesús, siempre está ahí, esperando al pecador arrepentido, noche y
día, sin descanso. Él siempre
acude a la cita. Unas veces se hace presente como el frescor suave del
atardecer en el jardín de la vida. Otras como el aroma de las flores en las
noches de verano. Y otras en fin, cual horizonte cálido y luminoso de
verdad y de paz que atraviesa y penetra todo nuestro ser y llega hasta el
fondo de nosotros mismos. Por que Él
realmente habita dentro de nosotros, y
«es más yo mismo que yo» como
acertó a describir San Agustín. Dios da sin esperar nada a cambio, pues su
naturaleza es amor y desprendimiento, siendo ésta su inclinación natural.
El amor de Dios es infinito incluso con los malvados y pecadores, con los
que le odian, y con sus enemigos, por quien se dejó incluso matar en la
persona de su Hijo. Pues si Jesús, siendo Dios se dejó matar por
amor a sus enemigos, ¿qué derecho tienes tú siquiera a fruncir el ceño a
los tuyos? Si Dios, Supremo Juez, ama a los malvados y pecadores, ¿quién
eres tú para odiarles? El amor de Dios se pone de manifiesto también
en la amistad que nos profesa. Si el amigo para ser bueno y seguro ha de ser
antiguo, ¿quién hay más antiguo que Dios, que existe desde siempre? Al
igual que no se deja al amigo antiguo por el nuevo, tampoco dejemos al amigo
eterno por el temporal. Dios está con nosotros en todos los sitios.
Su amor se manifiesta en esa voz interior que nos dice «donde quiera que
estés estaré contigo». Pues, si Dios ama tanto a los que le odian, ¿cuánto
no amará a los que le aman? Devolvámosle ese amor dándole gracias por
los que no se las dan, alabándole por los que no le alaban y experimentando
en nosotros esa transformación que el corazón abierto a su amor recibe al
entrar en Él. La felicidad
Es un dicho muy común
que el dinero no da la felicidad. ¿Acaso es más feliz el rico que el
pobre? Muchos dirán que sí. Pero la realidad no es tan sencilla. En más
casos de los que se podría pensar sucede precisamente lo contrario. El que tiene dinero sufre
por si se lo quitan o lo pierde. Vive siempre con miedo. El que tiene
estabilidad sufre al pensar que la puede perder y teme al futuro. ¿Y los placeres? ¿Dan
la felicidad los placeres? El éxito y los placeres
variados no liberan al hombre del vacío y del miedo si no hay un sentido más
alto en su vida. Los placeres materiales
son como una droga. Una vez experimentada, el individuo se hace esclavo de
ella, y su voluntad se rinde. Añora incesantemente el instante siguiente en
que podrá experimentar ese placer, y todos sus actos se encaminan hacia allí
de una manera egoísta. La persona olvida la posibilidad de realizar otros
fines más altruistas y queda cegada con la inmediatez. A la larga, en la
mayoría de los casos el placer pierde su encanto inicial y aparece el hastío... Pero es algo connatural a
los seres humanos la búsqueda de la felicidad. Es normal que cada persona
vaya en pos de aquello que le hace feliz. Lógicamente yo no
pretendo disuadir a nadie de esta idea (¡faltaría más!), pero sí
encauzarla. Pues igual que un torrente que baja impetuoso por una ladera
pierde su agua y no riega nada, de la misma forma se precisa construir unos
muros de contención y unas balizas para que todo se aproveche de la forma más
racional, conveniente y fructífera. Sin embargo la ascética
no es masoquismo, como tampoco es masoquista la hormiga cuando trabaja en
verano, por mucho que así lo piense la cigarra. Muchos objetarán: «¿Por
qué hemos de rechazar los placeres que nos da la vida? Dios no puede desear
nuestra infelicidad». Y en efecto, así es.
Dios no desea nuestra infelicidad, sino todo lo contrario, desea que seamos
muy felices. Pero la única, verdadera, e inmensa Felicidad consiste en
tener a Dios. Y Dios habita en el corazón
de aquellos que le desean. Por esto, no se puede
estar apegado a lo creado y querer tener a Dios al mismo tiempo. A no ser
que en lo creado no se vea otra cosa sino al Creador, ya que lo infinito es
contrario a lo finito, y lo temporal a lo eterno. En este mundo todo es
provisional. Aún no estamos en lo definitivo. Todo resulta contingente y
accidental, por tanto no debemos volcarnos en ello. Lo provisional es
inferior a lo definitivo, y lo parcial a lo total. El valor de lo temporal
consiste en como sirve a lo definitivo. Recordemos las palabras
del Señor: «Así pues, vosotros no andéis buscando qué comer ni qué
beber, y no estéis inquietos. Que por todas esas cosas se afanan los
gentiles del mundo; y ya sabe vuestro Padre que tenéis la necesidad de eso.
Buscad más bien su Reino, y esas cosas se os darán por añadidura» (Lc
12, 29-31). O lo que es lo mismo, no fijéis vuestro objetivo último en
conseguir la satisfacción y la plenitud en las cosas de este mundo y de
esta realidad, sino más bien usarlas como instrumento del bien que os
puedan traer de cara a la eternidad. Pues igual que la misión de un
carpintero no es poner clavos sino hacer muebles, de la misma forma nosotros
no hemos de afanarnos en las cosas de aquí abajo como si no viéramos más
allá de lo que representan, es decir, obra de Dios, y camino hacia Él. Pues lo contrario sería
actuar como los ateos, los que no tienen más que esta vida, los que cierran
la puerta de la esperanza y se apegan a las cosas perecederas y mudables,
que por esta sola característica (la mutabilidad) pueden experimentar
desasosiego e infidelidad cuando de repente se les priva de su goce. Hay que poner más bien
las miras en lo inmutable y eterno, en lo que nunca nos fallará. Si te despegas de todo lo
terreno y mundano y pones tus ojos en Dios y sólo en Dios, acatando su
voluntad y ejerciendo la Santa
Indiferencia, gozarás de una felicidad que nada ni nadie te podrá
arrebatar. Pues el que tiene a Dios,
no ve otra cosa sino a Dios, y para él carece de sentido cualquier otra
fuente de placer, al igual que carece de sentido mantener encendida una
linterna en el mediodía de un día soleado. Cristiano: ¿Por
qué te entristeces al perder una cosa terrenal, si te queda lo más grande?
¿Qué son ellas comparadas con Dios? ¿Acaso el millonario se entristece si
se le pierde la calderilla? El único mal
verdadero, el único mal irremediable, es la pérdida de Dios. Y a Dios se
le pierde sólo por el pecado. Ningún
bautizado ha de temer que se le prive de Dios si él no lo quiere.
Jesucristo está siempre con nosotros, pues nos compró con su sangre; y lo
estará siempre, por toda la eternidad. Sólo el
pecador aparta de su lado a Dios, y lo hace voluntariamente. Aún así, Él
está incesantemente, día y noche, constantemente, llamando a la puerta del
pecador para que le deje entrar de nuevo en su corazón. Recordemos
esta máxima de Santa Teresa, que todos deberíamos tener siempre en cuenta:
«No nos preocupemos por nada sino que será lo que Dios quiera, como Dios
quiera, cuando Dios quiera; pues solo Dios basta, y quien a Dios tiene, nada
le falta». La tibieza
Al hilo de lo anterior,
permitidme hablar un poco de la tibieza. Nuestro Dios nos quiere
todo para sí, es un dios celoso. De igual manera que aborrecía que los judíos
adorasen a los ídolos, también denosta que nosotros adoremos a los ídolos
de hoy, que son los placeres y objetos materiales elegidos desde posiciones
desvinculadas de Dios. Hay una frase en el
Apocalipsis que es muy elocuente con respecto a la tibieza: «Conozco tus
obras: no eres frío ni caliente. Ojalá fueses frío o caliente. Pero por
que eres tibio y no eres ni frío ni caliente te voy a vomitar de mi boca»
(Apoc.3,15-16). A más de un cristiano de
supermercado se le erizarían los pelos de la nuca al leer este pasaje tan
devastador. Aquí Dios nos quiere
poner sobre aviso para que no nos confiemos. Nos está diciendo algo así
como que posiblemente nuestra particular visión de la religión no nos
sirva de pasaporte eterno, sino la abrazamos enteramente. Desde este punto de vista
la tibieza puede representar el primer paso para un acercamiento, para una
entrega definitiva. Hay muchas personas tibias que son criticadas quizá sin
saber lo que hay detrás. Quién no ha oído decir:
«Mira fulano, está enemistado con tal pariente y sin embargo va a misa. ¡Más
le valdría quedarse en su casa!» Y sin embargo yo no creo
que «fulano» que haga mal en ir a misa, sino todo lo contrario. Yo
replicaría «déjale que vaya a misa, y cuanto más vaya, mejor, a ver si
algo se le queda de lo que allí se dice, y el Señor puede ablandar su
corazón». El Antiguo Testamento
Son muchos los cristianos que comenten el
error de descartar el Antiguo Testamento a efectos de considerarlo doctrina
de fe. Entre otros muchos críticos se puede destacar a Marción, y a sus
seguidores, los marcionistas. Sin embargo, a pesar de las aparentes
dificultades, debemos afirmar que el Antiguo Testamento ES palabra de Dios,
con toda la significación que esta afirmación encierra. Como digo, no son pocas las dificultades que
se ofrecen a un lector de pasajes aislados del A.T. Efectivamente, tomados por separado, muchos
dichos, sentencias y pasajes de los libros del Antiguo Testamento se podrían
considerar incluso contrarios a toda doctrina cristiana (claramente
contrarios, diría yo, muchos de ellos). Pero esto no es motivo para
descartar a priori todo el libro, ni siquiera esos pasajes conflictivos. El propio Jesús, en los Evangelios dice
claramente que Él no ha venido a abolir la ley, sino a darla cumplimiento.
No ha venido a derogar, sino a culminar. «No penséis que he venido a abolir la Ley y los
Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento» (Mt 5, 17). Efectivamente, el Nuevo Testamento no deroga
el Antiguo, sino que le complementa, le define, le realiza, le completa,
pues el anterior estaba, se podría decir, inacabado. La historia en este sentido, es lineal. El
hombre del A.T. necesitaba tener una doctrina como esa, llena de sabiduría,
pero adaptada a sus tiempos y a la mentalidad de cada momento. Si bien es
cierto que poco a poco iba cambiando y reconduciéndose para cuando llegase
el momento recibir la Buena Nueva, el Evangelio. El Antiguo Testamento al llegar la era Mesiánica,
estaba superado, pero no caducado u obsoleto. El Antiguo Testamento sigue
teniendo toda su validez, aunque no se puede tomar como sola referencia, pues la Palabra de
Dios es única, y está formada por ambos libros, el Antiguo y el Nuevo
Testamento. A la hora de sacar una conclusión de algo, no
nos podemos detener a emitirla cuando aún hemos estudiado ese algo en su
conjunto pues podríamos errar. Es el error que cometen los protestantes
cuando se justifican tomando aisladamente frases o sentencias de la Biblia.
Cada caso debe estar considerado según el entorno en que se produjo, y para
los fines que se pretendían en su momento. La extrapolación no siempre es
válida, y además, como siempre, la moraleja debe ser emitida al final. Y es que ante la dificultad, existe la tentación
de la negación. En esto se sustenta muy a menudo la fe, esa gran prueba tan
difícil de superar. Es típico del espíritu humano intentar abandonar la
construcción de algo cuando comienzan las dificultades. Pero también es
mayor la satisfacción cuando finalmente se concluye. La fe en sus comienzos está llena de
oscuridades aparentes, que se deshacen cuando el alma preparada recibe la
luz cegadora de Dios, ante la cual las tinieblas desaparecen. La Iglesia,
nuestra madre
La Revelación de
Jesucristo supone un antes y un después en la Historia de la Salvación. Han sido muchas las
actitudes que a lo largo de la historia se han mantenido respecto a ciertos
temas; actitudes muchas veces contradictorias, y que han servido y sirven de
hecho para que nuestros detractores pongan el dedo en la llaga. Pongamos por caso esta
cita del Eclesiástico (libro de la Biblia que por cierto es uno de los más
próximos al Evangelio): «Da al justo y no acojas
al pecador. Haz bien al humilde y no des al impío; rehúsale su pan [al impío]
y no se lo des. Porque se tornará más fuerte que tú y te pagará con
doble mal cuantos bienes le hagas» (Eclo. 12, 4-5). ¡Cuánto difieren
sentencias como esta de la predicación de Jesucristo en cuanto a hacer el
bien a los enemigos y poner la otra mejilla! Y es que el hombre del
Antiguo Testamento tenía un concepto diferente de la salvación y del mérito. Para él, la prosperidad
y la salud eran regalo de Dios y constituían el único premio que se
otorgaba a los que cumplían con los preceptos. El pobre y el desgraciado
merecían todo desprecio, pues era, según esta concepción de la
recompensa, un rechazado por Dios, con el que no había que relacionarse. Para el lector poco
instruido en Biblia, le pueden resultar chocante los numerosos pasajes del
Antiguo Testamento en que Dios «se venga», donde se habla de «el castigo
de Dios» o incluso de «la ira de Dios». La concepción que el pueblo
israelita tenía de Dios, era la de un Dios violento. Pero en realidad Dios era
y es el mismo Dios de ahora y el mismo que será siempre, pues Él es
inmutable. No así nosotros. El
hombre antiguo tenía una mentalidad y unos conocimientos completamente
distintos a los del hombre moderno, y por tanto Dios tiene que expresarse en
un lenguaje que éste comprenda. Para el hombre del
Antiguo Testamento no existía la recompensa escatológica, y eso a pesar de
libros como el de la Sabiduría, y el de los Macabeos, que dicho sea de
paso, no fueron admitidos como canónicos por el pueblo judío. Para el
antiguo Israel, las bendiciones de Yahvé eran vivir muchos años y tener
una gran descendencia. Estas eran las formas de prolongar la vida, mientras
que el Sheol, la muerte, era el final «donde ni siquiera se puede alabar a
Yahvé» (Salmo 6, 5). Todas estas concepciones
eran influencia directa de los pueblos vecinos, y fruto de una religiosidad
poco avanzada. Y por curioso que parezca asistimos hoy a la paradoja de que
ideas tan antiguas tengan de nuevo, en la sociedad de hoy, tanta vigencia. Pero Dios se va amoldando
al progreso del hombre, y llegado el momento, pasará de ser el Dios que
hiere y castiga, para ser el Dios que se deja herir en su Hijo, y perdona y
redime a la Humanidad. Muchos añadirán que no
hay que irse tan lejos, que no hace mucho tiempo tuvimos la Inquisición, la
condena de Galileo, las mentiras de los curas... Pero la Iglesia también
sabe reconocer sus errores, y recientemente ha reconocido muchos abusos,
además de subrayar la importancia de las ciencias como parte importantísima
del desarrollo humano. Fue a raíz del Concilio
Vaticano II cuando la Iglesia se abre al mundo y proyecta una estrategia de
evangelización que tiende la mano hacia las otras religiones «mirando más
a lo que nos une que a lo que nos separa». En esta línea, la
Iglesia define mejor su postura clásica y para muchos prepotente que
afirmaba que «fuera de la Iglesia no hay salvación», y se reconoce algo
que sucintamente se había considerado siempre y es el hecho de que serán
salvos todos los hombres de buena voluntad que no habiendo conocido el
Evangelio por culpa no imputable a ellos, se hubiesen comportado
honradamente según su conciencia. Aunque eso sí, no se
deja de insistir en que es en el seno de la Iglesia Católica, donde se dan
en plenitud las condiciones más favorables para prosperar en el campo de la
salvación. Y es que Dios ha puesto
en nuestra conciencia esa luz que nos guía y nos ilumina cuando hacemos el
bien, y que nos acusa cuando obramos el mal. La Iglesia siempre ha
deseado que sus hijos se salven y progresen en el camino hacia la santidad,
y ha utilizado las formas que consideraba más acordes según los tiempos. Y
todo aunque una visión histórica retrospectiva las delatase como
inadecuadas. Pero no es la Iglesia la
única que se ha mostrado intransigente con la ciencia. La propia ciencia
casi siempre pone reparos a los nuevos descubrimientos e inventos, muchos de
los cuales a la larga se han mostrado inapelables o muy beneficiosos para la
Humanidad. Fueron los propios científicos
los que en primera instancia tacharon de disparatados los postulados heliocéntricos,
o los dictámenes de Pasteur sobre los gérmenes infecciosos, o las teorías
de Harvey sobre la circulación de la sangre. Por no hablar de la
intransigencia de la propia sociedad, en cuestiones como el voto de la
mujer, la discriminación étnica, o la esclavitud. Además, si a alguien se
le puede tachar de totalitarista es a la ciencia y no a la Iglesia. A diario
se toman decisiones sin contar con nadie en el campo de la biología,
de la economía, o por ejemplo sobre la energía nuclear. Decisiones que
pueden afectar a miles o millones de seres humanos. Dios, por el
contrario siempre ha tratado al hombre de acuerdo con su desarrollo en cada
momento de la Historia. Al igual que una madre no
exigiría a su niño recién nacido que supiese hablar, tampoco Dios ha
exigido a los hombres nada más allá de lo que por ellos mismos iban
aprendiendo. Una madre cuida a su hijo
por amor. A veces su excesivo celo perjudica al hijo, y este puede ver en
ella represión y tiranía. Aunque la madre lo hace todo con la mejor
intención, que es el bien de su hijo, quizá sus acciones no sean las más
adecuadas. Esto es lo que en muchas ocasiones le ha ocurrido a la Iglesia. Dios no quiso imponer
nada al hombre, pues le creó libre, y por eso no forzó su evolución.
Por eso, no envió a su Hijo hasta el momento idóneo, la plenitud de
los tiempos. Dios va formando a los
hombres poco a poco, a pesar que con ello cause, como causó su Hijo, el ser
«signo de contradicción». Este tema desemboca en el
siguiente punto. |
| [ Principal ] | [ Dogmas ] | [ El Rosario ] | [ Advocaciones ] | [ Catecismo ] | [ Los Santos ] | [ Lecturas ] | [ Mensajes ] |
| [ Conversos ] | [ Foro Mariano ] | [ Eucaristía ] | [ Firmar Libro ] | ||||
| [ Medjugorge ] | [ Rosarium V.M. ] | [ No Católicos ] | [ Notas ] | [ Contacto ] | [ Links ] | [ Ver Libro ] | [ Uso ] |
|
|
|||||||
| [ Principal ] | [ Dogmas ] | [ El Rosario ] | [ Advocaciones ] | [ Catecismo ] | [ Los Santos ] | [ Lecturas ] | [ Mensajes ] |
| [ Conversos ] | [ Foro Mariano ] | [ Eucaristía ] | [ Firmar Libro ] | ||||
| [ Medjugorge ] | [ Rosarium V.M. ] | [ No Católicos ] | [ Notas ] | [ Contacto ] | [ Links ] | [ Ver Libro ] | [ Uso ] |
|
|
|||||||
| ||||||||||||||||||||||||||||||||