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Semana Santa
La
Dolorosa Pasión de Nuestro Señor Jesucristo
Extractos del libro
"La Dolorosa Pasión de Nuestro Señor Jesucristo" de la Mística
alemana, Venerable Ana Catalina Emmerich
Fuente: Capilla de Oración Católica
Introducción. La
Ultima Cena
1
Ayer tarde fue cuando tuvo
lugar la última gran comida del Señor y sus amigos, en casa de Simón el
Leproso, en Betania, en donde María Magdalena derramó por la última vez
los perfumes sobre Jesús. Los discípulos habían preguntado ya a Jesús dónde
quería celebrar la Pascua. Hoy, antes de amanecer, llamó el Señor a
Pedro, a Santiago y a Juan: les habló mucho de todo lo que debían preparar
y ordenar en Jerusalén, y les dijo que cuando subieran al monte de Sión,
encontrarían al hombre con el cántaro de agua. Ellos conocían ya a este
hombre, pues en la última Pascua, en Betania, él había preparado la
comida de Jesús: por eso San Mateo dice: cierto hombre. Debían seguirle
hasta su casa y decirle: "El Maestro os manda decir que su tiempo se
acerca, y que quiere celebrar la Pascua en vuestra casa". Después debían
ser conducidos al Cenáculo, y ejecutar todas las disposiciones necesarias.
Yo vi los dos Apóstoles subir a Jerusalén; y encontraron al principio de
una pequeña subida, cerca de una casa vieja con muchos patios, al hombre
que el Señor les había designado: le siguieron y le dijeron lo que Jesús
les había mandado. Se alegró mucho de esta noticia, y les respondió que
la comida estaba ya dispuesta en su casa (probablemente por Nicodemus); que
no sabía para quién, y que se alegraba de saber que era para Jesús. Este
hombre era Elí, cuñado de Zacarías de Hebrón, en cuya casa el año
anterior había Jesús anunciado la muerte de Juan Bautista. Iba todos los años
a la fiesta de la Pascua con sus criados, alquilaba una sala, y preparaba la
Pascua para las personas que no tenían hospedaje en la ciudad. Ese año había
alquilado un Cenáculo que pertenecía a Nicodemus y a José de Arimatea.
Enseñó a los dos Apóstoles su posición y su distribución interior.
2
Sobre el lado meridional de
la montaña de Sión, se halla una antigua y sólida casa, entre dos filas
de árboles copudos, en medio de un patio espacioso cercado de buenas
paredes. Al lado izquierdo de la entrada se ven otras habitaciones contiguas
a la pared; a la derecha, la habitación del mayordomo, y al lado, la que la
Virgen y las santas mujeres ocuparon con más frecuencia después de la
muerte de Jesús. El Cenáculo, antiguamente más espacioso, había servido
entonces de habitación a los audaces capitanes de David: en él se
ejercitaban en manejar las armas. Antes de la fundación del templo, el Arca
de la Alianza había sido depositada allí bastante tiempo, y aún hay
vestigios de su permanencia en un lugar subterráneo. Yo he visto también
al profeta Malaquías escondido debajo de las mismas bóvedas; allí escribió
sus profecías sobre el Santísimo Sacramento y el sacrificio de la Nueva
Alianza. Cuando una gran parte de Jerusalén fue destruida por los
babilonios, esta casa fue respetada: he visto otras muchas cosas de ella;
pero no tengo presente más que lo que he contado. Este edificio estaba en
muy mal estado cuando vino a ser propiedad de Nicodemus y de José de
Arimatea: habían dispuesto el cuerpo principal muy cómodamente y lo
alquilaban para servir de Cenáculo a los extranjeros, que la Pascua atraía
a Jerusalén. Así el Señor lo había usado en la última Pascua. El Cenáculo,
propiamente, está casi en medio del patio; es cuadrilongo, rodeado de
columnas poco elevadas. Al entrar, se halla primero un vestíbulo, adonde
conducen tres puertas; después de entra en la sala interior, en cuyo techo
hay colgadas muchas lámparas; las paredes están adornadas, para la fiesta,
hasta media altura, de hermosos tapices y de colgaduras. La parte posterior
de la sala está separada del resto por una cortina. Esta división en tres
partes da al Cenáculo cierta similitud con el templo. En la última parte
están dispuestos, a derecha e izquierda, los vestidos necesarios para la
celebración de la fiesta. En el medio hay una especie de altar; en esta
parte de la sala están haciendo grandes preparativos para la comida
pascual. En el nicho de la pared hay tres armarios de diversos colores, que
se vuelven como nuestros tabernáculos para abrirlos y cerrarlos; vi toda
clase de vasos para la Pascua; más tarde, el Santísimo Sacramento reposó
allí. En las salas laterales del Cenáculo hay camas en donde se puede
pasar la noche. Debajo de todo el edificio hay bodegas hermosas. El Arca de
la Alianza fue depositada en algún tiempo bajo el sitio donde se ha
construido el hogar. Yo he visto allí a Jesús curar y enseñar; los discípulos
también pasaban con frecuencia las noches en las laterales.
3
Vi a Pedro y a Juan en
Jerusalén entrar en una casa que pertenecía a Serafia (tal era el nombre
de la que después fue llamada Verónica). Su marido, miembro del Consejo,
estaba la mayor parte del tiempo fuera de la casa atareado con sus negocios;
y aun cuando estaba en casa, ella lo veía poco. Era una mujer de la edad de
María Santísima, y que estaba en relaciones con la Sagrada Familia desde
mucho tiempo antes: pues cuando el niño se quedó en el templo después de
la fiesta, ella le dio de comer. Los dos apóstoles tomaron allí, entre
otras cosas, el cáliz de que se sirvió el Señor para la institución de
la Sagrada Eucaristía. El cáliz que los apóstoles llevaron de la casa de
Verónica, es un vaso maravilloso y misterioso. Había estado mucho tiempo
en el templo entre otros objetos preciosos y de gran antigüedad, cuyo
origen y uso se había olvidado. Había sido vendido a un aficionado de
antigüedades. Y comprado por Serafia había servido ya muchas veces a Jesús
para la celebración de las fiestas, y desde ese día fue propiedad
constante de la santa comunidad cristiana. El gran cáliz estaba puesto en
una azafata, y alrededor había seis copas. Dentro de él había otro vaso
pequeño, y encima un plato con una tapadera redonda. En su pie estaba
embutida una cuchara, que se sacaba con facilidad. El gran cáliz se ha
quedado en la iglesia de Jerusalén, cerca de Santiago el Menor, y lo veo
todavía conservado en esta villa: ¡aparecerá a la luz como ha aparecido
esta vez! Otras iglesias se han repartido las copas que lo rodeaban; una de
ellas está en Antioquía; otra en Efeso: pertenecían a los Patriarcas, que
bebían en ellas una bebida misteriosa cuando recibían y daban la bendición,
como lo he visto muchas veces. El gran cáliz estaba en casa de Abraham:
Melquisedec lo trajo consigo del país de Semíramis a la tierra de Canaán
cuando comenzó a fundar algunos establecimientos en el mismo sitio donde se
edificó después Jerusalén: él lo usó en el sacrificio, cuando ofreció
el pan y el vino en presencia de Abraham, y se lo dejó a este Patriarca.
4
Por la mañana, mientras
los dos Apóstoles se ocupaban en Jerusalén en hacer los preparativos de la
Pascua, Jesús, que se había quedado en Betania, hizo una despedida tierna
a las santas mujeres, a Lázaro y a su Madre, y les dio algunas
instrucciones. Yo vi al Señor hablar solo con su Madre; le dijo, entre
otras cosas, que había enviado a Pedro, el Apóstol de la fe, y a Juan, el
Apóstol del amor, para preparar la Pascua en Jerusalén. Dijo que María
Magdalena, cuyo dolor era muy violento, que su amor era grande, pero que
todavía era un poco según la carne, y que por ese motivo el dolor la ponía
fuera de sí. Habló también del proyecto de Judas, y la Virgen Santísima
rogó por él. Judas había ido otra vez de Betania a Jerusalén con
pretexto de hacer un pago. Corrió todo el día a casa de los fariseos, y
arregló la venta con ellos. Le enseñaron los soldados encargados de
prender al Salvador. Calculó sus idas y venidas de modo que pudiera
explicar su ausencia. Volvió al lado del Señor poco antes de la cena. Yo
he visto todas sus tramas y todos sus pensamientos. Era activo y servicial;
pero lleno de avaricia, de ambición y de envidia, y no combatía estas
pasiones. Había hecho milagros y curaba enfermos en la ausencia de Jesús.
Cuando el Señor anunció a la Virgen lo que iba a suceder, Ella le pidió
de la manera más tierna que la dejase morir con Él. Pero Él le recomendó
que tuviera más resignación que las otras mujeres; le dijo también que
resucitaría, y el sitio donde se le aparecería. Ella no lloró mucho, pero
estaba profundamente triste. El Señor le dio las gracias, como un hijo
piadoso, por todo el amor que le tenía. Se despidió otra vez de todos,
dando todavía diversas instrucciones. Jesús y los nueve Apóstoles
salieron a las doce de Betania para Jerusalén; anduvieron al pie del monte
de los Olivos, en el valle de Josafat y hasta el Calvario. En el camino no
cesaba de instruirlos. Dijo a los Apóstoles, entre otras cosas, que hasta
entonces les había dado su pan y su vino, pero que hoy quería darles su
carne y su sangre, y que les dejaría todo lo que tenía. Decía esto el Señor
con una expresión tan dulce en su ara, que su alma parecía salirse por
todas partes, y que se deshacía en amor, esperando el momento de darse a
los hombres. Sus discípulos no lo comprendieron: creyeron que hablaba del
cordero pascual. No se puede expresar todo el amor y toda la resignación
que encierran los últimos discursos que pronunció en Betania y aquí.
Cuando Pedro y Juan vinieron al Cenáculo con el cáliz, todos los vestidos
de la ceremonia estaban ya en el vestíbulo. En seguida se fueron al valle
de Josafat y llamaron al Señor y a los nueve Apóstoles. Los discípulos y
los amigos que debían celebrar la Pascua en el Cenáculo vinieron después.
5
Jesús y los suyos comieron
el cordero pascual en el Cenáculo, divididos en tres grupos: el Salvador
con los doce Apóstoles en la sala del Cenáculo; Natanael con otros doce
discípulos en una de las salas laterales; otros doce tenían a su cabeza a
Eliazim, hijo de Cleofás y de María, hija de Helí: había sido discípulo
de San Juan Bautista. Se mataron para ellos tres corderos en el templo. Había
allí un cuarto cordero, que fue sacrificado en el Cenáculo: éste es el
que comió Jesús con los Apóstoles. Judas ignoraba esta circunstancia;
continuamente ocupado en su trama, no había vuelto cuando el sacrificio del
cordero; vino pocos instantes antes de la comida. El sacrificio del cordero
destinado a Jesús y a los Apóstoles fue muy tierno; se hizo en el vestíbulo
del Cenáculo. Los Apóstoles y los discípulos estaban allí cantando el
salmo CXVIII. Jesús habló de una nueva época que comenzaba. Dijo que los
sacrificios de Moisés y la figura del Cordero pascual iban a cumplirse;
pero que, por esta razón, el cordero debía ser sacrificado como
antiguamente en Egipto, y que iban a salir verdaderamente de la casa de
servidumbre. Los vasos y los instrumentos necesarios fueron preparados.
Trajeron un cordero pequeñito, adornado con una corona, que fue enviada a
la Virgen Santísima al sitio donde estaba con las santas mujeres. El
cordero estaba atado, con la espalda sobre una tabla, por el medio del
cuerpo: me recordó a Jesús atado a la columna y azotado. El hijo de Simeón
tenía la cabeza del cordero. El Señor lo picó con la punta de un cuchillo
en el cuello, y el hijo de Simeón acabó de matarlo. Jesús parecía tener
repugnancia de herirlo: lo hizo rápidamente, pero con gravedad; la sangre
fue recogida en un baño, y le trajeron un ramo de hisopo que mojó en la
sangre. En seguida fue a la puerta de la sala, tiñó de sangre los dos
pilares y la cerradura, y fijó sobre la puerta el ramo teñido de sangre.
Después hizo una instrucción, y dijo, entre otras cosas, que el ángel
exterminador pasaría más lejos; que debían adorar en ese sitio sin temor
y sin inquietud cuando Él fuera sacrificado, a Él mismo, el verdadero
Cordero pascual; que un nuevo tiempo y un nuevo sacrificio iban a comenzar,
y que durarían hasta el fin del mundo. Después se fueron a la extremidad
de la sala, cerca del hogar donde había estado en otro tiempo el Arca de la
Alianza. Jesús vertió la sangre sobre el hogar, y lo consagró como un
altar; seguido de sus Apóstoles, dio la vuelta al Cenáculo y lo consagró
como un nuevo templo. Todas las puertas estaban cerradas mientras tanto. El
hijo de Simeón había ya preparado el cordero. Lo puso en una tabla: las
patas de adelante estaban atadas a un palo puesto al revés; las de atrás
estaban extendidas a lo largo de la tabla. Se parecía a Jesús sobre la
cruz, y fue metido en el horno para ser asado con los otros tres corderos
traídos del templo. Los convidados se pusieron los vestidos de viaje que
estaban en el vestíbulo, otros zapatos, un vestido blanco parecido a una
camisa, y una capa más corta de adelante que de atrás; se arremangaron los
vestidos hasta la cintura; tenían también unas mangas anchas arremangadas.
Cada grupo fue a la mesa que le estaba reservada: los discípulos en las
salas laterales, el Señor con los Apóstoles en la del Cenáculo. Según
puedo acordarme, a la derecha de Jesús estaban Juan, Santiago el Mayor y
Santiago el Menor; al extremo de la mesa, Bartolomé; y a la vuelta, Tomás
y Judas Iscariote. A la izquierda de Jesús estaban Pedro, Andrés y Tadeo;
al extremo de la izquierda, Simón, y a la vuelta, Mateo y Felipe. Después
de la oración, el mayordomo puso delante de Jesús, sobre la mesa, el
cuchillo para cortar el cordero, una copa de vino delante del Señor, y llenó
seis copas, que estaban cada una entre dos Apóstoles. Jesús bendijo el
vino y lo bebió; los Apóstoles bebían dos en la misma copa. El Señor
partió el cordero; los Apóstoles presentaron cada uno su pan, y recibieron
su parte. La comieron muy de prisa, con ajos y yerbas verdes que mojaban en
la salsa. Todo esto lo hicieron de pie, apoyándose sólo un poco sobre el
respaldo de su silla. Jesús rompió uno de los panes ácimos, guardó una
parte, y distribuyó la otra. Trajeron otra copa de vino; y Jesús decía:
"Tomad este vino hasta que venga el reino de Dios". Después de
comer, cantaron; Jesús rezó o enseñó, y habiéndose lavado otra vez las
manos, se sentaron en las sillas. Al principio estuvo muy afectuoso con sus
Apóstoles; después se puso serio y melancólico, y les dijo: "Uno de
vosotros me venderá; uno de vosotros, cuya mano está conmigo en esta
mesa". Había sólo un plato de lechuga; Jesús la repartía a los que
estaban a su lado, y encargó a Judas, sentado en frente, que la
distribuyera por su lado. Cuando Jesús habló de un traidor, cosa que
espantó a todos los Apóstoles, dijo: "Un hombre cuya mano está en la
misma mesa o en el mismo plato que la mía", lo que significa:
"Uno de los doce que comen y beben conmigo; uno de los que participan
de mi pan". No designó claramente a Judas a los otros, pues meter la
mano en el mismo plato era una expresión que indicaba la mayor intimidad.
Sin embargo, quería darle un aviso, pues, que metía la mano en el mismo
plato que el Señor para repartir lechuga. Jesús añadió: "El hijo
del hombre se va, según esta escrito de Él; pero desgraciado el hombre que
venderá al Hijo del hombre: más le valdría no haber nacido". Los Apóstoles,
agitados, le preguntaban cada uno: "Señor, ¿soy yo?", pues todos
sabían que no comprendían del todo estas palabras. Pedro se recostó sobre
Juan por detrás de Jesús, y por señas le dijo que preguntara al Señor
quién era, pues habiendo recibido algunas reconvenciones de Jesús, tenía
miedo que le hubiera querido designar. Juan estaba a la derecha de Jesús,
y, como todos, apoyándose sobre el brazo izquierdo, comía con la mano
derecha: su cabeza estaba cerca del pecho de Jesús. Se recostó sobre su
seno, y le dijo: "Señor, ¿quién es?". Entonces tuvo aviso que
quería designar a Judas. Yo no vi que Jesús se lo dijera con los labios:
"Este a quien le doy el pan que he mojado". Yo no sé si se lo
dijo bajo; pero Juan lo supo cuando el Señor mojó el pedazo de pan con la
lechuga, y lo presentó afectuosamente a Judas, que preguntó también:
"Señor, ¿soy yo?". Jesús lo miró con amor y le dio una
respuesta en términos generales. Era para los judíos una prueba de amistad
y de confianza. Jesús lo hizo con una afección cordial, para avisar a
Judas, sin denunciarlo a los otros; pero éste estaba interiormente lleno de
rabia. Yo vi, durante la comida, una figura horrenda, sentada a sus pies, y
que subía algunas veces hasta su corazón. Yo no vi que Juan dijera a Pedro
lo que le había dicho Jesús; pero lo tranquilizó con los ojos.
6
Se levantaron de la mesa, y
mientras arreglaban sus vestidos, según costumbre, para el oficio solemne,
el mayordomo entró con dos criados para quitar la mesa. Jesús le pidió
que trajera agua al vestíbulo, y salió de la sala con sus criados. De pie
en medio de los Apóstoles, les habló algún tiempo con solemnidad. No
puedo decir con exactitud el contenido de su discurso. Me acuerdo que habló
de su reino, de su vuelta hacia su Padre, de lo que les dejaría al
separarse de ellos. Enseñó también sobre la penitencia, la confesión de
las culpas, el arrepentimiento y la justificación. Yo comprendí que esta
instrucción se refería al lavatorio de los pies; vi también que todos
reconocían sus pecados y se arrepentían, excepto Judas. Este discurso fue
largo y solemne. Al acabar Jesús, envió a Juan y a Santiago el Menor a
buscar agua al vestíbulo, y dijo a los Apóstoles que arreglaran las sillas
en semicírculo. Él se fue al vestíbulo, y se puso y ciñó una toalla
alrededor del cuerpo. Mientras tanto, los Apóstoles se decían algunas
palabras, y se preguntaban entre sí cuál sería el primero entre ellos;
pues el Señor les había anunciado expresamente que iba a dejarlos y que su
reino estaba próximo; y se fortificaban más en la opinión de que el Señor
tenía un pensamiento secreto, y que quería hablar de un triunfo terrestre
que estallaría en el último momento. Estando Jesús en el vestíbulo, mandó
a Juan que llevara un baño y a Santiago un cántaro lleno de agua; en
seguida fueron detrás de él a la sala en donde el mayordomo había puesto
otro baño vacío. Entró Jesús de un modo muy humilde, reprochando a los
Apóstoles con algunas palabras la disputa que se había suscitado entre
ellos: les dijo, entre otras cosas, que Él mismo era su servidor; que debían
sentarse para que les lavara los pies. Se sentaron en el mismo orden en que
estaban en la mesa. Jesús iba del uno al otro, y les echaba sobre los pies
agua del baño que llevaba Juan; con la extremidad de la toalla que lo ceñía,
los limpiaba; estaba lleno de afección mientras hacía este acto de
humildad. Cuando llegó a Pedro, éste quiso detenerlo por humildad, y le
dijo: "Señor, ¿Vos lavarme los pies?". El Señor le respondió:
"Tú no sabes ahora lo que hago, pero lo sabrás mas tarde". Me
pareció que le decía aparte: "Simón, has merecido saber de mi Padre
quién soy yo, de dónde vengo y adónde voy; tú solo lo has confesado
expresamente, y por eso edificaré sorbe ti mi Iglesia, y las puertas del
infierno no prevalecerán contra ella. Mi fuerza acompañará a tus
sucesores hasta el fin del mundo". Jesús lo mostró a los Apóstoles,
diciendo: "Cuando yo me vaya, él ocupará mi lugar". Pedro le
dijo: "Vos no me lavaréis jamás los pies". El Señor le respondió:
"Si no te lavo los pies, no tendrás parte conmigo". Entonces
Pedro añadió: "Señor, lavadme no sólo los pies, sino también las
manos y la cabeza". Jesús respondió: "El que ha sido ya lavado,
no necesita lavarse más que los pies; está purificado en todo el resto;
vosotros, pues, estáis purificados, pero no todos". Estas palabras se
dirigían a Judas. Había hablado del lavatorio de los pies como de una
purificación de las culpas diarias, porque los pies, estando sin cesar en
contacto con la tierra, se ensucian constantemente si no se tiene una grande
vigilancia. Este lavatorio de los pies fue espiritual, y como una especie de
absolución. Pedro, en medio de su celo, no vio más que una humillación
demasiado grande de su Maestro: no sabía que Jesús al día siguiente, para
salvarlo, se humillaría hasta la muerte ignominiosa de la cruz. Cuando Jesús
lavó los pies a Judas, fue del modo más cordial y más afectuoso: acercó
la cara a sus pies; le dijo en voz baja, que debía entrar en sí mismo; que
hacía un año que era traidor e infiel. Judas hacía como que no le oía, y
hablaba con Juan. Pedro se irritó y le dijo: "Judas, el Maestro te
habla". Entonces Judas dio a Jesús una respuesta vaga y evasiva, como:
"Señor, ¡Dios me libre!". Los otros no habían advertido que Jesús
hablaba con Judas, pues hablaba bastante bajo para que no le oyeran, y además,
estaban ocupados en ponerse su calzado. En toda la pasión nada afligió más
al Salvador que la traición de Judas. Jesús lavó también los pies a Juan
y a Santiago. Enseñó sobre la humildad: les dijo que el que serví a los
otros era el mayor de todos; y que desde entones debían lavarse con
humildad los pies los unos a los otros; en seguida se puso sus vestidos. Los
Apóstoles desataron los suyos, que los habían levantado para comer el
cordero pascual.
7
Por orden del Señor, el
mayordomo puso de nuevo la mesa, que había lazado un poco: habiéndola
puesto en medio de la sala, colocó sobre ella un jarro lleno de agua y otro
lleno de vino. Pedro y Juan fueron a buscar al cáliz que habían traído de
la casa de Serafia. Lo trajeron entre los dos como un Tabernáculo, y lo
pusieron sobre la mesa delante de Jesús. Había sobre ella una fuente
ovalada con tres panes asimos blancos y delgados; los panes fueron puestos
en un paño con el medio pan que Jesús había guardado de la Cena pascual:
había también un vaso de agua y de vino, y tres cajas: la una de aceite
espeso, la otra de aceite líquido y la tercera vacía. Desde tiempo antiguo
había la costumbre de repartir el pan y de beber en el mismo cáliz al fin
de la comida; era un signo de fraternidad y de amor que se usaba para dar la
bienvenida o para despedirse. Jesús elevó hoy este uso a la dignidad del más
santo Sacramento: hasta entonces había sido un rito simbólico y
figurativo. El Señor estaba entre Pedro y Juan; las puertas estaban
cerradas; todo se hacía con misterio y solemnidad. Cuando el cáliz fue
sacado de su bolsa, Jesús oró, y habló muy solemnemente. Yo le vi
explicando la Cena y toda la ceremonia: me pareció un sacerdote enseñando
a los otros a decir misa. Sacó del azafate, en el cual estaban los vasos,
una tablita; tomó un paño blanco que cubría el cáliz, y lo tendió sobre
el azafate y la tablita. Luego sacó los panes asimos del paño que los cubría,
y los puso sobre esta tapa; sacó también de dentro del cáliz un vaso más
pequeño, y puso a derecha y a izquierda las seis copas de que estaba
rodeado. Entonces bendijo el pan y los óleos, según yo creo: elevó con
sus dos manos la patena, con los panes, levantó los ojos, rezó, ofreció,
puso de nuevo la patena sobre la mesa, y la cubrió. Tomó después el cáliz,
hizo que Pedro echara vino en él y que Juan echara el agua que había
bendecido antes; añadió un poco de agua, que echó con una cucharita :
entonces bendijo el cáliz, lo elevó orando, hizo el ofertorio, y lo puso
sobre la mesa. Juan y Pedro le echaron agua sobre las manos. No me acuerdo
si este fue el orden exacto de las ceremonias: lo que sé es que todo me
recordó de un modo extraordinario el santo sacrificio de la Misa. Jesús se
mostraba cada vez más afectuoso; les dijo que les iba a dar todo lo que tenía,
es decir, a Sí mismo; y fue como si se hubiera derretido todo en amor. Le
volverse transparente; se parecía a una sombra luminosa. Rompió el pan en
muchos pedazos, y los puso sobre la patena; tomó un poco del primer pedazo
y lo echó en el cáliz. Oró y enseñó todavía: todas sus palabras salían
de su boca como el fuego de la luz, y entraban en los Apóstoles, excepto en
Judas. Tomó la patena con los pedazos de pan y dijo: Tomad y comed; este es
mi Cuerpo, que será dado por vosotros. Extendió su mano derecha como para
bendecir, y mientras lo hacía, un resplandor salía de Él: sus palabras
eran luminosas, y el pan entraba en la boca de los Apóstoles como un cuerpo
resplandeciente: yo los vi a todos penetrados de luz; Judas solo estaba
tenebroso. Jesús presentó primero el pan a Pedro, después a Juan; en
seguida hizo señas a Judas que se acercara: éste fue el tercero a quien
presentó el Sacramento, pero fue como si las palabras del Señor se
apartasen de la boca del traidor, y volviesen a Él. Yo estaba tan agitada,
que no puedo expresar lo que sentía. Jesús le dijo: "Haz pronto lo
que quieres hacer". Después dio el Sacramento a los otros Apóstoles.
Elevó el cáliz por sus dos asas hasta la altura de su cara, y pronunció
las palabras de la consagración: mientras las decía, estaba transfigurado
y transparente: parecía que pasaba todo entero en lo que les iba a dar. Dio
de beber a Pedro y a Juan en el cáliz que tenía en la mano, y lo puso
sobre la mesa. Juan echó la sangre divina del cáliz en las copas, y Pedro
las presentó a los Apóstoles, que bebieron dos a dos en la misma copa. Yo
creo, sin estar bien segura de ello, que Judas tuvo también su parte en el
cáliz. No volvió a su sitio, sino que salió en seguida del Cenáculo. Los
otros creyeron que Jesús le había encargado algo. El Señor echó en un
vasito un resto de sangre divina que quedó en el fondo del cáliz; después
puso sus dedos en el cáliz, y Pedro y Juan le echaron otra vez agua y vino.
Después les dio a beber de nuevo en el cáliz, y el resto lo echó en las
copas y lo distribuyó a los otros Apóstoles. En seguida limpió el cáliz,
metió dentro el vasito donde estaba el resto de la sangre divina, puso
encima la patena con el resto del pan consagrado, le puso la tapadera,
envolvió el cáliz, y lo colocó en medio de las seis copas. Después de la
Resurrección, vi a los Apóstoles comulgar con el resto del Santísimo
Sacramento. Había en todo lo que Jesús hizo durante la institución de la
Sagrada Eucaristía, cierta regularidad y cierta solemnidad: sus movimientos
a un lado y a otro estaban llenos de majestad. Vi a los Apóstoles anotar
alguna cosa en unos pedacitos de pergamino que traían consigo.
8
Jesús
hizo una instrucción particular. Les dijo que debían conservar el Santísimo
Sacramento en memoria suya hasta el fin del mundo; les enseñó las formas
esenciales para hacer uso de él y comunicarlo, y de qué modo debían, por
grados, enseñar y publicar este misterio. Les enseñó cuándo debían
comer el resto de las especies consagradas, cuándo debían dar de ellas a
la Virgen Santísima, cómo debían consagrar ellos mismos cuando les
hubiese enviado el Consolador. Les habló después del sacerdocio, de la
unción, de la preparación del crisma, de los santos óleos. Había tres
cajas: dos contenían una mezcla de aceite y de bálsamo. Enseñó cómo se
debía hacer esa mezcla, a qué partes del cuerpo se debía aplicar, y en qué
ocasiones. Me acuerdo que citó un caso en que la Sagrada Eucaristía no era
aplicable: puede ser que fuera la Extremaunción; mis recuerdos no están
fijos sobre ese punto. Habló de diversas unciones, sobre todo de las de los
Reyes, y dijo que aun los Reyes inicuos que estaban ungidos, recibían de la
unción una fuerza particular. Después vi a Jesús ungir a Pedro y a Juan:
les impuso las manos sorbe la cabeza y sobre los hombros. Ellos juntaron las
manos poniendo el dedo pulgar en cruz, y se inclinaron profundamente delante
de Él, hasta ponerse casi de rodillas. Les ungió el dedo pulgar y el índice
de cada mano, y les hizo una cruz sobre la cabeza con el crisma. Les dijo
también que aquello permanecería hasta el fin del mundo. Santiago el
Menor, Andrés, Santiago el Mayor y Bartolomé recibieron asimismo la
consagración. Vi que puso en cruz sobre el pecho de Pedro una especie de
estola que llevaba al cuello, y a los otros se la colocó sobre el hombro
derecho. Yo vi que Jesús les comunicaba por esta unción algo esencial y
sobrenatural que no sé explicar. Les dijo que en recibiendo el Espíritu
Santo consagrarían el pan y el vino y darían la unción a los Apóstoles.
Me fue mostrado aquí que el día de Pentecostés, antes del gran bautismo,
Pedro y Juan impusieron las anos a los otros Apóstoles, y ocho días después
a muchos discípulos. Juan, después de la Resurrección, presentó por
primera vez el Santísimo Sacramento a la Virgen Santísima. Esta
circunstancia fue celebrada entre los Apóstoles. La Iglesia no celebra ya
esta fiesta; pero la veo celebrar en la Iglesia triunfante. Los primeros días
después de Pentecostés yo vi a Pedro y a Juan consagrar solos la Sagrada
Eucaristía: más tarde, los otros hicieron lo mismo. El Señor consagró
también el fuego en una copa de hierro, y tuvieron cuidado de no dejarlo
apagar jamás: fue conservado al lado del sitio donde estaba puesto el Santísimo
Sacramento, en una parte del antiguo hornillo pascual, y de allí iban a
sacarlo siempre para los usos espirituales. Todo lo que hizo entonces Jesús
estuvo muy secreto y fue enseñado sólo en secreto. La Iglesia ha
conservado lo esencial, extendiéndolo bajo la inspiración del Espíritu
Santo para acomodarlo a sus necesidades. Cuando estas santas ceremonias se
acabaron, el cáliz que estaba al lado del crisma fue cubierto, y Pedro y
Juan llevaron el Santísimo Sacramento a la parte mas retirada de la sala,
que estaba separada del resto por una cortina, y desde entonces fue el
santuario. José de Arimatea y Nicodemus cuidaron el Santuario y el Cenáculo
en la ausencia de los Apóstoles. Jesús hizo todavía una larga instrucción,
y rezó algunas veces. Con frecuencia parecía conversar con su Padre
celestial: estaba lleno de entusiasmo y de amor. Los Apóstoles, llenos de
gozo y de celo, le hacían diversas preguntas, a las cuales respondía. La
mayor parte de todo esto debe estar en la Sagrada Escritura. El Señor dijo
a Pedro y a Juan diferentes cosas que debían comunicar después a los otros
Apóstoles, y estos a los discípulos y a las santas mujeres, según la
capacidad de cada uno para estos conocimientos. Yo he visto siempre así la
Pascua y la institución de la Sagrada Eucaristía. Pero mi emoción antes
era tan grande, que mis percepciones no podían ser bien distintas: ahora lo
he visto con más claridad. Se ve el interior de los corazones; se ve el
amor y la fidelidad del Salvador: se sabe todo lo que va a suceder. Como sería
posible observar exactamente todo lo que no es más que exterior, se inflama
uno de gratitud y de amor, no se puede comprender la ceguedad de los
hombres, la ingratitud del mundo entero y sus pecados. La Pascua de Jesús
fue pronta, y en todo conforme a las prescripciones legales. Los fariseos añadían
algunas observaciones minuciosas.
En el
Monte de los Olivos
1
Cuando Jesús, después de
instituido el Santísimo Sacramento del altar, salió del Cenáculo con los
once Apóstoles, su alma estaba turbada, y su tristeza se iba aumentando.
Condujo a los once por un sendero apartado en el valle de Josafat. El Señor,
andando con ellos, les dijo que volvería a este sitio a juzgar al mundo;
que entonces los hombres temblarían y gritarían: "¡Montes,
cubridnos!". Les dijo también: "Esta noche seréis escandalizados
por causa mía; pues está escrito: Yo heriré al Pastor, y las ovejas serán
dispersadas. Pero cuando resucite, os precederé en Galilea". Los Apóstoles
conservaban aún algo del entusiasmo y del recogimiento que les había
comunicado la santa comunión y los discursos solemnes y afectuosos de Jesús.
Lo rodeaban, pues, y le expresaban su amor de diversos modos, protestando
que jamás lo abandonarían; pero Jesús continuó hablándoles en el mismo
sentido, y entonces dijo Pedro: "Aunque todos se escandalizaren por
vuestra causa, yo jamás me escandalizaré". El Señor le predijo que
antes que el gallo cantare le negaría tres veces, y Pedro insistió de
nuevo, y le dijo: "Aunque tenga que morir con Vos, nunca os negaré".
Así hablaron también los demás. Andaban y se paseaban alternativamente, y
la tristeza de Jesús se aumentaba cada vez más. Querían ellos consolarlo
de un modo puramente humano, asegurándole que lo que preveía no sucedería.
Se cansaron en esta vana tentativa, comenzaron a sudar, y vino sobre ellos
la tentación. Atravesaron el torrente de Cedrón, no por el puente donde
fue conducido preso Jesús más tarde, sino por otro, pues habían dado un
rodeo. Getsemaní, adonde se dirigían, está a media legua del Cenáculo.
Desde el Cenáculo hasta la puerta del valle de Josafat, hay un cuarto de
legua, y otro tanto desde allí hasta Getsemaní. Este sitio, donde Jesús
en los últimos días había pasado algunas noches con sus discípulos, se
componía de varias casas vacías y abiertas, y de un gran jardín rodeado
de un seto, adonde no había más que plantas de adorno y árboles frutales.
Los Apóstoles y algunas otras personas tenían una llave de este jardín,
que era un lugar de recreo y de oración. El jardín de los Olivos estaba
separado del de Getsemaní por un camino; estaba abierto, cercado sólo por
una tapia baja, y era más pequeño que el jardín de Getsemaní. Había en
él grutas, terraplenes y muchos olivos, y fácilmente se encontraban sitios
a propósito para la oración y para la meditación. Jesús fue a orar al más
retirado de todos.
2
Eran cerca de las nueve
cuando Jesús llegó a Getsemaní con sus discípulos. La tierra estaba
todavía oscura; pero la luna esparcía ya su luz en el cielo. El Señor
estaba triste y anunciaba la proximidad del peligro. Los discípulos estaban
sobrecogidos, y Jesús dijo a ocho de los que le acompañaban que se
quedasen en el jardín de Getsemaní, mientras él iba a orar. Llevó
consigo a Pedro, Juan y Santiago, y entró en el jardín de los Olivos.
Estaba sumamente triste, pues el tiempo de la prueba se acercaba. Juan le
preguntó cómo Él, que siempre los había consolado, podía estar tan
abatido. "Mi alma está triste hasta la muerte", respondió Jesús;
y veía por todos lados la angustia y la tentación acercarse como nubes
cargadas de figuras terribles. Entonces dijo a los tres Apóstoles:
"Quedaos ahí: velad y orad conmigo para no caer en tentación".
Jesús bajó un poco a la izquierda, y se ocultó debajo de un peñasco en
una gruta de seis pies de profundidad, encima de la cual estaban los Apóstoles
en una especie de hoyo. El terreno se inclinaba poco a poco en esta gruta, y
las plantas asidas al peñasco formaban una especie de cortina a la entrada,
de modo que no podía ser visto. Cuando Jesús se separó de los discípulos,
yo vi a su alrededor un círculo de figuras horrendas, que lo estrechaban
cada vez más. Su tristeza y su angustia se aumentaban; penetró temblando
en la gruta para orar, como un hombre que busca un abrigo contra la
tempestad; pero las visiones amenazadoras le seguían, y cada vez eran más
fuertes. Esta estrecha caverna parecía presentar el horrible espectáculo
de todos los pecados cometidos desde la caída del primer hombre hasta el
fin del mundo, y su castigo. A este mismo sitio, al monte de los Olivos, habían
venido Adán y Eva, expulsados del Paraíso, sobre una tierra ingrata; en
esta misma gruta habían gemido y llorado. Me pareció que Jesús, al
entregarse a la divina justicia en satisfacción de nuestros pecados, hacía
volver su Divinidad al seno de la Trinidad Santísima; así, concentrado en
su pura, amante e inocente humanidad, y armado sólo de su amor inefable, la
sacrificaba a las angustias y a los padecimientos. Postrado en tierra,
inclinado su rostro ya anegado en un mar de tristeza, todos los pecados del
mundo se le aparecieron bajo infinitas formas en toda su fealdad interior;
los tomó todos sobre sí, y se ofreció en la oración, a la justicia de su
Padre celestial para pagar esta terrible deuda. Pero Satanás, que se
agitaba en medio de todos estos horrores con una sonrisa infernal, se
enfurecía contra Jesús; y haciendo pasar ante sus ojos pinturas cada vez más
horribles, gritaba a su santa humanidad: "¡Como!, ¿tomarás tú éste
también sobre ti?, ¿sufrirás su castigo?, ¿quieres satisfacer por todo
esto?". Entre los pecados del mundo que pesaban sobre el Salvador, yo
vi también los míos; y del círculo de tentaciones que lo rodeaban vi
salir hacia mí como un río en donde todas mis culpas me fueron
presentadas. Al principio Jesús estaba arrodillado, y oraba con serenidad;
pero después su alma se horrorizó al aspecto de los crímenes innumerables
de los hombres y de su ingratitud para con Dios: sintió un dolor tan
vehemente, que exclamó diciendo: "¡Padre mío, todo os es posible:
alejad este cáliz!". Después se recogió y dijo: "Que vuestra
voluntad se haga y no la mía". Su voluntad era la de su Padre; pero
abandonado por su amor a las debilidades de la humanidad temblaba al aspecto
de la muerte. Yo vi la caverna llena de formas espantosas; vi todos los
pecados, toda la malicia, todos los vicios, todos los tormentos, todas las
ingratitudes que le oprimían: el espanto de la muerte, el terror que sentía
como hombre al aspecto de los padecimientos expiatorios, le asaltaban bajo
la figura de espectros horrendos. Sus rodillas vacilaban; juntaba las manos;
inundábalo el sudor, y se estremecía de horror. Por fin se levantó,
temblaban sus rodillas, apenas podían sostenerlo; tenía la fisonomía
descompuesta, y estaba desconocido, pálido y erizados los cabellos sobre la
cabeza. Eran cerca de las diez cuando se levantó, y cayendo a cada paso, bañado
de sudor frío, fue adonde estaban los tres Apóstoles, subió a la
izquierda de la gruta, al sitio donde esto se habían dormido, rendidos,
fatigados de tristeza y de inquietud. Jesús vino a ellos como un hombre
cercado de angustias que el terror le hace recurrir a sus amigos, y
semejante a un buen pastor que, avisado de un peligro próximo, viene a
visitar a su rebaño amenazado, pues no ignoraba que ellos también estaban
en la angustia y en la tentación. Las terribles visiones le rodeaban también
en este corto camino. Hallándolos dormidos, juntó las manos, cayó junto a
ellos lleno de tristeza y de inquietud, y dijo: "Simón, ¿duermes?".
Despertáronse al punto; se levantaron y díjoles en su abandono: "¿No
podíais velar una hora conmigo?". Cuando le vieron descompuesto, pálido,
temblando, empapado en sudor; cuando oyeron su voz alterada y casi
extinguida, no supieron qué pensar; y si no se les hubiera aparecido
rodeado de una luz radiante, lo hubiesen desconocido. Juan le dijo:
"Maestro, ¿qué tenéis? ¿Debo llamar a los otros discípulos? ¿Debemos
huir?". Jesús respondió: "Si viviera, enseñara y curara todavía
treinta y tres años, no bastaría para cumplir lo que tengo que hacer de
aquí a mañana. No llames a los otros ocho; helos dejados allí, porque no
podrían verme en esta miseria sin escandalizarse: caerían en tentación,
olvidarían mucho, y dudarían de Mí, porque verían al Hijo del hombre
transfigurado, y también en su oscuridad y abandono; pero vela y ora para
no caer en la tentación, porque el espíritu es pronto, pero la carne es débil".
Quería así excitarlos a la perseverancia, y anunciarles la lucha de su
naturaleza humana contra la muerte, y la causa de su debilidad. Les habló
todavía de su tristeza, y estuvo cerca de un cuarto de hora con ellos. Se
volvió a la gruta, creciendo siempre su angustia: ellos extendían las
manos hacia Él, lloraban, se echaban en los brazos los unos a los otros, y
se preguntaban: "¿Qué tiene?, ¿qué le ha sucedido?, ¿está en un
abandono completo?". Comenzaron a orar con la cabeza cubierta, llenos
de ansiedad y de tristeza. Todo lo que acabo de decir ocupó el espacio de
hora y media, desde que Jesús entró en el jardín de los Olivos. En
efecto, dice en la Escritura: "¿No habéis podido velar una hora
conmigo?". Pero esto no debe entenderse a la letra y según nuestro
modo de contar. Los tres Apóstoles que estaban con Jesús habían orado
primero, después se habían dormido, porque habían caído en tentación
por falta de confianza. Los otros ocho, que se habían quedado a la entrada,
no dormían: la tristeza que encerraban los últimos discursos de Jesús los
había dejado muy inquietos; erraban por el monte de los Olivos para buscar
algún refugio en caso de peligro.
3
Había poco ruido en
Jerusalén; los judíos estaban en sus casas ocupados en los preparativos de
la fiesta; yo vi acá y allá amigos y discípulos de Jesús, que andaban y
hablaban juntos; parecían inquietos y como si esperasen algún
acontecimiento. La Madre del Señor, Magdalena, Marta, María hija de Cleofás,
María Salomé, y Salomé, habían ido desde el Cenáculo a la casa de María,
madre de Marcos. María asustada de lo que decían sobre Jesús, quiso venir
al pueblo para saber noticias suyas. Lázaro, Nicodemus, José de Arimatea,
y algunos parientes de Hebrón, vinieron a velar para tranquilizarla. Pues
habiendo tenido conocimiento de las tristes predicciones de Jesús en el Cenáculo,
habían ido a informarse a casa de los fariseos conocidos suyos, y no habían
oído que se preparase ninguna tentativa contra Jesús: decían que el
peligro no debía ser tan grande; que no atacarían al Señor tan cerca de
la fiesta; ellos no sabían nada de la traición de Judas. María les habló
de la agitación de éste en los últimos días; de qué manera había
salido del Cenáculo; seguramente había ido a denunciar a Aquél: Ella le
había dicho con frecuencia que era un hijo de perdición. Las santas
mujeres se volvieron a casa de María, madre de Marcos.
4
Cuando Jesús volvió a la
gruta y con Él todos sus dolores, se prosternó con el rostro contra la
tierra y los brazos extendidos, y en esta actitud rogó a su Padre
celestial; pero hubo una nueva lucha en su alma, que duró tres cuartos de
hora. Vinieron ángeles a mostrarle en una serie de visiones todos los
dolores que había de padecer para expiar el pecado. Mostráronle cuál era
la belleza del hombre antes de su caída, y cuánto lo había desfigurado y
alterado ésta. Vio el origen de todos los pecados en el primer pecado; la
significación y la esencia de la concupiscencia; sus terribles efectos
sobre las fuerzas del alma humana, y también la esencia y la significación
de todas las penas correspondientes a la concupiscencia. Le mostraron, en la
satisfacción que debía de dar a la divina Justicia, un padecimiento de
cuerpo y alma que comprendía todas las penas debidas a la concupiscencia de
toda la humanidad; la deuda del género humano debía ser satisfecha por la
naturaleza humana, exenta de pecado, del Hijo de Dios. Los ángeles le
presentaban todo esto bajo diversas formas, y yo percibía lo que decían, a
pesar de que no oía su voz. Ningún lenguaje puede expresar el dolor y el
espanto que sobresaltaron el alma de Jesús a la vista de estas terribles
expiaciones; el dolor de esta visión fue tal, que un sudor de sangre salió
de todo su cuerpo. Mientras la humanidad de Jesucristo estaba sumergida en
esta inmensidad de padecimientos, yo noté en los ángeles un movimiento de
compasión; hubo un momento de silencio; me pareció que deseaban
ardientemente consolarle, y que por eso oraban ante el trono de Dios. Hubo
como una lucha de un instante entre la misericordia y la justicia de Dios, y
el amor que se sacrificaba. Me pareció que la voluntad divina del Hijo se
retiraba al Padre, para dejar caer sobre su humanidad todos los
padecimientos que la voluntad humana de Jesús pedía a su Padre que alejara
de Él. Vi esto en el momento de consolar a Jesús, y en efecto, recibió en
ese instante algún alivio. Entonces todo desapareció, y los ángeles
abandonaron al Señor cuya alma iba a sufrir nuevos ataques.
5
Habiendo resistido
victoriosamente Jesús a todos estos combates por su abandono completo a la
voluntad de su Padre celestial, le fue presentado un nuevo círculo de
horribles visiones. La duda y la inquietud que preceden al sacrificio en el
hombre que se sacrifica, asaltaron el alma del Señor, que se hizo esta
terrible pregunta: "¿Cuál será el fruto de este sacrificio?". Y
el cuadro más terrible vino a oprimir su amante corazón. Apareciéronse a
los ojos de Jesús todos los padecimientos futuros de sus Apóstoles, de sus
discípulos y de sus amigos; vio a la Iglesia primitiva tan pequeña, y a
medida que iba creciendo vio las herejías y los cismas hacer irrupción, y
renovar la primera caída del hombre por el orgullo y la desobediencia; vio
la frialdad, la corrupción y la malicia de un número infinito de
cristianos; la mentira y la malicia de todos los doctores orgullosos, los
sacrilegios de todos los sacerdotes viciosos, las funestas consecuencias de
todos estos actos, la abominación y la desolación en el reino de Dios en
el santuario de esta ingrata humanidad, que Él quería rescatar con su
sangre al precio de padecimientos indecibles. Vio los escándalos de todos
los siglos hasta nuestro tiempo y hasta el fin del mundo, todas las formas
del error, del fanatismo furioso y de la malicia; todos los apóstatas, los
herejes, los reformadores con la apariencia de Santos; los corruptores y los
corrompidos lo ultrajaban y lo atormentaban como si a sus ojos no hubiera
sido bien crucificado, no habiendo sufrido como ellos lo entendían o se lo
imaginaban, y todos rasgaban el vestido sin costura de la Iglesia; muchos lo
maltrataban, lo insultaban, lo renegaban: muchos al oír su nombre alzaban
los hombros y meneaban la cabeza en señal de desprecio; evitaban la mano
que les tendía, y se volvían al abismo donde estaban sumergidos. Vio una
infinidad de otros que no se atrevían a dejarlo abiertamente, pero que se
alejaban con disgusto de las llagas de su Iglesia, como el levita se alejó
del pobre asesinado por los ladrones. Se alejaban de su esposa herida, como
hijos cobardes y sin fe abandonan a su madre cuando llega la noche, cuando
vienen los ladrones, a los cuales, la negligencia o la malicia ha abierto la
puerta. El Salvador vio con amargo dolor toda la ingratitud, toda la
corrupción de los cristianos de todos los tiempos; juntaba las manos, caía
como abrumado sobre sus rodillas, y su voluntad humana libraba un combate
tan terrible contra la repugnancia de sufrir tanto por una raza tan ingrata,
que el sudor de sangre caía de su cuerpo a gotas sobre el suelo. En medio
de su abandono, miraba alrededor como para hallar socorro, y parecía tomar
el cielo, la tierra y los astros del firmamento por testigos de sus
padecimientos. Como elevaba la voz los tres Apóstoles se despertaron,
escucharon y quisieron ir hacia Él; pero Pedro detuvo a los otros dos, y
dijo: "Estad quietos: yo voy a Él". Lo vi correr y entrar en la
gruta, exclamando: "Maestro, ¿qué tenéis?" . Y se quedó
temblando a la vista de Jesús ensangrentado y aterrorizado. Jesús no le
respondió. Pedro se volvió a los otros, y les dijo que el Señor no le había
respondido, y que no hacía más que gemir y suspirar. Su tristeza se aumentó,
cubriéronse la cabeza, y lloraron orando. Muchas veces le oí gritar:
"Padre mío, ¿es posible que he de sufrir por esos ingratos? ¡Oh
Padre mío! ¡Si este cáliz no se puede alejar de mí, que vuestra voluntad
se haga y no la mía!".
6
En medio de todas esas
apariciones, yo veía a Satanás moverse bajo diversas formas horribles, que
representaban diferentes especies de pecados. Estas figuras diabólicas
arrastraban, a los ojos de Jesús, una multitud de hombres, por cuya redención
entraba en el camino doloroso de la cruz. Al principio vi rara vez la
serpiente, después la vi aparecer con una corona en la cabeza: su estatura
era gigantesca, su fuerza parecía desmedida, y llevaba contra Jesús
innumerables legiones de todos los tiempos, de todas las razas. En medio de
esas legiones furiosas, de las cuales algunas me parecían compuestas de
ciegos, Jesús estaba herido como si realmente hubiera sentido sus golpes;
en extremo vacilante, tan pronto se levantaba como se caía, y la serpiente,
en medio de esa multitud que gritaba sin cesar contra Jesús, batía acá y
allá con su cola, y desollaba a todos lo que derribaba. Entonces me fue
revelado que estos enemigos del Salvador eran los que maltrataban a
Jesucristo realmente presente en el Santísimo Sacramento. Reconocí entre
ellos todas las especies de profanadores de la Sagrada Eucaristía. Yo vi
con horror todos esos ultrajes desde la irreverencia, la negligencia, la
omisión, hasta el desprecio, el abuso y el sacrilegio; desde la adhesión a
los ídolos del mundo, a las tinieblas y a la falsa ciencia, hasta el error,
la incredulidad, el fanatismo y la persecución. Vi entre esos hombres,
ciegos, paralíticos, sordos, mudos y aun niños. Ciegos que no querían ver
la verdad, paralíticos que no querían andar con ella, sordos que no querían
oír sus avisos y amenazas; mudos que no querían combatir por ella con la
espada de la palabra, niños perdidos por causa de padres o maestros
mundanos y olvidados de Dios, mantenidos con deseos terrestres, llenos de
una vana sabiduría y alejados de las cosas divinas. Vi con espanto muchos
sacerdotes, algunos mirándose como llenos de piedad y de fe, maltratar
también a Jesucristo en el Santísimo Sacramento. Yo vi a muchos que creían
y enseñaban la presencia de Dios vivo en el Santísimo Sacramento, pero
olvidaban y descuidaban el Palacio, el Trono, lugar de Dios vivo, es decir,
la Iglesia, el altar, la custodia, los ornamentos, en fin, todo lo que sirve
al uso y a la decoración de la Iglesia de Dios. Todo se perdía en el polvo
y el culto divino estaba si no profanado interiormente, a lo menos
deshonrado en el exterior. Todo eso no era el fruto de una pobreza
verdadera, sino de la indiferencia, de la pereza, de la preocupación de
vanos intereses terrestres, y algunas veces del egoísmo y de la muerte
interior. Aunque hablara un año entero, no podría contar todas las
afrentas hechas a Jesús en el Santísimo Sacramento, que supe de esta
manera. Vi a los autores de ellas asaltar al Señor, herirle con diversas
armas, según la diversidad de sus ofensas. Vi cristianos irreverentes de
todos los siglos, sacerdotes ligeros o sacrílegos, una multitud de
comuniones tibias o indignas. ¡Qué espectáculo tan doloroso! Yo veía la
Iglesia, como el cuerpo de Jesús, y una multitud de hombres que se
separaban de la Iglesia, rasgaban y arrancaban pedazos enteros de su carne
viva. Jesús los miraba con ternura, y gemía de verlos perderse. Vi las
gotas de sangre caer sobre la pálida cara del Salvador. Después de la visión
que acabo de hablar, huyó fuera de la caverna. Cuando vino hacia los Apóstoles,
tenían la cabeza cubierta, y se habían sentado sobre las rodillas en la
misma posición que tiene la gente de ese país cuando está de luto o
quiere orar. Jesús, temblando y gimiendo, se acercó a ellos, y
despertaron. Pero cuando a la luz de la luna le vieron de pie delante de
ellos, con la cara pálida y ensangrentada, no lo conocieron de pronto, pues
estaba muy desfigurado. Al verle juntar las manos, se levantaron, y tomándole
por los brazos, le sostuvieron con amor, y Él les dijo con tristeza que lo
matarían al día siguiente, que lo prenderían dentro de una hora, que lo
llevarían ante un tribunal, que sería maltratado, azotado y entregado a la
muerte más cruel. No le respondieron, pues no sabían qué decir; tal
sorpresa les había causado su presencia y sus palabras. Cuando quiso volver
a la gruta, no tuvo fuerza para andar. Juan y Santiago lo condujeron y
volvieron cuando entró en ella; eran las once y cuarto, poco más o menos.
7
Durante esta agonía de Jesús,
vi a la Virgen Santísima llena de tristeza y de amargura en casa de María,
madre de Marcos. Estaba con Magdalena y María en el jardín de la casa,
encorvada sobre una piedra y apoyada sobre sus rodillas. Había enviado un
mensajero a saber de Él, y no pudiendo esperar su vuelta, se fue inquieta
con Magdalena y Salomé hacia el valle de Josafat. Iba cubierta con un velo,
y con frecuencia extendía sus brazos hacia el monte de los Olivos, pues veía
en espíritu a Jesús bañado de un sudor de sangre, y parecía que con sus
manos extendidas quería limpiar la cara de su Hijo. En aquel momento los
ocho Apóstoles vinieron a la choza de follaje de Getsemaní, conversaron
entre sí, y acabaron por dormirse. Estaban dudosos, sin ánimo, y
atormentados por la tentación. Cada uno había buscado un sitio en donde
poderse refugiar, y se preguntaban con inquietud: "¿Qué haremos
nosotros cuando le hayan hecho morir? Lo hemos dejado todo por seguirle;
somos pobres y desechados de todo el mundo; nos hemos abandonado enteramente
a Él, y ahora está tan abatido, que no podemos hallar en Él ningún
consuelo".
8
Vi a Jesús orando todavía
en la gruta, luchando contra la repugnancia de su naturaleza humana, y
abandonándose a la voluntad de su Padre. Aquí el abismo se abrió delante
de Él, y los primeros grados del limbo se le presentaron. Vi a Adán y a
Eva, los Patriarcas, los Profetas, los justos, los parientes de su Madre y
Juan Bautista, esperando su llegada al mundo inferior, con un deseo tan
violento, que esta vista fortificó y animó su corazón lleno de amor. Su
muerte debía abrir el Cielo a estos cautivos. Cuando Jesús hubo mirado con
una emoción profunda estos Santos del antiguo mundo, los ángeles le
presentaron todas las legiones de los bienaventurados futuros que, juntando
sus combates a los méritos de su Pasión, debían unirse por medio de Él
al Padre celestial. Era esta una visión bella y consoladora. Vio la salvación
y la santificación saliendo como un río inagotable del manantial de
redención abierto después de su muerte. Los Apóstoles, los discípulos,
las vírgenes y las mujeres, todos los mártires, los confesores y los
ermitaños, los Papas y los Obispos, una multitud de religiosos, en fin,
todo el ejército de los bienaventurados se presentó a su vista. Todos
llevaban una corona sobre la cabeza, y las flores de la corona diferían de
forma, de color, de olor y de virtud, según la diferencia de los
padecimientos, de los combates, de las victorias con que habían adquirido
la gloria eterna. Toda su vida y todos sus actos, todos sus méritos y toda
su fuerza, como toda la gloria de su triunfo, venían únicamente de su unión
con los méritos de Jesucristo. Pero estas visiones consoladoras
desaparecieron, y los ángeles le presentaron su Pasión, que se acercaba.
Vi todas las escenas presentarse delante de Él, desde el beso de Judas
hasta las últimas palabras sobre la Cruz. Vi allí todo lo que veo en mis
meditaciones de la Pasión. La traición de Judas, la huida de los discípulos,
los insultos delante de Anás y de Caifás, la apostasía de Pedro, el
tribunal de Pilatos, los insultos de Herodes, los azotes, la corona de
espinas, la condenación a muerte, el camino de la Cruz, el sudario de la
Verónica, la crucifixión, los ultrajes de los fariseos, los dolores de María,
la Magdalena y de Juan, la abertura del costado; en fin, todo le fue
presentado con las más pequeñas circunstancias. Lo aceptó todo
voluntariamente, y a todo se sometió por amor de los hombres.
9
Al fin de las visiones
sobre la Pasión, Jesús cayó sobre su cara como un moribundo; los ángeles
desaparecieron; el sudor de la sangre corrió con más abundancia y atravesó
sus vestidos. La más profunda oscuridad reinaba en la caverna. Vi bajar un
ángel hacia Jesús. Estaba vestido como un sacerdote, y traía delante de
él, en sus manos, un pequeño cáliz, semejante al de la Cena. En la boca
de este cáliz se veía una cosa ovalada del grueso de una haba, que esparcía
una luz rojiza. El ángel, sin bajar hasta el suelo, extendió la mano
derecha hacia Jesús, que se enderezó, le metió en la boca este alimento
misterioso y le dio de beber en el pequeño cáliz luminoso. Después
desapareció. Habiendo Jesús aceptado libremente el cáliz de sus
padecimientos y recibido una nueva fuerza, estuvo todavía algunos minutos
en la gruta, en una meditación tranquila, dando gracias a su Padre
celestial. Estaba todavía afligido, pero confortado naturalmente hasta el
punto de poder ir al sitio donde estaban los discípulos sin caerse y sin
sucumbir bajo el peso de su dolor. Cuando Jesús llegó a sus discípulos,
estaban éstos acostados como la primera vez; tenían la cabeza cubierta, y
dormían. El Señor les dijo que no era tiempo de dormir, que debían
despertarse y orar. "Ved aquí a hora en que el Hijo del hombre será
entregado en manos de los pecadores, les dijo; levantaos y andemos: el
traidor está cerca: más le valdría no haber nacido". Los Apóstoles
se levantaron asustados, mirando alrededor con inquietud. Cuando se
serenaron un poco, Pedro dijo con animación: "Maestro, voy a llamar a
los otros para que os defendamos". Pero Jesús le mostró a cierta
distancia del valle, del lado opuesto del torrente del Cedrón, una tropa de
hombres armados que se acercaban con faroles, y le dijo que uno de ellos le
había denunciado. Les habló todavía con serenidad, les recomendó que
consolaran a su Madre, y les dijo: "Vamos a su encuentro: me entregaré
sin resistencia entre las manos de mis enemigos". Entonces salió del
jardín de los Olivos con sus tres discípulos, y vino al encuentro de los
soldados en el camino que estaba entre el jardín y Getsemaní.
II
Encarcelamiento y
primeros juicios - Prisión de Jesús
10. No creía Judas que su
traición tendría el resultado que tuvo; el dinero sólo preocupaba su espíritu,
y desde mucho tiempo antes se había puesto en relación con algunos
fariseos y algunos saduceos astutos, que le excitaban a la traición halagándole.
Estaba cansado de la vida errante y penosa de los Apóstoles. En los últimos
meses no había cesado de robar las limosnas de que era depositario, y su
avaricia, excitada por la liberalidad de Magdalena cuando derramó los
perfumes sobre Jesús, lo llevó al último de sus crímenes. Había
esperado siempre en un reino temporal de Jesús, y en él un empleo
brillante y lucrativo. Se acercaba más y más cada día a sus agentes, que
le acariciaban y le decían de un modo positivo que en todo caso pronto
acabarían con Jesús. Se cebó cada vez más en estos pensamientos
criminales, y en los últimos días había multiplicado sus viajes para
decidir a los príncipes de los sacerdotes a obrar. Estos no querían todavía
comenzar, y lo trataron con desprecio. Decían que faltaba poco tiempo antes
de la fiesta, y que esto causaría desorden y tumulto. El Sanhedrín sólo
prestó alguna atención a las proposiciones de Judas. Después de la
recepción sacrílega del Sacramento, Satanás se apoderó de él, y salió
a concluir su crimen. Buscó primero a los negociadores que le habían
lisonjeado hasta entonces, y que le acogieron con fingida amistas. Vinieron
después otros, entre los cuales estaban Caifás y Anás; este último le
habló en tono altanero y burlesco. Andaban irresolutos, y no estaban
seguros del éxito, porque no se fiaban de Judas. Cada uno presentaba una
opinión diferente, y antes de todo preguntaron a Judas: "¿Podremos
tomarlo? ¿No tiene hombres armados con Él?". Y el traidor respondió:
"No; está solo con sus once discípulos: Él está abatido, y los once
son hombres cobardes". Les dijo que era menester tomar a Jesús ahora o
nunca, que otra vez no podría entregarlo, que no volvería más a su lado,
que hacía algunos días que los otros discípulos de Jesús comenzaban a
sospechar de él. Les dijo también que si ahora no tomaban a Jesús, se
escaparía, y volvería con un ejército de sus partidarios para ser
proclamado rey. Estas amenazas de Judas produjeron su efecto. Fueron de su
modo de pensar, y recibió el precio de su traición: las treinta monedas.
Judas, resentido del desprecio que le mostraban, se dejó llevar por su
orgullo hasta devolverles el dinero hasta que lo ofrecieran en el templo, a
fin de parecer a sus ojos como un hombre justo y desinteresado. Pero no
quisieron, porque era el precio de la sangre que no podía ofrecerse en el
templo. Judas vio cuánto le despreciaban, y concibió un profundo
resentimiento. No esperaba recoger los frutos amargos de su traición antes
de acabarla; pero se había entremetido tanto con esos hombres, que estaba
entregado a sus manos, y no podía librarse de ellos. Observábanle de
cerca, y no le dejaban salir hasta que explicó la marcha que habían de
seguir para tomar a Jesús. Cuando todo estuvo preparado, y reunido el
suficiente número de soldados, Judas corrió al Cenáculo, acompañado de
un servidor de los fariseos para avisarles si estaba allí todavía. Judas
volvió diciendo que Jesús no estaba en el Cenáculo, pero que debía estar
ciertamente en el monte de los Olivos, en el sitio donde tenía costumbre de
orar. Pidió que enviaran con él una pequeña partida de soldados, por
miedo de que los discípulos, que estaban alertas, no se alarmasen y
excitasen una sedición. El traidor les dijo también tuviesen cuidado de no
dejarlo escapar, porque con medios misteriosos se había desaparecido muchas
veces en el monte, volviéndose invisible a los que le acompañaban. Les
aconsejó que lo atasen con una cadena, y que usaran ciertos medio mágicos
para impedir que la rompiera. Los judíos recibieron estos avisos con
desprecio, y le dijeron: "Si lo llegamos a tomar, no se escapará".
Judas tomó sus medidas con los que lo debían acompañar, y besar y saludar
a Jesús como amigo y discípulo; entonces los soldados se presentarían y
tomarían a Jesús. Deseaba que creyeran que se hallaba allí por
casualidad; y cuando ellos se presentaran, él huiría como los otros discípulos,
y no volverían a oír hablar de él. Pensaba también que habría algún
tumulto; que los Apóstoles se defenderían, y que Jesús desaparecería,
como hacía con frecuencia. Este pensamiento le venía cuando se sentía
mortificado por el desprecio de los enemigos de Jesús; pero no se arrepentía,
porque se había entregado enteramente a Satanás. Los soldados tenían
orden de vigilar a Judas y de no dejarlo hasta que tomaran a Jesús, porque
había recibido su recompensa, y temían que escapase con el dinero. La
tropa escogida para acompañar a Judas se componía de veinte soldados de la
guardia del templo y de los que estaban a las órdenes de Anás y de Caifás.
Judas marchó con los veinte soldados; pero fue seguido a cierta distancia
de cuatro alguaciles de la última clase, que llevaban cordeles y cadenas;
detrás de éstos venían seis agentes con los cuales había tratado Judas
desde el principio. Eran un sacerdote, confidente de Anás, un afiliado de
Caifás, dos fariseos y dos saduceos, que eran también herodianos. Estos
hombres eran aduladores de Anás y de Caifás; le servían de espías, y Jesús
no tenía mayores enemigos. Los soldados estuvieron acordes con Judas hasta
llegar al sitio donde el camino separa el jardín de los Olivos del de
Getsemaní; al llegar allí, no quisieron dejarlo ir solo delante, y lo
trataron dura e insolentemente.
11. Hallándose Jesús con
los tres Apóstoles en el camino, entre Getsemaní y el jardín de los
Olivos, Judas y su gente aparecieron a veinte pasos de allí, a la entrada
del camino: hubo una disputa entre ellos, porque Judas quería que los
soldados se separasen de él para acercarse a Jesús como amigo, a fin de no
aparecer en inteligencia con ellos; pero ellos, parándolo, le dijeron:
"No, camarada; no te acercarás hasta que tengamos al Galileo".
Jesús se acercó a la tropa, y dijo en voz alta e inteligible: "¿A
quién buscáis?". Los jefes de los soldados respondieron: "A Jesús
Nazareno". - "Yo soy", replicó Jesús. Apenas había
pronunciado estas palabras, cuando cayeron en el suelo, como atacados por
apoplejía. Judas, que estaba todavía al lado de ellos, se sorprendió, y
queriendo acercarse a Jesús, el Señor le tendió la mano, y le dijo:
"Amigo mío, ¿qué has venido a hacer aquí?". Y Judas
balbuceando, habló de un negocio que le habían encargado. Jesús le
respondió en pocas palabras, cuya sustancia es ésta: "¡Más te valdría
no haber nacido!". Mientras tanto, los soldados se levantaron y se
acercaron al Señor, esperando la señal del traidor: el beso que debía dar
a Jesús. Pedro y los otros discípulos rodearon a Judas y le llamaron ladrón
y traidor. Quiso persuadirlos con mentiras, pero no pudo, porque los
soldados lo defendían contra los Apóstoles, y por eso mismo atestiguaban
contra él. Jesús dijo por segunda vez: "¿A quién buscáis?".
Ellos respondieron también: "A Jesús Nazareno". "Yo soy, ya
os lo he dicho; soy yo a quien buscáis; dejad a éstos". A estas
palabras los soldados cayeron una segunda vez con contorsiones semejantes a
las de la epilepsia. Jesús dijo a los soldados: "Levantaos". Se
levantaron, en efecto, llenos de terror; pero como los soldados estrechaban
a Judas, los soldados le libraron de sus manos y le mandaron con amenazas
que les diera la señal convenida, pues tenían orden de tomar a aquél a
quien besara. Entonces Judas vino a Jesús, y le dio un beso con estas
palabras: "Maestro, yo os saludo". Jesús le dijo: "Judas, ¿tu
vendes al Hijo del hombre con un beso?". Entonces los soldados rodearon
a Jesús, y los alguaciles, que se habían acercado, le echaron mano. Judas
quiso huir, pero los Apóstoles lo detuvieron: se echaron sobre los
soldados, gritando: "Maestro, ¿debemos herir con la espada?".
Pedro, más ardiente que los otros, tomó la suya, pegó a Malco, criado del
Sumo Sacerdote, que quería rechazar a los Apóstoles, y le hirió en la
oreja: éste cayó en el suelo, y el tumulto llegó entonces a su colmo. Los
alguaciles habían tomado a Jesús para atarlo: los soldados le rodeaban un
poco más de lejos, y, entre ellos, Pedro que había herido a Malco. Otros
soldados estaban ocupados en rechazar a los discípulos que se acercaban; o
en perseguir a los que huían. Cuatro discípulos se veían a lo lejos: los
soldados no se habían aún serenado del terror de su caída, y no se atrevían
a alejarse por no disminuir la tropa que rodeaba a Jesús. Tal era el estado
de cosas cuando Pedro pegó a Malco, mas Jesús le dijo en seguida:
"Pedro, mete tu espada en la vaina, pues el que a cuchillo mata a
cuchillo muere: ¿crees tú que yo no puedo pedir a mi Padre que me envíe más
de doce legiones de ángeles? ¿No debo yo apurar el cáliz que mi Padre me
ha dado a beber? ¿Cómo se cumpliría la Escritura si estas cosas no
sucedieran?". Y añadió: "Dejadme curar a este hombre". Se
acercó a Malco, tocó su oreja, oró, y la curó. Los soldados que estaban
a su alrededor con los alguaciles y los seis fariseos; éstos le insultaron,
diciendo a la tropa: "Es un enviado del diablo; la oreja parecía
cortada por sus encantos, y por sus mismos encantos la ha curado".
Entonces Jesús les dijo: "Habéis venido a tomarme como un asesino,
con armas y palos; he enseñado todos los días en el templo, y no me habéis
prendido; pero vuestra hora, la hora del poder de las tinieblas, ha
llegado". Mandaron que lo atasen, y lo insultaban diciéndole: "Tu
no has podido vencernos con tus encantos". Jesús les dio una
respuesta, de la que no me acuerdo bien, y los discípulos huyeron en todas
direcciones. Los cuatro alguaciles y los seis fariseos no cayeron cuando los
soldados, y por consecuencia no se habían levantado. Así me fue revelado,
porque estaban del todo entregados a Satanás, lo mismo que Judas, que
tampoco se cayó, aunque estaba al lado de los soldados. Todos los que se
cayeron y se levantaron se convirtieron después, y fueron cristianos. Estos
soldados habían puesto las manos sobre Él. Malco se convirtió después de
su cura, y en las horas siguientes sirvió de mensajero a María y a los
otros amigos del Salvador.
12. Los alguaciles ataron a
Jesús con la brutalidad de un verdugo. Eran paganos, y de baja extracción.
Tenían el cuello, los brazos y las piernas desnudos; eran pequeños,
robustos y muy ágiles; el color de la cara era moreno rojizo, y parecían
esclavos egipcios. Ataron a Jesús las manos sobre el pecho con cordeles
nuevos y durísimos; le ataron el puño derecho bajo el codo izquierdo, y el
puño izquierdo bajo el codo derecho. Le pusieron alrededor del cuerpo una
especie de cinturón lleno de puntas de hierro, al cual le ataron las manos
con ramas de sauce; le pusieron al cuello una especie de collar lleno de
puntas, del cual salían dos correas que se cruzaban sobre el pecho como una
estola, y estaban atadas al cinturón. De éste salían cuatro cuerdas, con
las cuales tiraban al Señor de un lado y de otro, según su inhumano
capricho. Se pusieron en marcha, después de haber encendido muchas hachas.
Diez hombres de la guardia iban delante; después seguían los alguaciles,
que tiraban a Jesús por las cuerdas; detrás los fariseos que lo llenaban
de injurias: los otros diez soldados cerraban la marcha. Los alguaciles
maltrataban a Jesús de la manera más cruel, para adular bajamente a los
fariseos, que estaban llenos de odio y de rabia contra el Salvador. Lo
llevaban por caminos ásperos, por encima de las piedras, por el lodo, y
tiraban de las cuerdas con toda su fuerza. Tenían en la mano otras cuerdas
con nudos, y con ellas le pegaban. Andaban de prisa y llegaron al puente
sobre el torrente de Cedrón. Antes de llegar a él vi a Jesús dos veces
caer en el suelo por los violentos tirones que le daban. Pero al llegar al
medio del puente, su crueldad no tuvo límites: empujaron brutalmente a Jesús
atado, y lo echaron desde su altura en el torrente, diciéndole que saciara
su sed. Sin la asistencia divina, esto sólo hubiera bastado para matarlo.
Cayó sobre las rodillas y sobre la cara, que se le hubiera despedazado
contra los cantos, que estaban apenas cubiertos con un poco de agua, si no
le hubiera protegido con los brazos juntos atados; pues se habían desatado
de la cintura, sea por una asistencia divina, o sea porque los alguaciles lo
habían desatado. Sus rodillas, sus pies, sus codos y sus dedos, se
imprimieron milagrosamente en la piedra donde cayó, y esta marca fue después
un objeto de veneración. Las piedras eran más blandas y más creyentes que
el corazón de los hombres, y daban testimonio, en aquellos terribles
momentos, de la impresión que la verdad suprema hacía sobre ellas. Yo no
he visto a Jesús beber, a pesar de la sed ardiente que siguió a su agonía
en el jardín de los Olivos; le vi beber agua del Cedrón cuando le echaron
en él, y supe que se cumplió un pasaje profético de los Salmos, que dice
que beberá en el camino del agua del torrente (Salmo 109). Los alguaciles
tenían siempre a Jesús atado con las cuerdas. Pero no pudiéndole hacer
atravesar el torrente, a causa de una obra de albañilería que había al
lado opuesto, volvieron atrás, y lo arrastraron con las cuerdas hasta el
borde. Entonces aquéllos lo empujaron sobre el puente, llenándolo de
injurias, de maldiciones y de golpes. Su larga túnica de lana, toda
empapada en agua, se pegaba a sus miembros; apenas podía andar, y al otro
lado del puente cayó otra vez en el suelo. Lo levantaron con violencia, le
pegaron con las cuerdas, y ataron a su cintura los bordes de su vestido húmedo.
No era aún media noche cuando vi a Jesús al otro lado del Cedrón,
arrastrado inhumanamente por los cuatro alguaciles por un sendero estrecho,
entre las piedras, los cardos y las espinas. Los seis perversos fariseos
iban lo más cerca de Él que el camino les permitía, y con palos de
diversas formas le empujaban, le picaban o le pegaban. Cuando los pies
desnudos y ensangrentados de Jesús se rasgaban con las piedras o las
espinas, le insultaban con una cruel ironía, diciendo: "Su precursor
Juan Bautista no le ha preparado un buen camino"; o bien: "La
palabra de Malaquías: Envío delante de Ti mi ángel para prepararte el
camino, no se aplica aquí". Y cada burla de estos hombres era como un
aguijón para los alguaciles, que redoblaban los malos tratamientos con Jesús.
13. Sin embargo,
advirtieron que algunas personas se aparecían acá y allá a lo lejos; pues
muchos discípulos se habían juntado al oír la prisión del Señor, y querían
saber qué iba a suceder a su Maestro. Los enemigos de Jesús, temiendo algún
ataque, dieron con sus gritos señal para que les enviasen refuerzo.
Distaban todavía algunos pasos de una puerta situada al mediodía del
templo, y que conduce, por un arrabal, llamado Ofel, a la montaña de Sión,
adonde vivían Anás y Caifás. Vi salir de esta puerta unos cincuenta
soldados. Llevaban muchas hachas, eran insolentes, alborotadores y daban
gritos para anunciar su llegada y felicitar a los que venían de la
victoria. Cuando se juntaron con la escolta de Jesús, vi a Malco y a
algunos otros aprovecharse del desorden, ocasionado por esta reunión, para
escaparse al monte de los Olivos. Los cincuenta soldados eran un
destacamento de una tropa de trescientos hombres, que ocupaba las puertas y
las calles de Ofel; pues el traidor Judas había dicho a los príncipes de
los sacerdotes que los habitantes de Ofel, pobres obreros la mayor parte,
eran partidarios de Jesús, y que se podía temer que intentaran libertarlo.
El traidor sabía que Jesús había consolado, enseñado, socorrido y curado
un gran número de aquellos pobres obreros. En Ofel se había detenido el Señor
en su viaje de Betania a Hebrón, después de la degollación de Juan
Bautista, y había curado muchos albañiles heridos en la caída de la torre
de Siloé. La mayor parte de aquella pobre gente, después de Pentecostés,
se reunieron a la primera comunidad cristiana. Cuando los cristianos se
separaron de los judíos y establecieron casas para la comunidad, se
elevaron chozas y tiendas desde allí hasta el monte de los Olivos, en medio
del valle. También vivía allí San Esteban. Los buenos habitantes de Ofel
fueron despertados por los gritos de los soldados. Salieron de sus casas y
corrieron a las calles y las puertas para saber lo que sucedía. Mas los
soldados los empujaban brutalmente hacia sus casas, diciéndoles: "Jesús,
el malhechor, vuestro falso profeta, va a ser conducido preso. El Sumo
Sacerdote no quiere dejarle continuar el oficio que tiene. Será
crucificado". Al saber esta noticia, no se oían más gemidos y
llantos. Aquella pobre gente, hombres y mujeres, corrían acá y allá,
llorando, o se ponían de rodillas con los brazos extendidos, y gritaban al
Cielo recordando los beneficios de Jesús. Pero los soldados los empujaban,
les pegaban, los hacían entrar por fuerza en sus casas, y no se hartaban de
injuriar a Jesús, diciendo: "Ved aquí la prueba de que es un agitador
del pueblo". Sin embargo, no querían ejercer grandes violencias contra
los habitantes de Ofel, por miedo de que opusieran una resistencia abierta,
y se contentaban con alejarlos del camino que debía seguir Jesús. Mientras
tanto, la tropa inhumana que conducía al Salvador se acercaba a la puerta
de Ofel. Jesús se había caído de nuevo, y parecía no poder andar más.
Entonces un soldado caritativo dijo a los otros: "Ya veis que este
infeliz hombre no puede andar. Si hemos de conducirle vivo a los príncipes
de los sacerdotes, aflojadle las manos ara que pueda apoyarse cuando se
caiga". La tropa se paró, y los alguaciles desataron los cordeles;
mientras tanto, un soldado compasivo le trajo un poco de agua de una fuente
que estaba cerca. Jesús le dio las gracias, y citó con este motivo un
pasaje de los Profetas, que habla de fuentes de agua viva, y esto le valió
mil injurias y mil burlas de parte de los fariseos. Vi a estos dos hombres,
el que le hizo desatar las manos y el que le dio de beber, ser favorecidos
de una luz interior de la gracia. Se convirtieron antes de la muerte de Jesús,
y se juntaron con sus discípulos. Se volvieron a poner en marcha y en todo
el camino no cesaron de maltratar al Señor.
III
Jesús delante de
Anás
14. Anás y Caifás habían
recibido inmediatamente el aviso de la prisión de Jesús, y en su casa
estaba todo en movimiento. Los mensajeros corrían por el pueblo para
convocar los miembros del Consejo, los escribas y todos los que debían
tomar parte en el juicio. Toda la multitud de los enemigos de Jesús iba al
tribunal de Caifás, conducida por los fariseos y los escribas de Jerusalén,
a los cuales se juntaban muchos de los vendedores, echados del templo por
Jesús, muchos doctores orgullosos, a los cuales había cerrado la boca en
presencia del pueblo y otros muchos instrumentos de Satanás, llenos de
rabia interior contra toda santidad, y por consecuencia contra el Santo de
los santos. Esta escoria del pueblo judío fue puesta en movimiento y
excitada por alguno de los principales enemigos de Jesús, y corría por
todas partes al palacio de Caifás, para acusar falsamente de todos los crímenes
al verdadero Cordero sin mancha, que lleva los pecados del mundo, y para
mancharlo con sus obras, que, en efecto, ha tomado sobre sí y expiado.
Mientras que esta turba impura se agitaba, mucha gente piadosa y amigos de
Jesús, tristes y afligidos, pues no sabían el misterio que se iba a
cumplir, andaban errantes acá y allá, y escuchaban y gemían. Otras
personas bien intencionadas, pero débiles e indecisas, se escandalizaban,
caían en tentación, y vacilaban en su convicción. El número de los que
perseveraba pequeño. Entonces sucedía lo que hoy sucede: se quiere ser
buen cristiano cuando no se disgusta a los hombres, pero se avergüenza de
la cruz cuando el mundo la ve con mal ojo. Sin embargo, hubo muchos cuyo
corazón fue movido por la paciencia del Salvador en medio de tantas
crueldades y que se retiraron silenciosos y desmayados.
15. A media noche Jesús
fue introducido en el palacio de Anás, y lo llevaron a una sala muy grande.
En frente de la entrada estaba sentado Anás, rodeado de veintiocho
consejeros. Su silla estaba elevada del suelo por algunos escalones. Jesús,
rodeado aún de una parte de los soldados que lo habían arrestado, fue
arrastrado por los alguaciles hasta los primeros escalones. El resto de la
sala estaba lleno de soldados, de populacho, de criados de Anás, de falsos
testigos, que fueron después a casa de Caifás. Anás esperaba con
impaciencia la llegada del Salvador . Estaba lleno de odio y animado de una
alegría cruel. Presidía un tribunal, encargado de vigilar la pureza de la
doctrina, y de acusar delante de los príncipes de los sacerdotes a los que
la infrigían. Vi al divino Salvador delante de Anás, pálido, desfigurado,
silencioso, con la cabeza baja. Los alguaciles tenían la punta de las
cuerdas que apretaban sus manos. Anás, viejo, flaco y seco, de barba clara,
lleno de insolencia y orgullo, se sentó con una sonrisa irónica, haciendo
como que nada sabía y que extrañaba que Jesús fuese el preso que le habían
anunciado. He aquí lo que dijo a Jesús, o a lo menos el sentido de sus
palabras: "¿Cómo, Jesús de Nazareth? Pues ¿dónde están tus discípulos
y tus numerosos partidarios? ¿dónde está tu reino? Me parece que las
cosas no se han vuelto como tú creías; han visto que ya bastaba de
insultos a Dios y a los sacerdotes, de violaciones de sábado. ¿Quiénes
son tus discípulos? ¿dónde están? ¿Callas? ¡Habla, pues, agitador,
seductor! ¿No has comido el cordero pascual de un modo inusitado, en un
tiempo y en un sitio adonde no debías hacerlo? ¿Quieres tú introducir una
nueva doctrina? ¿Quién te ha dado derecho para enseñar? ¿Dónde has
estudiado? Habla, ¿cuál es tu doctrina?". Entonces Jesús levantó su
cabeza cansada, miró a Anás, y dijo: "He hablado en público, delante
de todo el mundo: he enseñado siempre en el templo y en las sinagogas,
adonde se juntan los judíos. Jamás he dicho nada en secreto. ¿Por qué me
interrogas? Pregunta a los que me han oído lo que les he dicho. Mira a tu
alrededor; ellos saben lo que he dicho". A estas palabras de Jesús, el
rostro de Anás expresó el resentimiento y el furor. Un infame ministro que
estaba cerca de Jesús lo advirtió; y el miserable pegó con su mano
cubierta de un guante de hierro, una bofetada en el rostro del Señor,
diciendo: "¿Así respondes al Sumo Pontífice?". Jesús, empujado
por la violencia del golpe, cayó de un lado sobre los escalones, y la
sangre corrió por su cara. La sala se llenó de murmullos, de risotadas y
de ultrajes. Levantaron a Jesús, maltratándolo, y el Señor dijo
tranquilamente: "Si he hablado mal, dime en qué; pero si he hablado
bien, ¿por qué me pegas?". Exasperado Anás por la tranquilidad de
Jesús, mandó a todos los que estaban presentes que dijeran lo que le habían
oído decir. Entonces se levantó una explosión de clamores confusos y de
groseras imprecaciones. "Ha dicho que era rey; que Dios era su padre;
que los fariseos eran unos adúlteros; subleva al pueblo; cura, en nombre
del diablo, el sábado; los habitantes de Ofel le rodeaban con furor, le
llaman su Salvador y su Profeta; se deja nombrar Hijo de Dios; se dice
enviado por Dios; no observa los ayunos; come con los impuros, los paganos,
los publicanos y los pecadores". Todos estos cargos los hacían a la
vez: los acusadores venían a echárselos en cara, mezclándolos con las más
groseras injurias, y los alguaciles le pegaban y le empujaban, diciéndole
que respondiera. Anás y sus consejeros añadían mil burlas a estos
ultrajes, y le decían: "¡Esa es tu doctrina! ¿Qué respondes? ¿Qué
especia de Rey eres tu? Has dicho que eres más que Salomón. No tengas
cuidado, no te rehusaré más tiempo el título de tu dignidad real".
Entonces Anás pidió una especie de cartel, de una vara de largo y tres
dedos de ancho; escribió en él una serie de grandes letras, cada una
indicando una acusación contra el Señor. Después lo envolvió, y lo metió
en una calabacita vacía, que tapó con cuidado y ató después a una caña.
Se la presentó a Jesús, diciéndole con ironía: "Este es el cetro de
tu reino: ahí están reunidos tus títulos, tus dignidades y tus derechos.
Llévalos al Sumo Sacerdote para que conozca tu misión y te trate según tu
dignidad. Que le aten las manos a ese Rey, y que lo lleven delante del Sumo
Sacerdote". Ataron de nuevo las manos a Jesús; sujetaron también con
ello el simulacro del cetro, que contenía las acusaciones de Anás; y
condujeron a Jesús a casa de Caifás, en medio de la risa, de las injurias
y de los malos tratamientos de la multitud. La casa de Anás estaría a
trescientos pasos de la de Caifás. El camino, que era a lo largo de paredes
y de pequeños edificios dependientes del tribunal del Sumo Pontífice,
estaba alumbrado con faroles y cubierto de judíos, que vociferaban y se
agitaban. Los soldados podían apenas abrir por medio de la multitud. Los
que habían ultrajado a Jesús en casas de Anás repetían sus ultrajes
delante del pueblo; y el Salvador fue injuriado y maltratado todo el camino.
Vi hombres armados rechazar algunos grupos que parecían comparecer al Señor,
dar dinero a los que se distinguían por su brutalidad con Jesús y dejarlos
entrar en el patio de Caifás.
IV
Jesús delante de
Caifás
16. Para llegar al tribunal
de Caifás se atraviesa un primer patio exterior, después se entra en otro
patio, que rodea todo el edificio. La casa tiene doble de largo que de
ancho. Delante hay una especie de vestíbulo descubierto, rodeado de tres órdenes
de columnas, formando galerías cubiertas. Jesús fue introducido en el vestíbulo
en medio de los clamores, de las injurias y de los golpes. Apenas estuvo en
presencia del Consejo, cuando Caifás exclamó: "¡Ya estás aquí,
enemigo de dios, que llenas de agitación esta santa noche!". La
calabaza que contenía las acusaciones de Anás fue desatada del cetro ridículo
puesto entre las manos de Jesús. Después que las leyeron, Caifás con más
ira que Anás, hacía una porción de preguntas a Jesús, que estaba
tranquilo, paciente, con los ojos mirando al suelo. Los alguaciles querían
obligarle a hablar, lo empujaban, le pegaban, y un perverso le puso el dedo
pulgar con fuerza en la boca, diciéndole que mordiera. Pronto comenzó la
audiencia de los testigos, y el populacho excitado daba gritos tumultuosos,
y se oía hablar a los mayores enemigos de Dios, entre los fariseos y los
saduceos reunidos en Jerusalén de todos los puntos del país. Repetían las
acusaciones a que Él había respondido mil veces: "Que curaba a los
enfermos y echaba a los demonios por arte de éstos, que violaba el Sábado,
que sublevaba al pueblo, que llamaba a los fariseos raza de víboras y adúlteros,
que había predicho la destrucción de Jerusalén, frecuentaba a los
publicanos y los pecadores, que se hacía llamar Rey, Profeta, Hijo de Dios;
que hablaba siempre de su Reino, que desechaba el divorcio, que se llamaba
Pan de vida". Así sus palabras, sus instrucciones y sus parábolas
eran desfiguradas, mezcladas con injurias, y presentadas como crímenes.
Pero todos se contradecían, se perdían en sus relatos y no podían
establecer ninguna acusación bien fundada. Los testigos comparecían más
bien para decirle injurias en su presencia que para citar hechos. Se
disputaban entre ellos, y Caifás aseguraba muchas veces que la confusión
que reinaba en las deposiciones de los testigos era efecto de sus hechizos.
Algunos dijeron que había comido la Pascua la víspera, que era contra la
ley y que el año anterior había ya hecho innovaciones en la ceremonia.
Pero los testigos se contradijeron tanto, que Caifás y los suyos estaban
llenos de vergüenza y de rabia al ver que no podían justificar nada que
tuviera algún fundamento. Nicodemus y José de Arimatea fueron citados a
explicar sobre que había comido la pascua en una sala perteneciente a uno
de ellos, y probaron, con escritos antiguos, que de tiempo inmemorial los
galileos tenían el permiso de comer la Pascua un día antes. Al fin, se
presentaron los dos diciendo: "Jesús ha dicho: Yo derribaré el templo
edificado por las manos de los hombres y en tres días reedificaré uno que
no estará hecho por mano de los hombres". No estaban éstos tampoco
acordes. Caifás, lleno de cólera, exasperado por los discursos
contradictorios de los testigos, se levantó, bajó los escalones, y dijo:
"Jesús: ¿No respondes tú nada a ese testimonio?". Estaba muy
irritado porque Jesús no lo miraba. Entonces los alguaciles, asiéndolo por
los cabellos, le echaron la cabeza atrás y le pegaron puñadas bajo la
barba; pero sus ojos no se levantaron. Caifás elevó las manos con viveza,
y dijo en tono de enfado: "Yo te conjuro por el Dios vivo que nos digas
si eres el Cristo, el Mesías, el Hijo de Dios". Había un profundo
silencio, y Jesús, con una voz llena de majestad indecible, con la voz del
Verbo Eterno, dijo: "Yo lo soy, tú lo has dicho. Y yo os digo que veréis
al Hijo del hombre sentado a la derecha de la Majestad Divina, viniendo
sobre las nubes del cielo". Mientras Jesús decía estas palabras, yo
le vi resplandeciente: el cielo estaba abierto sobre Él, y en una intuición
que no puedo expresar, vi a Dios Padre Todopoderoso; vi también a los ángeles,
y la oración de los justos que subía hasta su Trono. Debajo de Caifás vi
el infierno como una esfera de fuego, oscura, llena de horribles figuras. Él
estaba encima, y parecía separado sólo por una gasa. Vi toda la rabia de
los demonios concentrada en él. Toda la casa me pareció un infierno salido
de la tierra. Cuando el Señor declaró solemnemente que era el Cristo, Hijo
de Dios, el infierno tembló delante de Él, y después vomitó todos sus
furores en aquella casa. Caifás asió el borde de su capa, lo rasgó con
ruido, diciendo en alta voz: "¡Has blasfemado! ¿Para qu
é necesitamos testigos? ¡Habéis
oído? Él blasfema: ¿cuál es vuestra sentencia?". Entonces todos los
asistentes gritaron cuna voz terrible: "¡Es digno de muerte! ¡Es
digno de muerte!". Durante esta horrible gritería, el furor del
infierno llegó a lo sumo. Parecía que las tinieblas celebraban su triunfo
sobre la luz. Todos los circunstantes que conservaban algo bueno fueron
penetrados de tan horror que muchos se cubrieron la cabeza y se fueron. Los
testigos más ilustres salieron de la sala con la conciencia agitada. Los
otros se colocaron en el vestíbulo alrededor del fuego, donde les dieron
dinero, de comer y de beber. El Sumo Sacerdote dijo a los alguaciles:
"Os entrego este Rey; rendid al blasfemo los honores que merece".
En seguida se retiró con los miembros del Consejo a otra sala donde no se
le podía ver desde el vestíbulo.
17. Cuando Caifás salió
de la sala del tribunal, con los miembros del Consejo, una multitud de
miserables se precipitó sobre Nuestro Señor, como un enjambre de avispas
irritadas. Ya durante el interrogatorio de los testigos, toda aquella chusma
le había escupido, abofeteado, pegado con palos y pinchado con agujas.
Ahora, entregados sin freno a su rabia insana, le ponían sobre la cabeza
coronas de paja y de corteza de árbol y decían: "Ved aquí al hijo de
David con la corona de su padre. Es el Rey que da una comida de boda para su
hijo". Así se burlaban de las verdades eternas, que Él presentaba en
parábolas a los hombres que venía a salvar; y no cesaban de golpearle con
los puños o con palos. Le taparon los ojos con un trapo asqueroso, y le
pegaban, diciendo: "Gran Profeta, adivina quién te ha pegado".
Jesús no abría la boca; pedía por ellos interiormente y suspiraba. Vi que
todo estaba lleno de figuras diabólicas; era todo tenebroso, desordenado y
horrendo. Pero también vi con frecuencia una luz alrededor de Jesús, desde
que había dicho que era el Hijo de Dios. Muchos de los circunstantes parecían
tener un presentimiento de ello, más o menos confuso; sentían con
inquietud que todas las ignominias, todos los insultos no podían hacerle
perder su indecible majestad. La luz que rodeaba a Jesús parecía redoblar
el furor de sus ciegos enemigos.
V
Negación de Pedro
18. Pedro y Juan que habían
seguido a Jesús de lejos, lograron entrar en el tribunal de Caifás. Ya no
tuvieron fuerzas para contemplar en silencio las crueldades e ignominias que
su Maestro tuvo que sufrir. Juan fue a juntarse con la Madre de Jesús, que
en estos momentos se hallaba en casa de Marta. Pedro estaba silencioso; pero
su silencio mismo y su tristeza lo hacían sospechoso. La portera se acercó,
y oyendo hablar de Jesús y de sus discípulos, miró a Pedro con descaro, y
le dijo: "Tú eres también discípulo del Galileo". Pedro,
asustado, inquieto y temiendo ser maltratado por aquellos hombres groseros,
respondió: "Mujer, no le conozco; no sé lo que quieres decir".
Entonces se levantó y queriendo deshacerse de aquella compañía, salió
del vestíbulo. Era el momento en que el gallo cantaba la primera vez. Al
salir, otra criada le miró, y dijo: "Este también se ha visto con Jesús
de Nazareth"; y los que estaban a su lado preguntaron: "¿No eras
tú uno de sus discípulos?". Pedro, asustado, hizo nuevas protestas, y
contestó: "En verdad, yo no era su discípulo; no conozco a ese
hombre". Atravesó el primer patio, y vino al del exterior. Ya no podía
hallar reposo, y su amor a Jesús lo llevó de nuevo al patio interior que
rodea el edificio. Mas como oía decir a algunos: "¿Quién es ese
hombre?", se acercó a la lumbre, donde se sentó un rato. Algunas
personas que habían observado su agitación se pusieron a hablarle de Jesús
en términos injuriosos. Una de ellas le dijo: "Tú eres uno de sus
partidarios; tú eres Galileo; tu acento te hace conocer". Pedro
procuraba retirarse; pero un hermano de Maleo, acercándose a él le dijo:
"¿No eres tú el que yo he visto con ellos en el jardín de las
Olivas, y que ha cortado la oreja de mi hermano?". Pedro, en su
ansiedad, perdió casi el uso de la razón: se puso a jurar que no conocía
a ese hombre, y corrió fuera del vestíbulo al patio interior. Entonces el
gallo cantó por segunda vez, y Jesús, conducido a la prisión por medio
del patio, se volvió a mirarle con dolor y compasión. Las palabras de Jesús:
"Antes que el gallo cante dos veces, me has de negar tres", le
vinieron a la memoria con una fuerza terrible. En aquel instante sintió cuán
enorme era su culpa, y su corazón se partió. Había negado a su Maestro
cuando estaba cubierto de ultrajes, entregado a jueces inicuos, paciente y
silencioso en medio de los tormentos. Penetrado de arrepentimiento, volvió
al patio exterior con la cabeza cubierta y llorando amargamente. Ya no temía
que le interpelaran: ahora hubiera dicho a todo el mundo quién y cuán
culpable era.
VI
María en casa de
Caifás
19. La Virgen Santísima,
hallándose constantemente en comunicación espiritual con Jesús, sabía
todo lo que le sucedía, y sufría con Él. Estaba como Él en oración
continua por sus verdugos; pero su corazón materno clamaba también a Dios,
para que no dejara cumplirse este crimen, y que apartara esos dolores de su
Santísimo Hijo. Tenía un vivo deseo de acercarse a Jesús, y pidió a Juan
que la condujera cerca del sitio donde Jesús sufría. Juan, que no había
dejado a su divino Maestro más que para consolar a la que estaba más cerca
de su corazón después de Él, condujo a las santas mujeres a través de
las calles, alumbradas por el resplandor de la luna. Iban con la cabeza
cubierta; pero sus sollozos atrajeron sobre ellas la atención de algunos
grupos, y tuvieron que oír palabras injuriosas contra el Salvador. La Madre
de Jesús contemplaba interiormente el suplicio de su Hijo, y lo conservaba
en su corazón como todo lo demás, sufriendo en silencio como Él. Al
llegar a la casa de Caifás, atravesó el patio exterior y se detuvo a la
entrada del interior, esperando que le abrieran la puerta. Esta se abrió, y
Pedro se precipitó afuera, llorando amargamente. María le dijo: "Simón,
¿qué ha sido de Jesús, mi Hijo?". Estas palabras penetraron hasta lo
íntimo de su alma. No pudo resistir su mirada; pero María se fue a él, y
le dijo con profunda tristeza: "Simón, ¿no me respondes?".
Entonces Pedro exclamó, llorando: "¡Oh Madre, no me hables! Lo han
condenado a muerte, y yo le he negado tres veces vergonzosamente". Juan
se acercó para hablarle; pero Pedro, como fuera de sí, huyó del patio y
se fue a la caverna del monte de las Olivas. La Virgen Santísima tenía el
corazón destrozado. Juan la condujo delante del sitio donde el Señor
estaba encerrado. María estaba en espíritu con Jesús; quería oír los
suspiros de su Hijo y los oyó con las injurias de los que le rodeaban. Las
santas mujeres no podían estar allí mucho tiempo sin ser vistas; Magdalena
mostraba una desesperación demasiado exterior y muy violenta; y aunque la
Virgen en lo más profundo de su dolor conservaba una dignidad y un silencio
extraordinario, sin embargo, al oír estas crueles palabras: "¿No es
la madre del Galileo? Su hijo será ciertamente crucificado; pero no antes
de la fiesta, a no ser que sea el mayor de los criminales"; Juan y las
santas mujeres tuvieron que llevarla más muerta que viva. La gente no dijo
nada, y guardó un extraño silencio: parecía que un espíritu celestial
había atravesado aquel infierno.
VII
María en casa de
Caifás
20. Jesús estaba encerrado
en un pequeño calabozo abovedado, del cual se conserva todavía una parte.
Dos de los cuatro alguaciles se quedaron con Él, pero pronto los relevaron
otros. Cuando el Salvador entró en la cárcel, pidió a su Padre celestial
que aceptara todos los malos tratamientos que había sufrido y que tenía aún
que sufrir, como un sacrificio expiatorio por sus verdugos y por todos los
hombres que, sufriendo iguales padecimientos, se dejaran llevar de la
impaciencia o de la cólera. Los verdugos no le dieron un solo instante de
reposo. Lo ataron en medio del calabozo a un pilar, y no le permitieron que
se apoyara; de modo que apenas podía tenerse sobre sus pies cansados,
heridos e hinchados. No cesaron de insultarle y de atormentarle, y cuando
los dos de guardia estaban cansados, los relevaban otros, que inventaban
nuevas crueldades. Puedo contar lo que esos hombres crueles hicieron sufrir
al Santo de los Santos; estoy muy mala, y estaba casi muerta a esta vista.
¡Ah! ¡qué vergonzoso es para nosotros que nuestra flaqueza no pueda decir
u oír sin repugnancia la historia de los innumerables ultrajes que el
Redentor ha padecido por nuestra salvación! Nos sentimos penetrados de un
horror igual al de un asesino obligado a poner la mano sobre las heridas de
su víctima. Jesús lo sufrió todo sin abrir la boca; y eran los hombres,
los pecadores, los que derramaban su rabia sobre su Hermano, su Redentor y
su Dios. Yo también soy una pobre pecadora; yo también soy causa de su
dolorosa pasión. El día del juicio, cuando todo se manifieste, veremos
todos la parte que hemos tomado en el suplicio del Hijo de Dios por los
pecados que no cesamos de cometer, y que son una participación en los malos
tratamientos que esos miserables hicieron sufrir a Jesús. En su prisión el
Divino Salvador pedía sin cesar por sus verdugos; y como al fin le dejaron
un instante de reposo, lo vi recostado sobre el pilar, y completamente
rodeado de luz. El día comenzaba a alborear: era el día de su Pasión, el
día de nuestra redención; un tenue rayo de luz caía por el respiradero
del calabozo sobre nuestro Cordero pascual. Jesús elevó sus manos atadas
hacia la luz que venía, y dio gracias a su Padre, en alta voz y de la
manera más tierna, por el don de este día tan deseado por los Patriarcas,
por el cual Él mismo había suspirado con tanto ardor desde la llegada a la
tierra. Antes ya había dicho a sus discípulos: "Debo ser bautizado
con otro bautismo, y estoy en la impaciencia hasta que se cumpla". He
orado con Él, pero no puedo referir su oración; tan abatida estaba. Cuando
daba gracias por aquel terrible dolor que sufría también por mí, yo no
podía sino decir sin cesar: "¡Ah! Dadme, dadme vuestros dolores:
ellos me pertenecen, son el precio de mis pecados". Era un espectáculo
que partía el corazón verlo recibir así el primer rayo de luz del grande
día de su sacrificio. Parecía que ese rayo llegaba hasta Él como el
verdugo que visita al reo en la cárcel, para reconciliarse con él antes de
la ejecución. Los alguaciles, que se habían dormido un instante,
despertaron y le miraron con sorpresa, pero no le interrumpieron. Jesús
estuvo poco más de una hora en esta prisión. Entre tanto Judas, que había
andado errante como un desesperado en el valle de Hinón, se acercó al
tribunal de Caifás. Tenía todavía colgadas de su cintura las treinta
monedas, precio de su traición. Preguntó a los guardias de la casa, sin
darse a conocer, qué harían con el Galileo. Ellos le dijeron: "Ha
sido condenado a muerte y será crucificado". Judas se retiró detrás
del edificio para no ser visto, pues huía de los hombres como Caín, y la
desesperación dominaba cada vez más a su alma. Permaneció oculto en los
alrededores, esperando la conclusión del juicio de la mañana.
VIII
Juicio
de la mañana
21. Al amanecer, Caifás,
Anás, los ancianos y los escribas se juntaron de nuevo en la gran sala del
tribunal, para pronunciar un juicio en forma, pues no era legal el juzgar en
la noche: podía haber sólo una instrucción preparatoria, a causa de la
urgencia. La mayor parte de los miembros había pasado el resto de la noche
en casa de Caifás. La asamblea era numerosa, y había en todos sus
movimientos mucha agitación. Como querían condenar a Jesús a muerte,
Nicodemus, José y algunos otros se opusieron a sus enemigos, y pidieron que
se difiriese el juicio hasta después de la fiesta: hicieron presente que no
se podía fundar un juicio sobre las acusaciones presentadas ante el
tribunal, porque todos los testigos se contradecían. Los príncipes de los
sacerdotes y sus adeptos se irritaron y dieron a entender claramente a los
que contradecían, que siendo ellos mismos sospechosos de ser favorables a
las doctrinas del Galileo, les disgustaba ese juicio, porque los comprendía
también. Hasta quisieron excluir del Consejo a todos los que eran
favorables a Jesús; estos últimos, declarando que no tomarían ninguna
parte en todo lo que pudieran decidir, salieron de la sala y se retiraron al
templo. Desde aquel día no volvieron a entrar en el Consejo. Caifás ordenó
que trajeran a Jesús delante de los jueces, y que se preparasen para
conducirlo a Pilatos inmediatamente después del juicio. Los alguaciles se
precipitaron en tumulto a la cárcel, desataron las manos de Jesús, le
ataron cordeles al medio del cuerpo, y le condujeron a los jueces. Todo esto
se hizo precipitadamente y con una horrible brutalidad. Caifás, lleno de
rabia contra Jesús, le dijo: "Si tú eres el ungido por Dios, si eres
el Mesías, dínoslo". Jesús levantó la cabeza, y dijo con una santa
paciencia y grave solemnidad: "Si os lo digo, no me creeréis; y si os
interrogo, no me responderéis, ni me dejaréis marchar; pero desde ahora el
Hijo del hombre está sentado a la derecha del poder de Dios". Se
miraron entre ellos, y dijeron a Jesús: "¿Tú eres, pues, el Hijo de
Dios?". Jesús, con la voz de la verdad eterna, respondió: "Vos
lo decís: yo lo soy". Al oír esto, gritaron todos: "¿Para qué
queremos más pruebas? Hemos oído la blasfemia de su propia boca". Al
mismo tiempo prodigaban a Jesús palabras de desprecio: "¡Ese
miserable, decían, ese vagabundo, que quiere ser el Mesías y sentarse a la
derecha de Dios!". Le mandaron atar de nuevo y poner una cadena al
cuello, como hacían con los condenados a muerte, para conducirlo a Pilatos.
Habían enviado ya un mensajero a éste para avisarle que estuviera pronto a
juzgar a un criminal, porque debían darse prisa a causa de la fiesta.
Hablaban entre sí con indignación de la necesidad que tenían de ir al
gobernador romano para que ratificase la condena; porque en las materias que
no concernían a sus leyes religiosas y las del templo, no podían ejecutar
la sentencia de muerte sin su aprobación. Lo querían hacer pasar por un
enemigo del Emperador, y bajo este aspecto principalmente la condenación
pertenecería a la jurisdicción de Pilatos. Los príncipes de los
sacerdotes y una parte del Consejo iban delante; detrás, el Salvador
rodeado de soldados; el pueblo cerraba la marcha. En este orden bajaron de
Sión a la parte inferior de la ciudad, y se dirigieron al palacio de
Pilatos.
IX
Desesperación de
Judas
22. Mientras conducían a
Jesús a casa de Pilatos, el traidor Judas oyó lo que se decía en el
pueblo, y entendió palabras semejantes a éstas: "Lo conducen ante
Pilatos; el gran Consejo ha condenado al Galileo a muerte; tiene una
paciencia excesiva, no responde nada, ha dicho sólo que era el Mesías, y
que estaría sentado a la derecha de Dios; por eso le crucificarán; el
malvado que le ha vendido era su discípulo, y poco antes aún había comido
con Él el cordero pascual; yo no quisiera haber tomado parte en esa acción;
que el Galileo, sea lo que sea, al menos no ha conducido a la muerte a un
amigo suyo por el dinero: "¡verdaderamente ese miserable merecería
ser crucificado!". Entonces la angustia, el remordimiento y la
desesperación luchaban en el alma de Judas. Huyó, corrió como un
insensato hasta el templo, donde muchos miembros del Consejo se habían
reunido después del juicio de Jesús. Se miraron atónitos, y con una risa
de desprecio lanzaron una mirada altanera sobre Judas, que, fuera de sí,
arrancó de su cintura las treinta piezas, y presentándoselas con la mano
derecha, dijo con voz desesperada: "Tomad vuestro dinero, con el cual
me habéis hecho vender al Justo; tomad vuestro dinero, y dejad a Jesús.
Rompo nuestro pacto; he pecado vendiendo la sangre del inocente". Los
sacerdotes le despreciaron; retiraron sus manos del dinero que les
presentaba, para no manchársela tocando la recompensa del traidor, y le
dijeron: "¡Qué nos importa que hayas pecado! Si crees haber vendido
la sangre inocente, es negocio tuyo; nosotros sabemos lo que hemos comprado,
y lo hallamos digno de muerte!". Estas palabras dieron a Judas tal
rabia y tal desesperación, que estaba como fuera de sí; los cabellos se le
erizaron; rasgó el cinturón donde estaban las monedas, las tiró en el
templo, y huyó fuera del pueblo. Lo vi correr como un insensato en el vale
de Hinón. Satanás, bajo una forma horrible, estaba a su lado, y le decía
al oído, para llevarle a la desesperación, ciertas maldiciones de los
Profetas sobre este valle, donde los judíos habían sacrificado sus hijos a
los ídolos. Parecía que todas sus palabras lo designaban, como por
ejemplo: "Saldrán y verán los cadáveres de los que han pecado contra
mí, cuyos gusanos no morirán, cuyo fuego no se apagará". Después
repetía a sus oídos: "Caín ¿dónde está tu hermano Abel? ¿qué
has hecho? Su sangre me grita: eres maldito sobre la tierra, estás errante
y fugitivo". Cuando llegó al torrente de Cedrón, y vio el monte de
los Olivos, empezó a temblar, volvió los ojos y oyó de nuevo estas
palabras: "Amigo mío, ¿qué vienes a hacer? ¡Judas, tú vendes al
Hijo del hombre con un beso!". Penetrado de horror hasta el fondo de su
alma, llegó al pie de la montaña de los Escándalos, a un lugar pantanoso,
lleno de escombros y de inmundicias. El ruido de la ciudad llegaba de cuando
en cuando a sus oídos con más fuerza, y Satanás le decía: "Ahora le
llevan a la muerte; tú le has vendido; ¿sabes tú lo que hay en la ley? El
que vendiere un alma entre sus hermanos los hijos de Israel, y recibiere el
precio, debe ser castigado con la muerte. ¡Acaba contigo, miserable,
acaba!". Entonces Judas, desesperado, tomó su cinturón y se colgó de
un árbol que crecía en un bajo y que tenía muchas ramas. Cuando se hubo
ahorcado, su cuerpo reventó, y sus entrañas se esparcieron por el suelo.
X
Jesús conducido a
presencia de Pilatos
23. Condujeron al Salvador
a Pilatos por en medio de la parte más frecuentada de la ciudad. Caifás,
Anás y muchos miembros del gran Consejo marchaban delante con sus vestidos
de fiesta; los seguían un gran número de escribas y de judíos, entre los
cuales estaban todos los falsos testigos y los perversos fariseos que habían
tomado la mayor parte de la acusación de Jesús. A poca distancia seguía
el Salvador, rodeado de soldados. Iba desfigurado por los ultrajes de la
noche, pálido, la cara ensangrentada; y las injurias y los malos
tratamientos continuaban sin cesar. Habían reunido mucha gente, para
aparentar su entrada del Domingo de Ramos. Lo llamaban Rey, por burla;
echaban delante de sus pies piedras, palos y pedazos de trapos; se burlaban
de mil maneras de su entrada triunfal. Jesús debía probar en el camino cómo
los amigos nos abandonan en la desgracia; pues los habitantes de Ofel
estaban juntos a la orilla del camino, y cuando lo vieron en un estado de
abatimiento, su fe se alteró, no pudiendo representarse así al Rey, al
Profeta, al Mesías, al Hijo de Dios. Los fariseos se burlaban de ellos a
causa de su amor a Jesús, y les decían: "Ved a vuestro Rey,
saludadlo. ¿No le decís nada ahora que va a su coronación, antes de subir
al trono? Sus milagros se han acabado; el Sumo Sacerdote ha dado fin a sus
sortilegios"; y otros discursos de esta suerte. Estas pobres gentes,
que habían recibido tantas gracias y tantos beneficios de Jesús, se
resfriaron con el terrible espectáculo que daban las personas más
reverenciadas del país, los príncipes, los sacerdotes y el Sanhedrín. Los
mejores se retiraron, dudando; los peores se juntaron al pueblo en cuanto
les fue posible; pues los fariseos habían puesto guardias para mantener algún
orden.
24. Eran poco más o menos
las seis de la mañana, según nuestro modo de contar, cuando la tropa que
conducía a Jesús llegó delante del palacio de Pilatos. Anás, Caifás y
los miembros del Consejo se pararon en los bancos que estaban entre la plaza
y la entrada del tribunal. Jesús fue arrastrado hasta la escalera de
Pilatos, quien estaba sobre una especie de azotea avanzada. Cuando vio
llegar a Jesús en medio de un tumulto tan grande, se levantó y habló a
los judíos con aire de desprecio. "¿Qué venís a hacer tan temprano?
¿Cómo habéis puesto a ese hombre en tal estado? ¿Comenzáis tan temprano
a desollar vuestras víctimas?". Ellos gritaron a los verdugos: "¡Adelante,
conducidlo al tribunal!"; y después respondieron a Pilatos:
"Escuchad nuestras acusaciones contra ese criminal. Nosotros no podemos
entrar en el tribunal para no volvernos impuros". Los alguaciles
hicieron subir a Jesús los escalones de mármol, y lo condujeron así detrás
de la azotea desde donde Pilatos hablaba a los sacerdotes judíos. Pilatos
había oído hablar mucho de Jesús. Al verle tan horriblemente desfigurado
por los malos tratamientos y conservando siempre una admirable expresión de
dignidad, su desprecio hacia los príncipes de los sacerdotes se redobló;
les dio a entender que no estaba dispuesto a condenar a Jesús sin pruebas,
y les dijo con tono imperioso: "¿De qué acusáis a este
hombre?". Ellos le respondieron: "Si no fuera un malhechor, no os
lo hubiéramos presentado". - "Tomadle, replicó Pilatos, y
juzgadle según vuestra ley". Los judíos dijeron: "Vos sabéis
que nuestros derechos son muy limitados en materia de pena capital".
Los enemigos de Jesús estaban llenos de violencia y de precipitación; querían
acabar con Jesús antes del tiempo legal de la fiesta, para poder sacrificar
el Cordero pascual. No sabían que el verdadero Cordero pascual era el que
habían conducido al tribunal del juez idólatra, en el cual temían
contaminarse. Cuando el gobernador les mandó que presentasen sus
acusaciones, lo hicieron de tres principales, apoyada cada una por diez
testigos, y se esforzaron, sobre todo, en hacer ver a Pilatos que Jesús había
violado los derechos del Emperador. Le acusaron primero de ser un seductor
del pueblo, que perturbaba la paz pública y excitaba a la sedición, y
presentaron algunos testimonios. Añadieron que seducía al pueblo con
horribles doctrinas, que decía que debían comer su carne y beber su sangre
para alcanzar la vida eterna. Pilatos miró a sus oficiales sonriéndose, y
dirigió a los judíos estas palabras picantes: "Parece que vosotros
queréis seguir también su doctrina y alcanzar la vida eterna, pues queréis
comer su carne y beber su sangre". La segunda acusación era que Jesús
excitaba al pueblo, a no pagar el tributo al Emperador. Aquí Pilatos, lleno
de cólera, los interrumpió con el tono de un hombre encargado
especialmente de esto, y les dijo: "Es un grandísimo embuste; yo debo
saber eso mejor que vosotros". Entonces los judíos pasaron a la
tercera acusación. "Este hombre oscuro, de baja extracción, se ha
hecho un gran partido, se ha hecho dar los honores reales; pues ha enseñado
que era el Cristo, el ungido del Señor, el Mesías, el Rey prometido a los
judíos, y se hace llamar así". Esto fue también apoyado por diez
testigos. Cuando dijeron que Jesús se hacía llamar el Cristo, el Rey de
los judíos, Pilato pareció pensativo. Fue desde la azotea a la sala del
tribunal que estaba al lado, echó al pasar una mirada atenta sobre Jesús,
y mandó a los guardas que se lo condujeran a la sala. Pilatos era un pagano
supersticioso, de un espíritu ligero y fácil de perturbar. No ignoraba que
los Profetas de los judíos les habían anunciado, desde mucho tiempo, un
ungido del Señor, un Rey libertador y Redentor, y que muchos judíos lo
esperaban. Pero no creía tales tradiciones sobre un Mesías, y si hubiese
querido formarse una idea de ellas, se hubiera figurado un Rey victorioso y
poderoso, como lo hacían los judíos instruidos de su tiempo y los
herodianos. Por eso le pareció tan ridículo que acusaran a aquel hombre,
que se le presentaba en tal estado de abatimiento, y de haberse tenido por
ese Mesías y por ese Rey. Pero como los enemigos de Jesús habían
presentado esto como un ataque a los derechos del Emperador, mandó traer al
Salvador a su presencia para interrogarle. Pilatos miró a Jesús con
admiración, y le dijo: "¿Tú eres, pues, el Rey de los judíos?".
Y Jesús respondió: "¿Lo dices tú por ti mismo, o porque otros te lo
han dicho de mí?". Pilatos, picado de que Jesús pudiera creerle
bastante extravagante para hacer por sí mismo una pregunta tan rara, le
dijo: "¿Soy yo acaso judío para ocuparme de semejantes necedades? Tu
pueblo y sus sacerdotes te han entregado a mis manos, porque has merecido la
muerte. Dime lo que has hecho". Jesús le dijo con majestad: "Mi
reino no es de este mundo. Si mi reino fuese de este mundo, yo tendría
servidores que combatirían por mí, para no dejarme caer en las manos de
los judíos; pero mi reino no es de este mundo". Pilatos se sintió
perturbado con estas graves palabras y le dijo con tono más serio: "¿Tú
eres Rey?". Jesús respondió: "Como tú lo dices, yo soy Rey. He
nacido y he venido a este mundo para dar testimonio de la verdad. El que es
de la verdad, escucha mi voz". Pilatos le miró, y dijo, levantándose:
"¡La verdad! ¿Qué es la verdad?". Hubo otras palabras, de que
no me acuerdo bien. Pilatos volvió a la azotea: no podía comprender a Jesús;
pero veía bien que no era un rey que pudiera dañar al Emperador, pues no
quería ningún reino de este mundo. Y el Emperador se inquietaba poco por
los reinos del otro mundo. Y así gritó a los príncipes de los sacerdotes
desde lo alto de la azotea: "No hallo ningún crimen en este
hombre". Los enemigos de Jesús se irritaron, y por todas partes salió
un torrente de acusaciones contra Él. Pero el Salvador estaba silencioso, y
oraba por los pobres hombres; y cuando Pilatos se volvió hacia Él, diciéndole:
"¿No respondes nada a esas acusaciones?", Jesús no dijo una
palabra. De modo que Pilatos, sorprendido, le volvió a decir: "Yo veo
bien que no dicen más que mentiras contra ti". Pero los acusadores
continuaron hablando con furor, y dijeron: "¡Cómo!, ¿no halláis
crimen contra Él? ¿Acaso no es un crimen el sublevar al pueblo y extender
su doctrina en todo el país, desde la Galilea hasta aquí?". Al oír
la palabra Galilea, Pilatos reflexionó un instante, y dijo: "¿Este
hombre es Galileo y súbdito de Herodes?". "Sí - respondieron
ellos -: sus padres han vivido en Nazareth, y su habitación actual es
Cafarnaum". "Si es súbdito de Herodes - replicó Pilatos -
conducidlo delante de él: ha venido aquí para la fiesta, y puede
juzgarle". Entonces mandó conducir a Jesús fuera del tribunal, y envió
un oficial a Herodes para avisarle que le iban a presentar a Jesús de
Nazareth, súbdito suyo. Pilatos, muy satisfecho con evitar así la obligación
de juzgar a Jesús, deseaba por otra parte hacer una fineza a Herodes, quien
estaba reñido con él, y quería ver a Jesús. Los enemigos del Salvador,
furiosos de ver que Pilatos los echaba así en presencia de todo el pueblo,
hicieron recaer su rencor sobre Jesús. Lo ataron de nuevo, y lo
arrastraron, llenándolo de insultos y de golpes en medio de la multitud que
cubría la plaza hasta el palacio de Herodes. Algunos soldados romanos se
habían juntado a la escolta. Claudia Procla, mujer de Pilatos, le mandó a
decir que deseaba muchísimo hablarle; y mientras conducían a Jesús a casa
de Herodes, subió secretamente a una galería elevada, y miraba la escolta
con mucha agitación y angustia.
XI
Origen del Via
Crucis
25. Durante esta discusión,
la Madre de Jesús, Magdalena y Juan estuvieron en una esquina de la plaza,
mirando y escuchando con un profundo dolor. Cuando Jesús fue conducido a
Herodes, Juan acompañó a la Virgen y a Magdalena por todo el camino que
había seguido Jesús. Así volvieron a casa de Caifás, a casa de Anás, a
Ofel, a Getsemaní, al jardín de los Olivos, y en todos los sitios, donde
el Señor se había caído o había sufrido, se paraban en silencio,
lloraban y sufrían con Él. La Virgen se prosternó más de una vez, y besó
la tierra en los sitios en donde Jesús se había caído. Este fue el
principio del Via Crucis y de los honores rendidos a la Pasión de Jesús,
aun antes de que se cumpliera. La meditación de la Iglesia sobre los
dolores de su Redentor comenzó en la flor más santa de la humanidad, en la
Madre virginal del Hijo del hombre. La Virgen pura y sin mancha consagró
para la Iglesia el Vía Crucis, para recoger en todos los sitios, como
piedras preciosas, los inagotables méritos de Jesucristo; para recogerlos
como flores sobre el camino y ofrecerlos a su Padre celestial por todos los
que tienen fe. El dolor había puesto a Magdalena como fuera de sí. Su
arrepentimiento y su gratitud no tenían límites, y cuando quería elevar
hacia Él su amor, como el humo del incienso, veía a Jesús maltratado,
conducido a la muerte, a causa de sus culpas, que había tomado sobre sí.
Entonces sus pecados la penetraban de horror, su alma se le partía, y todos
esos sentimientos se expresaban en su conducta, en sus palabras y en sus
movimientos. Juan amaba y sufría. Conducía por la primera vez a la Madre
de Dios por el camino de la cruz, donde la Iglesia debía seguirla, y el
porvenir se le aparecía.
XII
Pilatos y su mujer
26. Mientras conducían a
Jesús a casa de Herodes, vi a Pilatos con su mujer Claudia Procla. Habló
mucho tiempo con Pilatos, le rogó por todo lo que le era más sagrado, que
no hiciese mal ninguno a Jesús, el Profeta, el Santo de los Santos, y le
contó algo de las visiones maravillosas que había tenido acerca de Jesús
la noche precedente. Mientras hablaba, yo vi la mayor parte de esas
visiones, pero no me acuerdo bien de qué modo se seguían. Ella vio las
principales circunstancias de la vida de Jesús: la Anunciación de María,
la Natividad, la Adoración de los Pastores y de los Reyes, la profecía de
Simeón y de Ana, la huida a Egipto, la tentación en el desierto. Se le
apareció siempre rodeado de luz, y vio la malicia y la crueldad de sus
enemigos bajo las formas más horribles, vio sus padecimientos infinitos, su
paciencia y su amor inagotables, la santidad y los dolores de su Madre.
Estas visiones le causaron mucha inquietud y mucha tristeza; que todos esos
objetos eran nuevos para ella, estaba suspensa y pasmada, y veía muchas de
esas cosas, como, por ejemplo, la degollación de los inocentes y la profecía
de Simeón, que sucedían cerca de su casa. Yo sé bien hasta qué punto un
corazón compasivo puede estar atormentado por esas visiones; pues el que ha
sentido una cosa, debe comprender lo que sienten los demás. Había sufrido
toda la noche, y visto más o menos claramente muchas verdades maravillosas,
cuando la despertó el ruido de la tropa que conducía a Jesús. Al mirar
hacia aquel lado, vio al Señor, el objeto de todos esos milagros que le habían
sido revelados, desfigurado, herido, maltratado por sus enemigos. Su corazón
se trastornó a esta vista, y mandó en seguida llamar a Pilatos, y le contó,
en medio de su agitación, lo que le acababa de suceder. Ella no lo comprendía
todo, y no podía expresarlo bien; pero rogaba, suplicaba, instaba a su
marido del modo más tierno. Pilatos, atónito y perturbado, unía lo que le
decía su mujer con lo que había recogido de un lado y de otro acerca de
Jesús, se acordaba del furor de los judíos, del silencio de Jesús y de
las maravillosas respuestas a sus preguntas. Agitado e inquieto, cedió a
los ruegos de su mujer, y le dijo: "He declarado que no hallaba ningún
crimen en ese hombre. No lo condenaré: he reconocido toda la malicia de los
judíos". Le habló también de lo que le había dicho Jesús; prometió
a su mujer no condenar a Jesús, y le dio una prenda como garantía de su
promesa. No sé si era una joya, un anillo o un sello. Así se separaron.
Pilatos era un hombre corrompido, indeciso, lleno de orgullo, y al mismo
tiempo de bajeza: no retrocedía ante las acciones más vergonzosas, cuando
encontraba en ellas su interés, y al mismo tiempo se dejaba llevar por las
supersticiones más ridículas cuando estaba en una posición difícil. Así
en la actual circunstancia consultaba sin cesar a sus dioses, a los cuales
ofrecía incienso en lugar secreto de su casa, pidiéndoles señales. Una de
sus prácticas supersticiosas era ver comer a los pollos; pero todas estas
cosas me parecían horribles, tan tenebrosas y tan infernales, que yo volvía
la cara con horror. Sus pensamientos eran confusos, y Satanás le inspiraba
tan pronto un proyecto como otro. La mayor confusión reinaba en sus ideas,
y él mismo no sabía lo que quería.
XIII
Jesús delante de
Herodes
27. El Tetrarca Herodes tenía
su palacio situado al norte de la plaza, en la parte nueva de la ciudad, no
lejos del de Pilatos. Una escolta de soldados romanos se había juntado a la
de los judíos, y los enemigos de Jesús, furiosos por los paseos que les
hacían dar, no cesaban de ultrajar al Salvador y de maltratarlo. Herodes,
habiendo recibido el aviso de Pilatos, estaba esperando en una sala grande,
sentado sobre almohadas que formaban una especie de trono. Los príncipes de
los sacerdotes entraron y se pusieron a los lados, Jesús se quedó en la
puerta. Herodes estuvo muy satisfecho al ver que Pilatos le reconocía, en
presencia de los sacerdotes judíos, el derecho de juzgar a un Galileo.
También se alegraba viendo delante de su tribunal, en estado de
abatimiento, a ese Jesús que nunca se había dignado presentársele. Había
recibido tantas relaciones acerca de Él, de parte de los herodianos y de
todos sus espías, que su curiosidad estaba excitada. Cuando Herodes vio a
Jesús tan desfigurado, cubierto de golpes, la cara ensangrentada, su
vestido manchado, aquel príncipe voluptuoso y sin energía sintió una
compasión mezclada de disgusto. Profirió el nombre de Dios, volvió la
cara con repugnancia, y dijo a los sacerdotes: "Llevadlo, limpiadlo; ¿cómo
podéis traer a mi presencia un hombre tan lleno de heridas?". Los
alguaciles llevaron a Jesús al vestíbulo, trajeron agua y lo limpiaron,
sin cesar de maltratarlo. Herodes reprendió a los sacerdotes por su
crueldad; parecía que quería imitar la conducta de Pilatos, pues también
les dijo: "Ya se ve que ha caído entre las manos de los carniceros;
comenzáis las inmolaciones antes de tiempo". Los príncipes de los
sacerdotes reproducían con empeño sus quejas y sus acusaciones. Herodes,
con énfasis y largamente, repitió a Jesús todo lo que sabía de Él, le
hizo muchas preguntas y le pidió que hiciera un prodigio. Jesús no respondía
una palabra, y estaba delante de él con los ojos bajos, lo que irritó a
Herodes. Me fue explicado que Jesús no habló, por estar Herodes
excomulgado, a causa de su casamiento adúltero con Herodías y de la muerte
de Juan Bautista. Anás y Caifás se aprovecharon del enfado que le causaba
el silencio de Jesús, y comenzaron otra vez sus acusaciones: añadieron que
había llamado a Herodes una zorra, y que pretendía establecer una nueva
religión. Herodes, aunque irritado contra Jesús, era siempre fiel a sus
proyectos políticos. No quería condenar al que Pilatos había declarado
inocente, y creía conveniente mostrarse obsequioso hacia el gobernador en
presencia de los príncipes de los sacerdotes. Llenó a Jesús de
desprecios, y dijo a sus criados y a sus guardias, cuyo número se elevaba a
doscientos en su palacio: "Tomad a ese insensato, y rendid a ese Rey
burlesco los honores que merece. Es más bien un loco que un criminal".
Condujeron al Salvador a un gran patio, donde lo llenaron de malos
tratamientos y de escarnio. Uno de ellos trajo un gran saco blanco y con
grandes risotadas se lo echaron sobre la cabeza a Jesús. Otro soldado trajo
otro pedazo de tela colorada, y se la pusieron al cuello. Entonces se
inclinaban delante de Él, lo empujaban, lo injuriaban, le escupían, le
pegaban en la cara, porque no había querido responder a su Rey. Le hacían
mil saludos irrisorios, le arrojaban lodo, tiraban de Él como para hacerle
danzar; habiéndolo echado al suelo, lo arrastraron hasta un arroyo que
rodeaba el patio, de modo que su sagrada cabeza pegaba contra las columnas y
los ángulos de las paredes. Después lo levantaron, para renovar los
insultos. Su cabeza estaba ensangrentada y lo vi caer tres veces bajo los
golpes; pero vi también ángeles que le ungían la cabeza, y me fue
revelado que sin este socorro del cielo, los golpes que le daban hubieran
sido mortales. El tiempo urgía, los príncipes de los sacerdotes tenían
que ir al templo, y cuando supieron que todo estaba dispuesto como lo habían
mandado, pidieron otra vez a Herodes que condenara a Jesús; pero éste,
para conformarse con las ideas de Pilatos, le mandó a Jesús cubierto con
el vestido de escarnio.
XIV
De Herodes a
Pilatos
28. Los enemigos de Jesús
le condujeron de Herodes a Pilatos. Estaban avergonzados de tener que volver
al sitio donde había sido ya declarado inocente. Por eso tomaron otro
camino mucho más largo, para presentarle en medio de su humillación a otra
parte de la ciudad, y también con el fin de dar tiempo a sus agentes para
que agitaran los grupos conforme a sus proyectos. Ese camino era más duro y
más desigual, y todo el tiempo que duró no cesaron de maltratar a Jesús.
La ropa que le habían puesto le impedía andar, se cayó muchas veces en el
lodo, lo levantaron a patadas, y dándole palos en la cabeza; recibió
ultrajes infinitos, tanto de parte de los que le conducían, como del pueblo
que se juntaba en el camino. Jesús pedía a Dios no morir, para poder
cumplir su pasión y nuestra redención. Eran las ocho y cuarto cuando
llegaron al palacio de Pilatos. La Virgen Santísima, Magdalena, y otras
muchas santas mujeres, hasta veinte, estaban en un sitio, donde lo podían oír
todo. Un criado de Herodes había venido ya a decir a Pilatos que su amo
estaba lleno de gratitud por su fineza, y que no habiendo hallado en el célebre
Galileo más que un loco estúpido, le había tratado como tal, y se lo volvía.
Los alguaciles hicieron subir a Jesús la escalera con la brutalidad
ordinaria; pero se enredó en su vestido, y cayó sobre los escalones de mármol
blanco, que se tiñeron con la sangre de su cabeza sagrada; el pueblo reía
de su caída y los soldados le pegaban para levantarlo. Pilatos avanzó
sobre la azotea, y dijo a los acusadores de Jesús: "Me habéis traído
a este hombre, como a un agitador del pueblo, le he interrogado delante de
vosotros y no le he hallado culpable del crimen que le imputáis. Herodes
tampoco le encuentra criminal. Por consiguiente, le mandaré azotar y
dejarle". Violentos murmullos se elevaron entre los fariseos. Era el
tiempo en que el pueblo venía delante del gobernador romano para pedirle,
según una antigua costumbre, la libertad de un preso. Los fariseos habían
enviado sus agentes con el fin de excitar a la multitud, a no pedir la
libertad de Jesús, sino su suplicio. Pilatos esperaba que pedirían la
libertad de Jesús, y tuvo la idea de dar a escoger entre Él y un insigne
criminal, llamado Barrabás, que horrorizaba a todo el mundo. Hubo un
movimiento en el pueblo sobre la plaza: un grupo se adelantó, encabezado
por sus oradores, que gritaron a Pilatos: "Haced lo que habéis hecho
siempre por la fiesta". Pilatos les dijo: "Es costumbre que
liberte un criminal en la Pascua. ¿A quién queréis que liberte: a Barrabás
o al Rey de los Judíos, Jesús, que dicen el ungido del Señor?". A
esta pregunta de Pilatos hubo alguna duda en la multitud, y sólo algunas
voces gritaron: "¡Barrabás!". Pilatos, habiendo sido llamado por
un criado de su mujer, salió de la azotea un instante, y el criado le
presentó la prenda que él le había dado, diciéndole: "Claudia
Procla os recuerda la promesa de esta mañana". Mientras tanto los
fariseos y los príncipes de los sacerdotes estaban en una grande agitación,
amenazaban y ordenaban. Pilatos había devuelto su prenda a su mujer, para
decirle que quería cumplir su promesa, y volvió a preguntar con voz alta:
"¿Cuál de los dos queréis que liberte?". Entonces se elevó un
grito general en la plaza: "No queremos a este, sino a Barrabás".
Pilatos dijo entonces: "¿Qué queréis que haga con Jesús, que se
llama Cristo?". Todos gritaron tumultuosamente: "¡Que sea
crucificado!, ¡que sea crucificado!". Pilatos preguntó por tercera
vez: "Pero, ¿qué mal ha hecho? Yo no encuentro en Él crimen que
merezca la muerte. Voy a mandarlo azotar y dejarlo". Pero el grito
"¡crucificadlo!, ¡crucificadlo!" se elevó por todas partes como
una tempestad infernal; los príncipes de los sacerdotes y los fariseos se
agitaban y gritaban como furiosos. Entonces el débil Pilatos dio libertad
al malhechor Barrabás, y condenó a Jesús a la flagelación.
XV
Flagelación de Jesús
29. Pilatos, juez cobarde y
sin resolución, había pronunciado muchas veces estas palabras, llenas de
bajeza: "No hallo crimen en Él; por eso voy a mandarle azotar y a
darle libertad". Los judíos continuaban gritando: "¡Crucificadlo!
¡crucificadlo!". Sin embargo, Pilatos quiso que su voluntad
prevaleciera y mandó azotar a Jesús a la manera de los romanos. Al norte
del palacio de Pilatos, a poca distancia del cuerpo de guardia, había una
columna que servía para azotar. Los verdugos vinieron con látigos, varas y
cuerdas, y las pusieron al pie de la columna. Eran seis hombres morenos,
malhechores de la frontera de Egipto, condenados por sus crímenes a
trabajar en los canales y en los edificios públicos, y los más perversos
de entre ellos hacían el oficio de verdugos en el Pretorio. Esos hombres
crueles habían ya atado a esa misma columna y azotado hasta la muerte a
algunos pobres condenados. Dieron de puñetazos al Señor, le arrastraron
con las cuerdas, a pesar de que se dejaba conducir sin resistencia, y lo
ataron brutalmente a la columna. Esta columna estaba sola y no servía de
apoyo a ningún edificio. No era muy elevada; pues un hombre alto,
extendiendo el brazo, hubiera podido alcanzar la parte superior. A media
altura había anillas y ganchos. No se puede expresar con qué barbarie esos
perros furiosos arrastraron a Jesús: le arrancaron la capa de irrisión de
Herodes y le echaron casi al suelo. Jesús abrazó a la columna; los
verdugos le ataron las manos, levantadas por alto a un anillo de hierro, y
extendieron tanto sus brazos en alto, que sus pies, atados fuertemente a lo
bajo de la columna, tocaban apenas al suelo. El Señor fue así extendido
con violencia sobre la columna de los malhechores; y dos de esos furiosos
comenzaron a flagelar su cuerpo sagrado desde la cabeza hasta los pies. Sus
látigos o sus varas parecían de madera blanca flexible; puede ser también
que fueran nervios de buey o correas de cuero duro y blanco. El Hijo de Dios
temblaba y se retorcía como un gusano. Sus gemidos dulces y claros se oían
como una oración en medio del ruido de los golpes. De cuando en cuando los
gritos del pueblo y de los fariseos, cual tempestad ruidosa, cubrían sus
quejidos dolorosos y llenos de bendiciones, diciendo: "¡Hacedlo morir!
¡crucificadlo!". Pilatos estaba todavía hablando con el pueblo, y
cada vez que quería decir algunas palabras en medio del tumulto popular,
una trompeta tocaba para pedir silencio. Entonces se oía de nuevo el ruido
de los azotes, los quejidos de Jesús, las imprecaciones de los verdugos y
el balido de los corderos pascuales. Ese balido presentaba un espectáculo
tierno: eran las sotavoces que se unían a los gemidos de Jesús. El pueblo
judío estaba a cierta distancia de la columna, los soldados romanos
ocupando diferentes puntos, iban y venían, muchos profiriendo insultos,
mientras que otros se sentían conmovidos y parecía que un rayo de Jesús
les tocaba. Algunos alguaciles de los príncipes de los sacerdotes daban
dinero a los verdugos, y les trajeron un cántaro de una bebida espesa y
colorada, para que se embriagasen. Pasado un cuarto de hora, los verdugos
que azotaban a Jesús fueron reemplazados por otros dos. La sangre del
Salvador corría por el suelo. Por todas partes se oían las injurias y las
burlas. Los segundos verdugos se echaron con una nueva rabia sobre Jesús;
tenían otra especie de varas: eran de espino con nudos y puntas. Los golpes
rasgaron todo el cuerpo de Jesús; su sangre saltó a cierta distancia, y
ellos tenían los brazos manchados. Jesús gemía, oraba y se estremecía.
Muchos extranjeros pasaron por la plaza, montados sobre camellos y se
llenaron de horror y de pena cuando el pueblo les explicó lo que pasaba.
Eran viajeros que habían recibido el bautismo de Juan, o que habían oído
los sermones de Jesús sobre la montaña. El tumulto y los gritos no cesaban
alrededor de la casa de Pilatos. Otros nuevos verdugos pegaron a Jesús con
correas, que tenían en las puntas unos garfios de hierro, con los cuales le
arrancaban la carne a cada golpe. ¡Ah! ¡quién podría expresar este
terrible y doloroso espectáculo! La horrible flagelación había durado
tres cuartos de hora, cuando un extranjero de clase inferior, pariente del
ciego Ctesifón, curado por Jesús, se precipitó sobre la columna con una
navaja, que tenía la figura de una cuchilla, gritando en tono de indignación:
"¡Parad! No peguéis a ese inocente hasta hacerle morir". Los
verdugos, hartos, se pararon sorprendidos; cortó rápidamente las cuerdas,
atadas detrás de la columna, y se escondió en la multitud. Jesús cayó,
casi sin conocimiento, al pie de la columna sobre el suelo, bañado en
sangre. Los verdugos le dejaron, y se fueron a beber, llamando antes a los
criados, que estaban en el cuerpo de guardia tejiendo la corona de espinas.
30. Vi a la Virgen Santísima
en un éxtasis continuo durante la flagelación de nuestro divino Redentor.
Ella vio y sufrió con un amor y un dolor indecibles todo lo que sufría su
Hijo. Muchas veces salían de su boca leves quejidos y sus ojos estaban bañados
en lágrimas. Las santas mujeres, temblando de dolor y de inquietud,
rodeaban a la Virgen y lloraban como si hubiesen esperado su sentencia de
muerte. María tenía un vestido largo azul, y por encima una capa de lana
blanca, y un velo de un blanco casi amarillo. Magdalena, pálida y abatida
de dolor, tenía los cabellos en desorden debajo de su velo. La cara de la
Virgen estaba pálida y desencajada, sus ojos colorados de las lágrimas. No
puedo expresar su sencillez y dignidad. Desde ayer no ha cesado de andar
errante, en medio de angustias, por el valle de Josafat y las calles de
Jerusalén, y, sin embargo, no hay ni desorden ni descompostura en su
vestido, no hay un solo pliegue que no respire santidad; todo en ella es
digno, lleno de pureza y de inocencia. María mira majestuosamente a su
alrededor, y los pliegues de su velo, cuando vuelve la cabeza, tienen una
vista singular. Sus movimientos son sin violencia, y en medio del dolor más
amargo, su aspecto es sereno. Su vestido está húmedo del rocío de la
noche y de las abundantes lágrimas que ha derramado. Es bella, de una
belleza indecible y sobrenatural; esta belleza es pureza inefable,
sencillez, majestad y santidad. Magdalena tiene un aspecto diferente. Es más
alta y más fuerte, su persona y sus movimientos son más pronunciados. Pero
las pasiones, el arrepentimiento, su dolor enérgico han destruido su
belleza. Da miedo al verla tan desfigurada por la violencia de su
desesperación; sus largos cabellos cuelgan desatados debajo de su velo
despedazado. Está toda trastornada, no piensa más que en su dolor, y
parece casi una loca. Hay mucha gente de Magdalum y de sus alrededores que
la han visto llevar una vida escandalosa. Como ha vivido mucho tiempo
escondida, hoy la señalan con el dedo y la llenan de injurias, y aún los
hombres del populacho de Magdalum le tiran lodo. Pero ella no advierte nada,
tan grande y fuerte es su dolor. Cuando Jesús, después de la flagelación,
cayó al pie de la columna, vi a Claudia Procla, mujer de Pilatos, enviar a
la Madre de Dios grandes piezas de tela. No sé si creía que Jesús sería
libertado, y que su Madre necesitaría esa tela para curar sus llagas o si
esa pagana compasiva sabía a qué uso la Virgen Santísima destinaría su
regalo. María viendo a su Hijo despedazado, conducido por los soldados,
extendió las manos hacia Él y siguió con los ojos las huellas
ensangrentadas de sus pies. Habiéndose apartado el pueblo, María y
Magdalena se acercaron al sitio en donde Jesús había sido azotado;
escondidas por las otras santas mujeres, se bajaron al suelo cerca de la
columna, y limpiaron por todas partes la sangre sagrada de Jesús con el
lienzo que Claudia Procla había mandado. Eran las nueve de la mañana
cuando acabó la flagelación.
XVI
La coronación de
espinas
31. La coronación de
espinas (1) se hizo en el patio interior del cuerpo de guardia. El pueblo
estaba alrededor del edificio; pero pronto fue rodeado de mil soldados
romanos, puestos en buen orden, cuyas risas y burlas excitaban el ardor de
los verdugos de Jesús, como los aplausos del público excitan a los cómicos.
En medio del patio había el trozo de una columna; pusieron sobre él un
banquillo muy bajo. Habiendo arrastrado a Jesús brutalmente a este asiento,
le pusieron la corona de espinas alrededor de la cabeza, y le atacaron
fuertemente por detrás. Estaba hecha de tres varas de espino bien
trenzadas, y la mayor parte de las puntas eran torcidas a propósito para
adentro. Habiéndosela atado, le pusieron una caña en la mano; todo esto lo
hicieron con una gravedad irrisoria, como si realmente lo coronasen rey. Le
quitaron la caña de las manos, y le pegaron con tanta violencia en la
corona de espinas, que los ojos del Salvador se inundaron de sangre. Sus
verdugos arrodillándose delante de Él le hicieron burla, le escupieron a
la cara, y le abofetearon, gritándole: "¡Salve, Rey de los judíos!".
No podría repetir todos los ultrajes que imaginaban estos hombres. El
Salvador sufría una sed horrible, su lengua estaba retirada, la sangre
sagrada, que corría de su cabeza, refrescaba su boca ardiente y
entreabierta. Jesús fue así maltratado por espacio de media hora en medio
de la risa, de los gritos y de los aplausos de los soldados formados
alrededor del Pretorio.
XVII
¡Ecce Homo!
32. Jesús, cubierto con la
capa colorada, la corona de espinas sobre la cabeza, y el cetro de cañas en
las manos atadas, fue conducido al palacio de Pilatos. Cuando llegó delante
del gobernador, este hombre cruel no pudo menos de temblar de horror y de
compasión, mientras el pueblo y los sacerdotes le insultaban y le hacían
burla. Jesús subió los escalones. Tocaron la trompeta para anunciar que el
gobernador quería hablar. Pilatos se dirigió a los príncipes de los
sacerdotes y a todos los circunstantes, y les dijo: "Os lo presente
otra vez para que sepáis que no hallo en Él ningún crimen". Jesús
fue conducido cerca de Pilatos, de modo que todo el pueblo podía verlo. Era
un espectáculo terrible y lastimoso la aparición del Hijo de Dios
ensangrentado, con la corona de espinas, bajando sus ojos sobre el pueblo,
mientras Pilatos, señalándole con el dedo, gritaba a los judíos: "¡Ecce
Homo!". Los príncipes de los sacerdotes y sus adeptos, llenos de
furia, gritaron: "¡Que muera! ¡Que sea crucificado!". – "¿No
basta ya?", dijo Pilatos. "Ha sido tratado de manera que no le
quedará gana de ser Rey". Pero estos insensatos gritaron cada vez más:
"¡Que muera! ¡Que sea crucificado!". Pilatos mandó tocar la
trompeta, y dijo: "Entonces, tomadlo y crucificadlo, pues no hallo en
Él ningún crimen". Algunos de los sacerdotes gritaron: "¡Tenemos
una ley por la cual debe morir, pues se ha llamado Hijo de Dios!".
Estas palabras, se ha llamado Hijo de Dios, despertaron los temores
supersticiosos de Pilatos; hizo conducir a Jesús aparte, y le preguntó de
dónde era. Jesús no respondió, y Pilatos le dijo: "¿No me
respondes? ¿No sabes que puedo crucificarte o ponerte en libertad?". Y
Jesús respondió: "No tendrías tú ese poder sobre mí, si no lo
hubieses recibido de arriba; por eso el que me ha entregado en tus manos ha
cometido un gran pecado". Pilatos, en medio de su incertidumbre, quiso
obtener del Salvador una respuesta que lo sacara de este penoso estado:
volvió al Pretorio, y se estuvo solo con Él. "¿Será posible que sea
un Dios? se decía a sí mismo, mirando a Jesús ensangrentado y
desfigurado; después le suplicó que le dijera si era Dios, si era el Rey
prometido a los judíos, hasta dónde se extendía su imperio, y de qué
orden era su divinidad. No puedo repetir más que el sentido de la respuesta
de Jesús. El Salvador le habló con gravedad y severidad; le dijo en qué
consistía su reino y su imperio; después le reveló todos los crímenes
secretos que él había cometido; le predijo la suerte miserable que le
esperaba, y le anunció que el Hijo del hombre vendría a pronunciar contra
él un juicio justo. Pilatos, medio atemorizado y medio irritado de las
palabras de Jesús, volvió al balcón, y dijo otra vez que quería libertar
a Jesús. Entonces gritaron: "¡Si lo libertas, no eres amigo del César!".
Otros decían que lo acusarían delante del Emperador, de haber agitado su
fiesta, que era menester acabar, porque a las diez tenían que estar en el
templo. Por todas partes se oía gritar: "¡Que sea crucificado!";
hasta encima de las azoteas, donde había muchos subidos. Pilatos vio que
sus esfuerzos eran inútiles. El tumulto y los gritos eran horribles, y la
agitación del pueblo era tan grande que podía temerse una insurrección.
Pilatos mandó que le trajesen agua; un criado se la echó sobre las manos
delante del pueblo, y el gritó desde lo alto de la azotea: "Yo soy
inocente de la sangre de este Justo; vosotros responderéis por ella".
Entonces se levantó un grito horrible y unánime de todo el pueblo, que se
componía de gentes de toda la Palestina: "¡Que su sangre caiga sobre
nosotros y sobre nuestros descendientes!".
XVIII
Jesús condenado a
muerte
33. Cuando los judíos,
habiendo pronunciado la maldición sobre sí y sobre sus hijos, pidieron que
esa sangre redentora, que pide misericordia para nosotros, pidiera venganza
contra ellos; Pilatos mandó traer sus vestidos de ceremonia, se puso un
tocado, en donde brillaba una piedra preciosa y otra capa. Estaba rodeado de
soldados, precedido de oficiales del tribunal y por delante tenía un hombre
que tocaba la trompeta. Así fue desde su palacio hasta la plaza, donde había,
enfrente de la columna de la flagelación, un sitio elevado para pronunciar
los juicios. Este tribunal se llamaba Gabbata: era una elevación redonda,
donde se subía por escalones. Muchos de los fariseos se habían ido ya al
templo. No hubo más que Anás, Caifás y otros veintiocho, que vinieron al
tribunal cuando Pilatos se puso sus vestidos de ceremonia. Los dos ladrones
también fueron conducidos al tribunal, y el Salvador, con su capa colorada
y su corona de espinas, fue colocado en medio de ellos. Cuando Pilatos se
sentó, dijo a los judíos: "¡Ved aquí a vuestro Rey!"; y ellos
respondieron: "¡Crucificadlo!". "¿Queréis que crucifique a
vuestro Rey?", volvió a decir Pilatos. "¡No tenemos más Rey que
César!" gritaron los príncipes de los sacerdotes. Pilatos no dijo
nada más, y comenzó a pronunciar el juicio. Los príncipes de los
sacerdotes habían diferido la ejecución de los dos ladrones, ya
anteriormente condenados al suplicio de la cruz, porque querían hacer una
afrenta más a Jesús, asociándolo en su suplicio a dos malhechores de la
última clase. Pilatos comenzó por un largo preámbulo, en el cual daba los
nombres más sublimes al emperador Tiberio; después expuso la acusación
intentada contra Jesús, que los príncipes de los sacerdotes habían
condenado a muerte, por haber agitado la paz pública y violado su ley, haciéndose
llamar Hijo de dios y Rey de los judíos, habiendo el pueblo pedido su
muerte por voz unánime. El miserable añadió que encontraba esa sentencia
conforme a la justicia, él, que no había cesado de proclamar la inocencia
de Jesús, y al acabar dijo: "Condeno a Jesús de Nazareth, Rey de los
judíos, a ser crucificado"; y mandó traer la cruz. Me parece que
rompió un palo largo y que tiró los pedazos a los pies de Jesús. Mientras
Pilatos pronunciaba su juicio inicuo, vi que su mujer Claudia Procla le
devolvía su prenda y la renunciaba. La tarde de este mismo día se salió
secretamente del palacio, para refugiarse con los amigos de Jesús. Ese
mismo día, a poco tiempo después, vi a un amigo del Salvador grabar sobre
una piedra verdusca, detrás de la altura de Gabbata, dos líneas donde había
estas palabras: Judex injustus, y el nombre de Claudia Procla. Esta piedra
se halla todavía en los cimientos de una casa o de una iglesia en Jerusalén,
en el sitio donde estaba Gabbata. Claudia Procla se hizo cristiana, siguió
a San Pablo, y fue su fiel discípula. Los dos ladrones estaban a derecha y
a izquierda de Jesús: tenían las manos atadas y una cadena al cuello; el
que se convirtió después, se mantuvo desde entonces tranquilo y pensativo;
el otro, grosero e insolente, se unió a los alguaciles para maldecir e
insultar a Jesús, que miraba a sus dos compañeros con amor, y ofrecía sus
tormentos por la salvación. Los alguaciles juntaban los instrumentos del
suplicio, y lo preparaban todo para esta terrible y dolorosa marcha. Anás y
Caifás habían acabado sus discusiones con Pilatos: tenían dos bandas de
pergamino con la copia de la sentencia, y se dirigían con precipitación al
templo temiendo llegar tarde.
XIX
Jesús con la Cruz
a cuestas
34. Cuando Pilatos salió
del tribunal, una parte de los soldados le siguió, y se formó delante del
palacio; una pequeña escolta se quedó con los condenados. Veintiocho
fariseos armados vinieron a caballo para acompañar al suplicio a nuestro
Redentor. Los alguaciles lo condujeron al medio de la plaza, donde vinieron
esclavos a echar la cruz a sus pies. Los dos brazos estaban provisionalmente
atados a la pieza principal con cuerdas. Jesús se arrodilló cerca de ella,
la abrazó y la besó tres veces, dirigiendo a su Padre acciones de la
gracias pro la redención del género humano. Los solados levantaron a Jesús
sobre sus rodillas, y tuvo que cargar con mucha pena con esta carga pesada
sobre su hombro derecho. Vi ángeles invisibles ayudarle, pues si no, no
hubiera podido levantarla. Mientras Jesús oraba, pusieron sobre el pescuezo
a los dos ladrones las piezas traveseras de sus cruces, atándoles las
manos; las grandes piezas las llevaban esclavos. La trompeta de la caballería
de Pilatos tocó; uno de los fariseos a caballo se acercó a Jesús,
arrodillado bajo su carga; y entonces comenzó la marcha triunfal del Rey de
los reyes, tan ignominiosa sobre la tierra y tan gloriosa en el cielo. Habían
atado dos cuerdas a la punta del árbol de la cruz y dos soldados la mantenían
en el aire; otros cuatro tenían cuerdas atadas a la cintura de Jesús. El
Salvador, bajo su peso, me recordó a Isaac, llevando a la montaña la leña
para su sacrificio. La trompeta de Pilatos dio la señal de marcha, porque
el gobernador en persona quería ponerse a la cabeza de un destacamento para
impedir todo movimiento tumultuoso. Iba a caballo, rodeado de sus oficiales
y de tropa de caballería. Detrás venía un cuerpo de trescientos hombres
de infantería, todos de la frontera de Italia y de Suiza. Delante se veía
una trompa que tocaba en todas las esquinas y proclamaba la sentencia. A
pocos pasos seguía una multitud de hombres y de chiquillos, que traían
cordeles, clavos, cuñas y cestas que contenían diferentes objetos; otros,
más robustos, traían palos, escaleras y las piezas principales de las
cruces de los dos ladrones. Detrás se notaban algunos fariseos a caballo, y
un joven que llevaba sobre el pecho la inscripción que Pilatos había hecho
para la cruz. Llevaban también en la punta de un palo la corona de espinas
de Jesús, que no habían querido dejarle sobre la cabeza mientras cargaba
la cruz. Al fin venía nuestro Señor, los pies desnudos y ensangrentados,
abrumado bajo el peso de la cruz, temblando, debilitado por la pérdida de
la sangre y devorado de calentura y de sed. Con la mano derecha sostenía la
cruz sobre su hombro derecho; su mano izquierda, cansada, hacía de cuando
en cuando esfuerzos para levantarse su largo vestido, con que tropezaban sus
pies heridos. Cuatro soldados tenían a grande distancia la punta de los
cordeles atados a la cintura; los dos de delante le tiraban; los dos que
seguían le empujaban, de suerte que no podía asegurar su paso. A su
rededor no había más que irrisión y crueldad; mas su boca rezaba y sus
ojos perdonaban. Detrás de Jesús iban los dos ladrones, llevados también
por cuerdas. La mitad de los fariseos a caballos cerraba la marcha; algunos
de ellos corrían acá y allá para mantener el orden. A una distancia
bastante grande venía la escolta de Pilatos: el gobernador romano tenía su
uniforme de guerra; en medio de sus oficiales, precedido de un escuadrón de
caballería, y seguido de trescientos infantes, atravesó la plaza, y entró
en una calle bastante ancha. Jesús fue conducido por una calle estrecha,
para no estorbar a la gente que iba al templo ni a la tropa de Pilatos. La
mayor parte del pueblo se había puesto en movimiento, después de haber
condenado a Jesús. Una gran parte de los judíos se fueron a sus casas o al
templo; sin embargo, la multitud era todavía numerosa, y se precipitaban
delante para ver pasar la triste procesión. La calle por donde pasaba Jesús
era muy estrecha y muy sucia; tuvo mucho que sufrir; el pueblo lo injuriaba
desde las ventanas, los esclavos le tiraban lodo y hasta los niños traían
piedras en sus vestidos para echarlas delante de los pies del Salvador.
XX
Primera caída de
Jesús debajo de la Cruz
35. La calle, poco antes de
su fin, tuerce a la izquierda, se ensancha y sube un poco; por ella pasa un
acueducto subterráneo, que viene del monte de Sión. Antes de la subida hay
un hoyo, que tiene con frecuencia agua y lodo cuando llueve, por cuya razón
han puesto una piedra grande para facilitar el paso. Cuando llegó Jesús a
este sitio, ya no podía andar; como los solados tiraban de Él y lo
empujaban sin misericordia, cayó a lo largo contra esa piedra, y la cruz
cayó a su lado. Los verdugos se pararon, llenándolo de imprecaciones y pegándole;
en vano Jesús tendía la mano para que le ayudasen, diciendo: "¡Ah,
presto se acabará!", y rogó por sus verdugos; mas los fariseos
gritaron: "¡Levantadlo, si no morirá en nuestras manos!". A los
dos lados del camino había mujeres llorando y niños asustados. Sostenido
por un socorro sobrenatural, Jesús levantó la cabeza, y aquellos hombres
atroces, en lugar de aliviar sus tormentos, le pusieron la corona de
espinas. Habiéndolo levantado, le cargaron la cruz sobre los hombros, y
tuvo que ladear la cabeza, con dolores infinitos, para poder colocar sobre
su hombro el peso con que estaba cargado.
XXI
Jesús encuentra a
su Santísima Madre – Segunda caída
36. La dolorosa Madre de
Jesús había salido de la plaza después de pronunciada la sentencia
inicua, acompañada de Juan y de algunas mujeres, había visitado muchos
sitios santificados por los padecimientos de Jesús; pero cuando el sonido
de la trompeta, el ruido del pueblo y la escolta de Pilatos anunciaron la
marcha hasta el Calvario, no pudo resistir al deseo de ver todavía a su
Divino Hijo, y pidió a Juan que la condujese a uno de los sitios por donde
Jesús debía pasar: se fueron a un palacio, cuya puerta daba a la calle,
donde entró la escolta después de la primera caída de Jesús; era, si no
me equivoco, la habitación del sumo pontífice Caifás. Juan obtuvo de un
criado o portero compasivo el permiso de ponerse en la puerta con María y
los que la acompañaban. La Madre de Dios estaba pálida y con los ojos
llenos de lágrimas y cubierta enteramente de una capa parda azulada. Se oía
ya el ruido que se acercaba, el sonido de la trompeta, y la voz del
pregonero, publicando la sentencia en las esquinas. El criado abrió la
puerta, el ruido era cada vez más fuerte y espantoso. María oró, y dijo a
Juan: "¿Debo ver este espectáculo? ¿Debo huir? ¿Podré yo
soportarlo?". Al fin salieron a la puerta. María se paró, y miró; la
escolta estaba a ochenta pasos; no había gente delante, sino por los lados
y atrás. Cuando los que llevaban los instrumentos de suplicio se acercaron
con aire insolente y triunfante, la Madre de Jesús se puso a temblar y a
gemir, juntando las manos, y uno de esos hombres preguntó: "¿Quién
es esa mujer que se lamenta?"; y otro respondió: "Es la Madre del
Galileo". Los miserables al oír tales palabras, llenaron de injurias a
esta dolorosa madre, la señalaban con el dedo, y uno de ellos tomó en sus
manos los clavos con que debían clavar a Jesús en la cruz, y se los
presentó a la Virgen en tono de burla. María miró a Jesús y se agarró a
la puerta para no caerse. Los fariseos pasaron a caballo, después el niño
que llevaba la inscripción, detrás su Santísimo Hijo Jesús, temblando,
doblado bajo la pesada carga de la cruz, inclinando sobre su hombro la
cabeza coronada de espinas. Echaba sobre su Madre una mirada de compasión,
y habiendo tropezado cayó por segunda vez sobre sus rodillas y sobre sus
manos. María, en medio de la violencia de su dolor, no vio ni soldados ni
verdugos; no vio más que a su querido Hijo; se precipitó desde la puerta
de la casa en medio de los soldados que maltrataban a Jesús, cayó de
rodillas a su lado, y se abrazó a Él. Yo oí estas palabras: "¡Hijo
mío!" – "¡Madre mía!". Pero no sé si realmente fueron
pronunciadas, o sólo en el pensamiento. Hubo un momento de desorden: Juan y
las santas mujeres querían levantar a María. Los alguaciles la injuriaban;
uno de ellos le dijo: "Mujer, ¿qué vienes a hacer aquí? Si lo
hubieras educado mejor, no estaría en nuestras manos". Algunos
soldados tuvieron compasión. Juan y las santas mujeres la condujeron atrás
a la misma puerta, donde la vi caer sobre sus rodillas y dejar en la piedra
angular la impresión de sus manos. Esta piedra, que era muy dura, fue
transportada a la primera iglesia católica, cerca de la piscina de Betesda,
en el episcopado de Santiago el Menor. Mientras tanto, los alguaciles
levantaron a Jesús y habiéndole acomodado la cruz sobre sus hombros, le
empujaron con mucha crueldad para que siguiese adelante.
XXII
Simón Cirineo –
Tercera caída de Jesús
37. Llegaron a la puerta de
una muralla vieja, interior de la ciudad. Delante de ella hay una plaza, de
donde salen tres calles. En esa plaza, Jesús, al pasar sobre una piedra
gruesa, tropezó y cayó; la cruz quedó a su lado, y no se pudo levantar.
Algunas personas bien vestidas que pasaban para ir al templo, exclamaron
llenas de compasión: "¡Ah! ¡El pobre hombre se muere!". Hubo
algún tumulto; no podían poner a Jesús en pie, y los fariseos dijeron a
los soldados: "No podremos llevarlo vivo, si no buscáis a un hombre
que le ayude a llevar la cruz". Vieron a poca distancia un pagano,
llamado Simón Cirineo, acompañado de sus tres hijos, que llevaba debajo
del brazo un haz de ramas menudas, pues era jardinero, y venía de trabajar
en los jardines situados cerca de la muralla oriental de la ciudad. Estaba
en medio de la multitud, de donde no podía salir, y los soldados, habiendo
reconocido por su vestido que era un pagano y un obrero de la clase
inferior, lo llamaron y le mandaron que ayudara al Galileo a llevar su cruz.
Primero rehusó, pero tuvo que ceder a la fuerza. Simón sentía mucho
disgusto y repugnancia, a causa del triste estado en que se hallaba Jesús,
y de su ropa toda llena de lodo. Mas Jesús lloraba, y le miraba con
ternura. Simón le ayudó a levantarse, y al instante los alguaciles ataron
sobre sus hombros uno de los brazos de la cruz. Él seguía a Jesús, que se
sentía aliviado de su carga. Se pusieron otra vez en marcha. Simón era un
hombre robusto, de cuarenta años; sus hijos llevaban vestidos de diversos
colores. Dos eran ya crecidos, se llamaban Rufo y Alejandro: se reunieron
después a los discípulos de Jesús. El tercero era más pequeño, y lo he
visto con San Esteban, aún niño. Simón no llevó mucho tiempo la cruz sin
sentirse penetrado de compasión.
XXIII
La Verónica y el
Sudario
38. La escolta entró en
una calle larga que torcía un poco a la izquierda, y que estaba cortada por
otras transversales. Muchas personas bien vestidas se dirigían al templo;
pero algunas se retiraban a la vista de Jesús, por el temor farisaico de
contaminarse; otras mostraban alguna compasión. Habían andado unos
doscientos pasos desde que Simón ayudaba a Jesús a llevar la cruz, cuando
una mujer de elevada estatura y de aspecto imponente, llevando de la mano a
una niña, salió de una bella casa situada a la izquierda, y se puso
delante. Era Serafia, mujer de Sirac, miembro del Consejo del templo, que se
llamaba Verónica, de Vera Icon (verdadero retrato), a causa de lo que hizo
en ese día. Serafia había preparado en su casa un excelente vino
aromatizado, con la piadosa intención de dárselo a beber al Señor en su
camino de dolor. Salió a la calle, cubierta de su velo; tenía un paño
sobre sus hombros; una niña de nueve años, que había adoptado pro hija,
estaba a su lado, y escondió, al acercarse la escolta, el vaso lleno de
vino. Los que iban delante quisieron rechazarla; mas ella se abrió paso en
medio de la multitud, de los soldados y de los alguaciles, y llegando hasta
Jesús, se arrodilló, y le presentó el paño extendido diciendo:
"Permitidme que limpie la cara de mi Señor". El Señor tomó el
paño, lo aplicó sobre su cara ensangrentada, y se lo devolvió, dándole
las gracias. Serafia, después de haberlo besado, lo metió debajo de su
capa, y se levantó. La niña levantó tímidamente el vaso de vino hacia
Jesús; pero los soldados no permitieron que bebiera. La osadía y la
prontitud de esta acción habían excitado un movimiento en la multitud, por
los que se paró la escolta como unos dos minutos. Verónica había podido
presentar el sudario. Los fariseos y los alguaciles, irritados de esta
parada, y sobre todo, de este homenaje público, rendido al Salvador,
pegaron y maltrataron a Jesús, mientras Verónica entraba en su casa.
Apenas había penetrado en su cuarto, extendió el sudario sobre la mesa que
tenía delante, y cayó sin conocimiento. La niña se arrodilló a su lado
llorando. Un conocido que venía a verla la halló así al lado de un lienzo
extendido, donde la cara ensangrentada de Jesús estaba estampada de un modo
maravilloso. Se sorprendió con este espectáculo, la hizo volver en sí, y
le mostró el sudario delante del cual ella se arrodilló, llorando y
diciendo: "Ahora lo quiero dejar todo, pues el Señor me ha dado un
recuerdo". Este sudario era de lana fina, tres veces más largo que
ancho, y se llevaba habitualmente alrededor del cuello: era costumbre ir con
un sudario semejante a socorrer a los afligidos o enfermos, o a limpiarles
la cara en señal de dolor o de compasión. Verónica guardó siempre el
sudario a la cabecera de su cama. Después de su muerte fue para la Virgen,
y después para la Iglesia por intermedio de los Apóstoles.
XXIV
Las hijas de
Jerusalén
39. La escolta estaba todavía
a cierta distancia de la puerta, situada en la dirección del sudoeste. Al
acercarse a la puerta los alguaciles empujaron a Jesús en medio de un
lodazal. Simón Cirineo quiso pasar por el lado, y habiendo ladeado la cruz,
Jesús cayó por cuarta vez. Entonces, en medio de sus lamentos, dijo con
voz inteligible: "¡Ah Jerusalén, cuánto te he amado! ¡He querido
juntar a tus hijos como la gallina junta a sus polluelos debajo de sus alas,
y tú me echas cruelmente fuera de tus puertas!". Al oír estas
palabras, los fariseos le insultaron de nuevo, y pegándole lo arrastraron
para sacarlo del lodo. Simón Cirineo se indignó tanto de ver esta
crueldad, que exclamó: "Si no cesáis de insultarle suelto la cruz,
aunque me matéis". Al salir de la puerta encontraron una multitud de
mujeres que lloraban y gemían. Eran vírgenes y mujeres pobres de Belén,
de Hebrón y de otros lugares circunvecinos, que habían venido a Jerusalén
para celebrar la Pascua. Jesús desfalleció; Simón se acercó a Él y le
sostuvo, impidiendo así que se cayera del todo. Esta es la quinta caída de
Jesús debajo de la cruz. A vista de su cara tan desfigurada y tan llena de
heridas, comenzaron a dar lamentos, y según la costumbre de los judíos, le
presentaron lienzos para limpiarse el rostro. El Salvador se volvió hacia
ellas, y les dijo: "Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad
por vosotras mismas y por vuestros hijos, pues vendrá un tiempo en que se
dirá: "¡Felices las estériles y las entrañas que no han engendrado
y los pechos que no han dado de mamar". Entonces empezarán a decir a
los montes: "¡Caed sobre nosotros!"; y a las alturas: "¡Cubridnos!
Pues si así se trata al leño verde, ¿qué se hará con el seco?".
Aquí pararon en este sitio: los que llevaban los instrumentos de suplicio
fueron al monte Calvario, seguidos de cien soldados romanos de la escolta de
Pilatos, quien al llegar a la puerta, se volvió al interior de la ciudad.
XXV
Jesús sobre el Gólgota
40. Se pusieron en marcha.
Jesús, doblando bajo su carga y bajo los golpes de los verdugos, subió con
mucho trabajo el rudo camino que se dirigía al norte, entre las murallas de
la ciudad y el monte Calvario. En el sitio en donde el camino tuerce al
mediodía se cayó por sexta vez, y esta caída fue muy dolorosa. Los malos
tratamientos que aquí le dieron llegaron a su colmo. El Salvador llegó a
la roca del Calvario, donde cayó por séptima vez. Simón Cirineo,
maltratado también y agobiado por el cansancio, estaba lleno de indignación:
hubiera querido aliviar todavía a Jesús, pero los alguaciles lo echaron,
llenándole de injurias. Se reunió poco después a los discípulos. Echaron
también a toda la gente que había venido por mera curiosidad. Los fariseos
a caballo habían seguido caminos cómodos, situados al lado occidental del
Calvario. El llano que hay en la elevación, el sitio del suplicio, es de
forma circular y está rodeado de un terraplén cortado por cinco caminos.
Estos cinco caminos se hallan en muchos sitios del país, en los cuales se
baña, se bautiza, en la piscina de Betesda: muchos pueblos tienen también
cinco puertas. Hay en esto una profunda significación profética, a causa
de la abertura de los cinco medios de salvación en las cinco llagas del
Salvador. Los fariseos a caballo se pararon delante de la llanura al lado
occidental, donde la cuesta es suave: el lado por donde conducen a los
condenados, es áspero y rápido. Cien soldados romanos se hallaban
alrededor del llano. Mucha gente, la mayor parte de baja clase, extranjeros,
esclavos, paganos, sobre todo mujeres, rodeaban el llano y las alturas
circunvecinas, no temiendo contaminarse. Eran las doce menos cuarto cuando
el Señor dio la última caída y echaron a Simón. Los alguaciles
insultando a Jesús, le decían: "Rey de los judíos, vamos a componer
tu trono". Pero Él mismo se acostó sobre la cruz y lo extendieron
para tomar su medida; en seguida lo condujeron setenta pasos al norte, a una
especie de hoyo abierto en la roca, que parecía una cisterna: lo empujaron
tan brutalmente, que se hubiera roto las rodillas contra la piedra, si los
ángeles no lo hubiesen socorrido. Le oí gemir de un modo que partía el
corazón. Cerraron la entrada y dejaron centinelas. Entonces comenzaron sus
preparativos. En medio del llano circular estaba el punto más elevado de la
roca del Calvario; era una eminencia redonda, de dos pies de altura, a la
cual se subía por escalones. Abrieron en ella tres hoyos, adonde debían
plantarse las tres cruces, e hicieron otros preparativos para la crucifixión.
XXVI
María y las santas
mujeres van al Calvario
41. La Virgen, después de
su doloroso encuentro con Jesús, habíase retirado a una casa vecina; pero
su amor maternal y el deseo ardiente de estar con su Hijo crecía cada
instante. Se fue a casa de Lázaro, donde estaban las otras santas mujeres,
y diecisiete de ellas se juntaron con Ella para seguir el camino de la Pasión.
Las vi cubiertas con sus velos, ir a la plaza, sin hacer caso de las
injurias del pueblo, besar el suelo en donde Jesús había cargado con la
cruz, y así seguir adelante por todo el camino que había llevado. María
buscaba los vestigios de sus pasos, y mostraba a sus compañeras los sitios
consagrados por alguna circunstancia dolorosa. De este modo la devoción más
tierna de la Iglesia fue escrita por la primera vez en el corazón maternal
de María con la espada que predijo el viejo Simeón. Pasó de Ella a sus
compañeras, y de éstas hasta nosotros. Estas santas mujeres entraron en
casa de Verónica, porque Pilatos volvía por la misma calle con su escolta,
examinaron llorando la cara de Jesús estampada en el sudario, y admiraron
la gracia que había hecho a esta santa mujer. En seguida se dirigieron
todas juntas hacia el Gólgota. Subieron al Calvario por el lado occidental,
por donde la subida es más cómoda. La Madre de Jesús, su sobrina María,
hija de Cleofás, Salomé y Juan, se acercaron hasta el llano circular;
Marta, María Helí, Verónica, Juana Chusa, Susana y María, madre de
Marcos, se detuvieron a cierta distancia con Magdalena, que estaba como
fuera de sí. Más lejos estaban otras siete, y algunas personas compasivas
que establecían las comunicaciones de un grupo al otro. ¡Qué espectáculo
para María el ver este sitio del suplicio, los clavos, los martillos, las
cuerdas, la terrible cruz, los verdugos, empeñados en hacer los
preparativos para la crucifixión! La ausencia de Jesús prolongaba su
martirio: sabía que estaba todavía vivo, deseaba verlo, y temblaba al
pensar en los tormentos a que lo vería expuesto. Desde por la mañana hasta
las diez hubo granizo por intervalos, mas a las doce una niebla encarnada
oscureció el sol.
XXVII
Jesús despojado de
sus vestiduras y clavado en la cruz
42. Cuatro alguaciles
fueron a sacar a Jesús del sitio en donde le habían encerrado. Le dieron
golpes llenándole de ultrajes en estos últimos pasos que le quedaban por
andar, y arrastráronle sobre le elevación. Cuando las santas mujeres
vieron al Salvador dieron dinero a un hombre para que le procurase el
permiso de dar a Jesús el vino aromatizado de Verónica. Mas los alguaciles
las engañaron y se quedaron con el vino, ofreciendo al Señor una mezcla de
vino y mirra. Jesús mojó sus labios, pero no bebió. En seguida los
alguaciles quitaron a Nuestro Señor su capa, y como no podían sacarle la túnica
sin costuras que su Madre le había hecho, a causa de la corona de espinas,
arrancaron con violencia esta corona de la cabeza, abriendo todas sus
heridas. No le quedaba más que un lienzo alrededor de los riñones. El Hijo
del hombre estaba temblando, cubierto de llagas y despedazados sus hombros
hasta los huesos. Habiéndole hecho sentar sobre una piedra le pusieron la
corona sobre la cabeza, y le presentaron un vaso con hiel y vinagre; mas Jesús
volvió la cabeza sin decir palabra.
43. Después que los
alguaciles extendieron al divino Salvador sobre la cruz, y habiendo estirado
su brazo derecho sobre el brazo derecho de la cruz, lo ataron fuertemente;
uno de ellos puso la rodilla sobre su pecho sagrado, otro le abrió la mano,
y el tercero apoyó sobre la carne un clavo grueso y largo, y lo clavó con
un martillo de hierro. Un gemido dulce y claro salió del pecho de Jesús y
su sangre saltó sobre los brazos de sus verdugos. Los clavos era muy
largos, la cabeza chata y del diámetro de una moneda mediana, tenían tres
esquinas y eran del grueso de un dedo pulgar a la cabeza: la punta salía
detrás de la cruz. Habiendo clavado la mano derecha del Salvador, los
verdugos vieron que la mano izquierda no llegaba al agujero que habían
abierto; entonces ataron una cuerda a su brazo izquierdo, y tiraron de él
con toda su fuerza, hasta que la mano llegó al agujero. Esta dislocación
violenta de sus brazos lo atormentó horriblemente, su pecho se levantaba y
sus rodillas se estiraban. Se arrodillaron de nuevo sobre su cuerpo, le
ataron el brazo para hundir el segundo clavo en la mano izquierda; otra vez
se oían los quejidos del Señor en medio de los martillazos. Los brazos de
Jesús quedaban extendidos horizontalmente, de modo que no cubrían los
brazos de la cruz. La Virgen Santísima sentía todos los dolores de su
Hijo: Estaba cubierta de una palidez mortal y exhalaba gemidos de su pecho.
Los fariseos la llenaban de insultos y de burlas. Habían clavado a la cruz
un pedazo de madera para sostener los pies de Jesús, a fin de que todo el
peso del cuerpo no pendiera de las manos, y para que los huesos de los pies
no se rompieran cuando los clavaran. Ya se había hecho el clavo que debía
traspasar los pies y una excavación para los talones. El cuerpo de Jesús
se hallaba contraído a causa de la violenta extensión de los brazos. Los
verdugos extendieron también sus rodillas atándolas con cuerdas; pero como
los pies no llegaban al pedazo de madera, puesto para sostenerlos, unos querían
taladrar nuevos agujeros para los clavos de las manos; otros vomitando
imprecaciones contra el Hijo de Dios, decían: "No quiere estirarse,
pero vamos a ayudarle". En seguida ataron cuerdas a su pierna derecha,
y lo tendieron violentamente, hasta que el pie llegó al pedazo de madera.
Fue una dislocación tan horrible, que se oyó crujir el pecho de Jesús,
quien, sumergido en un mar de dolores, exclamó: "¡Oh Dios mío! ¡Oh
Dios mío!". Después ataron el pie izquierdo sobre el derecho, y habiéndolo
abierto con una especie de taladro, tomaron un clavo de mayor dimensión
para atravesar sus sagrados pies. Esta operación fue la más dolorosa de
todas. Conté hasta treinta martillazos. Los gemidos de Jesús eran una
continua oración, que contenía ciertos pasajes de los salmos que se
estaban cumpliendo en aquellos momentos. Durante toda su larga Pasión el
divino Redentor no ha cesado de orar. He oído y repetido con Él estos
pasajes, y los recuerdo algunas veces al rezar los salmos; pero actualmente
estoy tan abatida de dolor, que no puedo coordinarlos. El jefe de la tropa
romana había hecho clavar encima de la cruz la inscripción de Pilatos.
Como los romanos se burlaban del título de Rey de los judíos, algunos
fariseos volvieron a la ciudad para pedir a Pilatos otra inscripción. Eran
las doce y cuarto cuando Jesús fue crucificado, y en el mismo momento en
que elevaban la cruz, el templo resonaba con el ruido de las trompetas que
celebraban la inmolación del cordero pascual.
XXVIII
Exaltación de la
Cruz
44. Los verdugos, habiendo
crucificado a Nuestro Señor, alzaron la cruz dejándola caer con todo su
peso en el hueco de una peña con un estremecimiento espantoso. Jesús dio
un grito doloroso, sus heridas se abrieron, su sangre corrió
abundantemente. Los verdugos, para asegurar la cruz, la alzaron nuevamente,
clavando cinco cuñas a su alrededor. Fue un espectáculo horrible y
doloroso el ver, en medio de los gritos e insultos de los verdugos, la cruz
vacilar un instante sobre su base y hundirse temblando en la tierra; mas
también se elevaron hacia ella voces piadosas y compasivas. Las voces más
santas del mundo, las de las santas mujeres y de todos aquellos que tenían
el corazón puro, saludaron con acento doloroso al Verbo humanado elevado
sobre la cruz. Sus manos vacilantes se elevaron para socorrerlo; pero cuando
la cruz se hundió en el hoyo de la roca con grande estruendo, hubo un
momento de silencio solemne; todo el mundo parecía penetrado de una sensación
nueva y desconocida hasta entonces. El infierno mismo se estremeció de
terror al sentir el golpe de la cruz que se hundió, y redobló sus
esfuerzos contra ella. Las almas encerradas en el limbo lo oyeron con una
alegría llena de esperanza: para ellas era el anuncio del Triunfador que se
acercaba a las puertas de la Redención. La sagrada cruz se elevaba por
primera vez en medio de la tierra, cual otro árbol de vida en el Paraíso,
y de las llagas de Jesús salían cuatro arroyos sagrados para fertilizar la
tierra, y hacer de ella el nuevo Paraíso. El sitio donde estaba clavada la
cruz era más elevado que el terreno circunvecino; los pies del Salvador
bastante bajos para que sus amigos pudieran besarlos. El rostro del Señor
miraba al noroeste.
XXIX
Crucifixión de los
ladrones
45. Mientras crucificaban a
Jesús, los dos ladrones estaban tendidos de espaldas a poca distancia de
los guardas que lo vigilaban. Los acusaban de haber asesinado a una mujer
con sus hijos, en el camino de Jerusalén a Jopé. Habían estado mucho
tiempo en la cárcel antes de su condenación. El ladrón de la izquierda
tenía más edad, era un gran criminal, el maestro y el corruptor del otro;
los llamaban ordinariamente Dimas y Gesmas. Formaban parte de una compañía
de ladrones de la frontera de Egipto, los cuales en años anteriores, habían
hospedado una noche a la Sagrada Familia, en la huida a Egipto. Dimas era
aquel niño leproso, que en aquella ocasión fue lavado en el agua que había
servido de baño al niño Jesús, curando milagrosamente de su enfermedad.
Los cuidados de su madre para con la Sagrada Familia fueron recompensados
con este milagro. Dimas no conocía a Jesús; pero como su corazón no era
malo, se conmovía al ver su paciencia más que humana. Entretanto los
verdugos ya habían plantado la cruz del Salvador, y se daban prisa para
crucificar a los dos ladrones; pues el sol se oscurecía ya, y en toda la
naturaleza había un movimiento como cuando se acerca una tormenta.
Arrimaron escaleras a las dos cruces ya plantadas y clavaron las piezas
transversales. Sujetados los brazos de los ladrones a los de las cruces, les
ataron los puños, las rodillas y los pies, apretando las cuerdas con tal
vehemencia que se dislocaron las coyunturas. Dieron gritos terribles, y el
buen ladrón dijo cuando lo subían: "Si nos hubieseis tratado como al
pobre Galileo, no tendríais el trabajo de levantarnos así en el
aire". Mientras tanto los ejecutores habían hecho partes de los
vestidos de Jesús para repartírselos. No pudiendo saber a quién le tocaría
su túnica inconsútil trajeron una mesa con números, sacaron unos dados
que tenían figura de habas, y la sortearon. Pero un criado de Nicodemus y
de José de Arimatea vino a decirles que hallarían compradores de los
vestidos de Jesús; consintieron en venderlos y así conservaron los
cristianos estos preciosos despojos.
XXX
Jesús crucificado
y los dos ladrones
46. Los verdugos, habiendo
plantado las cruces de los ladrones, aplicaron escaleras a la cruz del
Salvador, para cortar las cuerdas que tenían atado su Sagrado Cuerpo. La
sangre, cuya circulación había sido interceptada por la posición
horizontal y compresión de los cordeles, corrió con ímpetu de las
heridas, y fue tal el padecimiento, que Jesús inclinó la cabeza sobre su
pecho y se quedó como muerto durante unos siete minutos. Entonces hubo un
rato de silencio: se oía otra vez el sonido de las trompetas del templo de
Jerusalén. Jesús tenía el pecho ancho, los brazos robustos; sus manos
bellas, y, sin ser delicadas, no se parecían a las de un hombre que las
emplea en penosos trabajos. Su cabeza era de una hermosa proporción, su
frente alta y ancha; su cara formaba un lindo óvalo; sus cabellos, de un
color de cobre oscuro, no eran muy espesos. Entre las cruces de los ladrones
y la de Jesús había bastante espacio para que un hombre a caballo pudiese
pasar. Los dos ladrones sobre sus cruces ofrecían un espectáculo muy
repugnante y terrible, especialmente el de la izquierda, que no cesaba de
proferir injurias y blasfemias contra el Hijo de Dios.
XXXI
Primera palabra de
Jesús en la Cruz
47. Acabada la crucifixión
de los ladrones, los verdugos se retiraron, y los cien soldados romanos
fueron relevados por otros cincuenta, bajo el mando de Abenadar, árabe de
nacimiento, bautizado después con el nombre de Ctesifón; el segundo jefe
se llamaba Casio, y recibió después el nombre de Longinos. En estos
momentos llegaron doce fariseos, doce saduceos, doce escribas y algunos
ancianos, que habían pedido inútilmente a Pilatos que mudase la inscripción
de la cruz, y cuya rabia se había aumentado por la negativa del gobernador.
pasando por delante de Jesús, menearon desdeñosamente la cabeza, diciendo:
"¡Y bien, embustero; destruye el templo y levántalo en tres días! -
¡Ha salvado a otros, y no se puede salvar a sí mismo! - ¡Si eres el Hijo
de Dios, baja de la cruz! – Si es el Rey de Israel, que baje de la cruz, y
creeremos en Él". Los soldados se burlaban también de Él. Cuando Jesús
se desmayó, Gesmas, el ladrón de la izquierda, dijo: "Su demonio lo
ha abandonado". Entonces un soldado puso en la punta de un palo una
esponja con vinagre, y la arrimó a los labios de Jesús, que pareció
probarlo. El soldado le dijo: "Si eres el Rey de los judíos, sálvate
tú mismo". Todo esto pasó mientras que la primera tropa dejaba el
puesto a la de Abenadar. Jesús levantó un poco la cabeza, y dijo: "¡Padre
mío, perdonadlos, pues no saben lo que hacen!". Gesmas gritó:
"Si tú eres Cristo, sálvate y sálvanos". Dimas, el buen ladrón,
estaba conmovido al ver que Jesús pedía por sus enemigos. La Santísima
Virgen, al oír la voz de su Hijo, se precipitó hacia la cruz con Juan,
Salomé y María Cleofás. El centurión no los rechazó. Dimas, el buen
ladrón, obtuvo en este momento, por la oración de Jesús, una iluminación
interior: reconoció que Jesús y su Madre le habían curado en su niñez, y
dijo en vos distinta y fuerte: "¿Cómo podéis injuriarlo cuando pide
por vosotros? Se ha callado, ha sufrido paciente todas vuestras afrentas, es
un Profeta, es nuestro Rey, es el Hijo de Dios". Al oír esta reprensión
de la boca de un miserable asesino sobre la cruz, se elevó un gran tumulto
en medio de los circunstantes: tomaron piedras para tirárselas; mas el
centurión Abenadar no lo permitió. Mientras tanto la Virgen se sintió
fortificada con la oración de su Hijo, y Dimas dijo a su compañero, que
continuaba injuriándolo: "¿No tienes temor de Dios, tú que estás
condenado al mismo suplicio? Nosostros lo merecemos justamente, recibimos el
castigo de nuestros crímenes; pero éste no ha hecho ningún mal. Piensa en
tu última hora, y conviértete". Estaba iluminado y tocado: confesó
sus culpas a Jesús, diciendo: "Señor, si me condenáis, será con
justicia; pero tened misericordia de mí". Jesús le dijo: "Tú
sentirás mi misericordia". Dimas recibió en este momento la gracia de
un profundo arrepentimiento. Todo lo que acabo de contar sucedió entre las
doce y las doce y media, y pocos minutos después de la Exaltación de la
cruz; pero pronto hubo un gran cambio en el alma de los espectadores, a
causa de la mudanza de la naturaleza.
XXXII
Eclipse de sol –
Segunda y tercera palabras de Jesús
48. Cuando Pilatos pronunció
la inicua sentencia, cayó un poco de granizo; después el Cielo se aclaró
hasta las doce, en que vino una niebla colorada que oscureció el sol: a la
sexta hora, según el modo de contar de los judíos, que corresponde a las
doce y media, hubo un eclipse milagroso del sol. Yo vi cómo sucedió, mas
no encuentro palabras para expresarlo. Primero fui transportada como fuera
de la tierra: veía las divisiones del cielo y el camino de los astros, que
se cruzaban de un modo maravilloso; vi la luna a un lado de la tierra,
huyendo con rapidez, como un globo de fuego. En seguida me hallé en Jerusalén,
y vi otra vez la luna aparecer llena y pálida sobre el monte de los Olivos;
vino del Oriente con gran rapidez, y se puso delante del sol oscurecido con
la niebla. Al lado occidental del sol vi un cuerpo oscuro que parecía una
montaña y que lo cubrió enteramente. El disco de este cuerpo era de un
amarillo oscuro, y estaba rodeado de un círculo de fuego, semejante a un
anillo de hierro hecho ascua. El cielo se oscureció, y las estrellas
aparecieron despidiendo una luz ensangrentada. Un terror general se apoderó
de los hombres y de los animales: los que injuriaban a Jesús bajaron la
voz. Muchos se daban golpes de pecho, diciendo: "¡Que la sangre caiga
sobre sus verdugos!". Otros de cerca y de lejos, se arrodillaron
pidiendo perdón, y Jesús, en medio de sus dolores, volvió los ojos hacia
ellos. Las tinieblas se aumentaban, y la cruz fue abandonada de todos,
excepto de María y de los caros amigos del Salvador. Dimas levantó la
cabeza hacia Jesús, y con una humilde esperanza, le dijo: "¡Señor,
acordaos de mí cuando estéis en vuestro reino!". Jesús le respondió:
"En verdad te lo digo; hoy estarás conmigo en el Paraíso". María
pedía interiormente que Jesús la dejara morir con Él. El Salvador la miró
con una ternura inefable, y volviendo los ojos hacia Juan, dijo a María:
"Mujer, este es tu hijo". Después dijo a Juan: "Esta es tu
Madre". Juan besó respetuosamente el pie de la cruz del Redentor. La
Virgen Santísima se sintió acabada de dolor, pensando que el momento se
acercaba en que su divino Hijo debía separarse de ella. No sé si Jesús
pronunció expresamente todas estas palabras; pero yo sentí interiormente
que daba a María por Madre a Juan, y a Juan por hijo a María. En tales
visiones se perciben muchas cosas, y con gran claridad que no se hallan
escritas en los Santos Evangelios. Entonces no parece extraño que Jesús,
dirigiéndose a la Virgen, no la llame Madre mía, sino Mujer; porque
aparece como la mujer por excelencia, que debe pisar la cabeza de la
serpiente, sobre todo, en este momento en el que se cumple esta promesa por
la muerte de su Hijo. También se comprende muy claramente que, dándola por
Madre a Juan, la da por Madre a todos los que creen en su nombre y se hacen
hijos de Dios. Se comprende también que la más pura, la más humilde, la más
obediente de las mujeres, que habiendo dicho al ángel: "Ved aquí la
esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra", se hizo Madre
del Verbo hecho hombre: oyendo la voz de su Hijo moribundo obedece y
consiente en ser la Madre espiritual de otro hijo, repitiendo en su corazón
estas mismas palabras con una humilde obediencia, y adopta por hijos suyos a
todos los hijos de Dios, a todos los hermanos de Jesucristo. Es más fácil
sentir todo esto por la gracia de Dios, que expresarlo con palabras, y
entonces me acuerdo de lo que me había dicho una vez el Padre celestial:
"Todo está revelado a los hijos de la Iglesia que creen, que esperan y
que aman".
XXXIII
Estado de la ciudad
y del templo - Cuarta palabra de Jesús
49. Era poco más o menos
la una y media; fue transportada la ciudad para ver lo que pasaba. La hallé
llena de agitación y de inquietud; las calles estaban oscurecidas por una
niebla espesa; los hombres, tendidos por el suelo con la cabeza cubierta;
unos se daban golpes de pecho, y otros subían a los tejados, mirando al
cielo y se lamentaban. Los animales aullaban y se escondían; las aves
volaban bajo y se caían. Pilatos mandó venir a su palacio a los judíos más
ancianos, y les preguntó qué significaban aquellas tinieblas; les dijo que
él las miraba como un signo espantoso, que su Dios estaba irritado contra
ellos, porque habían perseguido de muerte al Galileo, que era ciertamente
su Profeta y su Rey; que él se había lavado las manos; que era inocente de
esa muerte; mas ellos persistieron en su endurecimiento, atribuyendo todo lo
que pasaba a causas que no tenían nada de sobrenatural. Sin embargo, mucha
gente se convirtió, y todos aquellos soldados que presenciaron la prisión
de Jesús en el monte de los Olivos, que entonces cayeron y se levantaron.
La multitud se reunía delante de la casa de Pilatos, y en el mismo sitio en
que por la mañana habían gritado: "¡Que muera! ¡que sea
crucificado!", ahora gritaba: "¡Muera el juez inicuo! ¡que su
sangre recaiga sobre sus verdugos!". El terror y la angustia llegaban a
su como en el templo. Se ocupaban en la inmolación del cordero pascual,
cuando de pronto anocheció. Los príncipes de los sacerdotes se esforzaron
en mantener el orden y la tranquilidad, encendieron todas las lámparas;
pero el desorden aumentaba cada vez más. Yo vi a Anás, aterrorizado,
correr de un rincón a otro para esconderse. Cuando me encaminé para salir
de la ciudad, los enrejados de las ventanas temblaban, y sin embargo no había
tormenta. Entretanto la tranquilidad reinaba alrededor de la cruz. El
Salvador estaba absorto en el sentimiento de un profundo abandono; se dirigió
a su Padre celestial, pidiéndole con amor por sus enemigos. Sufría todo lo
que sufre un hombre afligido, lleno de angustias, abandonado de toda
consolación divina y humana, cuando la fe, la esperanza y la caridad se
hallan privadas de toda luz y de toda asistencia sensible en el desierto de
la tentación, y solas en medio de un padecimiento infinito. Este dolor no
se puede expresar. Entonces fue cuando Jesús nos alcanzó la fuerza de
resistir a los mayores terrores del abandono, cuando todas las afecciones
que nos unen a este mundo y a esta vida terrestre se rompen, y que al mismo
tiempo el sentimiento de la otra vida se oscurece y se apaga: nosotros no
podemos salir victoriosos de esta prueba sino uniendo nuestro abandono a los
méritos del suyo sobre la cruz. Jesús ofreció por nosotros su
misericordia, su pobreza, sus padecimientos y su abandono: por eso el
hombre, unido a Él en el seno de la Iglesia, no debe desesperar en la hora
suprema, cuando todo se oscurece, cuando toda luz y toda consolación
desaparecen. Jesús hizo su testamento delante de Dios, y dio todos sus méritos
a la Iglesia y a los pecadores. No olvidó a nadie; pidió aún por esos
herejes que dicen que Jesús, siendo Dios, no sintió los dolores de su Pasión;
y que no sufrió lo que hubiera padecido un hombre en el mismo caso. En su
dolor nos mostró su abandono con un grito, y permitió a todos los
afligidos que reconocen a Dios por su Padre un quejido filial y de
confianza. A las tres, Jesús gritó en alta voz: "¡Eli, Eli, lamma
sabactani!". Lo que significa: "¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué
me has abandonado?". El grito de Nuestro Señor interrumpió el
profundo silencio que reinaba alrededor de la cruz: los fariseos se
volvieron hacia Él y uno de ellos le dijo: "Llama a Elías". Otro
dijo: "Veremos si Elías vendrá a socorrerlo". Cuando María oyó
la voz de su Hijo, nada pudo detenerla. Vino al pie de la cruz con Juan, María,
hija de Cleofás, Magdalena y Salomé. Mientras el pueblo temblaba y gemía,
un grupo de treinta hombres de la Judea y de los contornos de Jopé pasaban
por allí para ir a la fiesta, y cuando vieron a Jesús crucificado, y los
signos amenazadores que presentaba la naturaleza, exclamaron llenos de
horror: "¡Mal haya esta ciudad! Si el templo de Dios no estuviera en
ella, merecería que la quemasen por haber tomado sobre sí tal
iniquidad". Estas palabras fueron como un punto de apoyo para el
pueblo, y todos los que tenían los mismos sentimiento se reunían. Los
circunstantes se dividieron en dos partidos: los unos lloraban y murmuraban,
los otros pronunciaban injurias e imprecaciones. Sin embargo, los fariseos
ya no ostentaban la misma arrogancia que antes, y más bien temiendo una
insurrección popular, se entendieron con el centurión Abenadar. Dieron órdenes
para cerrar la puerta más cercana de la ciudad y cortar toda comunicación.
Al mismo tiempo enviaron un expreso a Pilatos y Herodes, para pedir al
primero quinientos hombres, y al segundo sus guardias para impedir una
insurrección. Mientras tanto, el centurión Abenadar mantenía el orden e
impedía los insultos contra Jesús, para no irritar al pueblo. Poco después
de las tres, paulatinamente desaparecieron las tinieblas. Los enemigos de
Jesús recobraron su arrogancia conforma la luz volvía. Entonces fue cuando
dijeron: "¡Llama a Elías!".
XXXIV
Quinta, sexta y séptima
palabras. Muerte de Jesús
50. Por la pérdida de
sangre el sagrado cuerpo de Jesús estaba pálido, y sintiendo una sed
abrasadora, dijo: "Tengo sed". Uno de los soldados mojó una
esponja en vinagre, y habiéndola rociado de hiel, la puso en la punta de su
lanza para presentarla a la boca del Señor. De estas palabras que dijo
recuerdo solamente las siguientes: "Cuando mi voz no se oiga más, la
boca de los muertos hablará". Entonces algunos gritaron:
"Blasfema todavía". Mas Abenadar les mandó estarse quietos. La
hora del Señor había llegado: un sudor frío corrió sus miembros, Juan
limpiaba los pies de Jesús con su sudario. Magdalena, partida de dolor, se
apoyaba detrás de la cruz. La Virgen Santísima de pie entre Jesús y el
buen ladrón, miraba el rostro de su Hijo moribundo. Entonces Jesús dijo:
"¡Todo está consumado!". Después alzó la cabeza y gritó en
alta voz: "Padre mío, en tus manos encomiendo mi espíritu". Fue
un grito dulce y fuerte, que penetró el cielo y la tierra: en seguida
inclinó la cabeza, y rindió el espíritu.
Juan y las santas mujeres
cayeron de cara sobre el suelo. El centurión Abenadar tenía los ojos fijos
en la cara ensangrentada de Jesús, sintiendo una emoción muy profunda.
cuando el Señor murió, la tierra tembló, abriéndose el peñasco entre la
cruz de Jesús y la del mal ladrón. El último grito del Redentor hizo
temblar a todos los que le oyeron. Entonces fue cuando la gracia iluminó a
Abenadar. Su corazón, orgulloso y duro, se partió como la roca del
Calvario; tiró su lanza, se dio golpes en el pecho gritando con el acento
de un hombre nuevo: "¡Bendito sea el Dios Todopoderoso, el Dios de
Abraham, de Isaac y de Jacob; éste era justo; es verdaderamente el Hijo de
Dios!". Muchos soldados, pasmados al oír las palabras de su jefe,
hicieron como él. Abenadar, convertido del todo, habiendo rendido homenaje
al Hijo de Dios, no quería estar más al servicio de sus enemigos. Dio su
caballo y su lanza a Casio, el segundo oficial, quien tomó el mando, y
habiendo dirigido algunas palabras a los soldados, se fue en busca de los
discípulos del Señor, que se mantenían ocultos en las grutas de Hinnón.
Les anunció la muerte del Salvador, y se volvió a la ciudad a casa de
Pilatos. Cuando Abenadar dio testimonio de la divinidad de Jesús, muchos
soldados hicieron como él: lo mismo hicieron algunos de los que estaban
presentes, y aún algunos fariseos de los que habían venido últimamente.
Mucha gente se volvía a su casa dándose golpes de pecho y llorando. Otros
rasgaron sus vestidos, y se cubrieron con tierra la cabeza. Era poco más de
las tres cuando Jesús rindió el último suspiro. Los soldados romanos
vinieron a guardar la puerta de la ciudad y a ocupar algunas posiciones para
evitar todo movimiento tumultuoso. Casio y cincuenta soldados se quedaron en
el Calvario.
XXXV
Temblor de tierra
– Aparición de los muertos en Jerusalén
51. Cuando Jesús expiró,
vi a su alma, rodeada de mucha luz, entrar en la tierra, al pie de la cruz;
muchos ángeles, entre ellos Gabriel, la acompañaron. Estos ángeles
arrojaron de la tierra al abismo una multitud de malos espíritus. Jesús
envió desde el limbo muchas almas a sus cuerpos para que atemorizaran a los
impenitentes y dieran testimonio de Él. En el templo, los príncipes de los
sacerdotes habían continuado el sacrificio, interrumpido por el espanto que
les causaron las tinieblas, y creían triunfar con la vuelta de la luz; mas
de pronto la tierra tembló, el ruido de las paredes que se caían y del
velo del templo que se rasgaba les infundió un terror espantoso. Se vio de
repente aparecer en el santuario al sumo sacerdote Zacarías, muerto entre
el templo y el altar, pronunciar palabras amenazadoras; habló de la muerte
del otro Zacarías, padre de Juan Bautista, de la de Juan Bautista, y en
general de la muerte de los profetas. Dos hijos del piadoso sumo sacerdote
Simón el Justo se presentaron cerca del gran púlpito, y hablaron
igualmente de la muerte de los profetas y del sacrificio que iba a cesar.
Jeremías se apareció cerca del altar, y proclamó con voz amenazadora el
fin del antiguo sacrificio y el principio del nuevo. Estas apariciones,
habiendo tenido lugar en los sitios en donde sólo los sacerdotes podían
tener conocimiento de ellas, fueron negadas o calladas, y prohibieron hablar
de ellas bajo severísimas penas. Pero pronto se oyó un gran ruido: las
puertas del santuario se abrieron, y una voz gritó: "Salgamos de aquí".
Nicodemus, José de Arimatea y otros muchos abandonaron el templo. Muertos
resucitados se veían asimismo que andaban por el pueblo. Anás que era uno
de los enemigos más acérrimos de Jesús, estaba así loco de terror: huía
de un rincón a otro, en las piezas más retiradas del templo. Caifás quiso
animarlo, pero fue en vano: la aparición de los muertos lo había
consternado. Dominado Caifás por el orgullo y la obstinación, aunque
sobrecogido por el terror, no dejó traslucir nada de lo que sentía,
oponiendo su férrea frente a los signos amenazadores de la ira divina. No
pudo, a pesar de sus esfuerzos, hacer continuar la ceremonia. Dijo y mandó
decir a los otros sacerdotes que estos signos de la ira del cielo habían
sido ocasionados por los secuaces del Galileo, que muchas cosas provenían
de los sortilegios de ese hombre que en su muerte como en su vida había
agitado el reposo del templo. Mientras todo esto pasaba en el templo, el
mismo sobresalto reinaba en muchos sitios de Jerusalén. No sólo en el
Templo hubo apariciones de muertos: también ocurrieron en la ciudad y sus
alrededores. Entraron en las casas de sus descendientes, y dieron testimonio
de Jesús con palabras severas contra los que habían tomado parte en su
muerte. Pálidos o amarillos, su voz dotada de un sonido extraño e
inaudito, iban amortajados según la usanza del tiempo en que vivían: al
llegar a los sitios en donde la sentencia de muerte de Jesús fue
proclamada, se detuvieron un momento, y gritaron: "¡Gloria a Jesús, y
maldición a sus verdugos!". El terror y el pánico producidos por
estas apariciones fue grande: el pueblo se retiró por fin a sus moradas,
siendo muy pocos los que comieron por la noche el Cordero pascual.
XXXVI
José de Arimatea
pide a Pilatos el cuerpo de Jesús
52. Apenas se restableció
un poco la tranquilidad en la ciudad, el gran consejo de los judíos pidió
a Pilatos que mandara romper las piernas a los crucificados, para que no
estuvieran en la cruz el sábado. Pilatos dio las órdenes necesarias. En
seguida José de Arimatea vino a verle; pues con Nicodemus habían formado
el proyecto de enterrar a Jesús en un sepulcro nuevo, que había hecho
construir a poca distancia del Calvario. Habló a Pilatos, pidiéndole el
cuerpo de Jesús. Pilatos se extrañó que un hombre tan honorable pidiese
con tanta instancia el permiso de rendir los últimos honores al que había
hecho morir tan ignominiosamente. Hizo llamar al centurión Abenadar, vuelto
ya después de haber conversado con los discípulos, y le preguntó si el
Rey de los judíos había expirado. Abenadar le contó la muerte del
Salvador, sus últimas palabras, el temblor de tierra y la roca abierta por
el terremoto. Pilatos pareció extrañar sólo que Jesús hubiera muerto tan
pronto, porque ordinariamente los crucificados vivían más tiempo; pero
interiormente estaba lleno de angustia y de terror, por la coincidencia de
esas señales con la muerte de Jesús. Quizá quiso en algo reparar su
crueldad dando a José de Arimatea el permiso de tomar el cuerpo de Jesús.
También tuvo la mira de dar un desaire a los sacerdotes, que hubiesen visto
gustosos a Jesús enterrado ignominiosamente entre dos ladrones. Envió un
agente al Calvario para ejecutar sus órdenes, que fue Abenadar. Le vi
asistir al descendimiento de la cruz.
XXXVII
Abertura del
costado de Jesús – Muerte de los ladrones
53. Mientras tanto el
silencio y el duelo reinaban sobre el Gólgota. El pueblo atemorizado se había
dispersado; María, Juan, Magdalena, María hija de Cleofás, y Salomé,
estaban de pie o sentadas en frente de la cruz, la cabeza cubierta y
llorando. Se notaban algunos soldados recostados sobre el terraplén que
rodeaba la llanura; Casio, a caballo, iba de un lado a otro. El cielo estaba
oscuro, y la naturaleza parecía enlutada. Pronto llegaron seis alguaciles
con escalas, azadas, cuerdas y barras de hierro para romper las piernas a
los crucificados. Cuando se acercaron a la cruz, los amigos de Jesús se
apartaron un poco, y la Virgen Santísima temía que ultrajasen aún el
cuerpo de su Hijo. Aplicaron las escalas a la cruz para asegurarse de que
Jesús estaba muerto. Habiendo visto que el cuerpo estaba frío y rígido lo
dejaron, y subieron a las cruces de los ladrones. Dos alguaciles les
quebraron los brazos por encima y por debajo de los codos con sus martillos.
Gesmas daba gritos horribles, y le pegaron tres golpes sobre el pecho para
acabarlo de matar. Dimas lanzó un gemido, y expiró, siendo el primero de
los mortales que volvió a ver a su Redentor. Los verdugos dudaban todavía
de la muerte de Jesús. El modo horrible como habían fracturado los
miembros de los ladrones hacía temblar a las santas mujeres por el cuerpo
del Salvador. Mas el subalterno Casio, hombre de veinticinco años, cuyos
ojos bizcos excitaban la befa de sus compañeros, tuvo una inspiración súbita.
La ferocidad bárbara de los verdugos, la angustia de las santas mujeres, y
el ardor grande que excitó en él la Divina gracia, le hicieron cumplir una
profecía. Empuñó la lanza, y dirigiendo su caballo hacia la elevación
donde estaba la cruz, se puso entre la del buen ladrón y la de Jesús. Tomó
su lanza con las dos manos, y la clavó con tanta fuerza en el costado
derecho del Señor, que la punta atravesó el corazón, un poco más abajo
del pulmón izquierdo. Cuando la retiró salió de la herida una cantidad de
sangre y agua que llenó su cara, que fue para él baño de salvación y de
gracia. Se apeó, y de rodillas, en tierra, se dio golpes de pecho,
confesando a Jesús en alta voz. La Virgen Santísima y sus amigas, cuyos
ojos estaban siempre fijos en Jesús, vieron con inquietud la acción de ese
hombre, y se precipitaron hacia la cruz dando gritos. María cayó en los
brazos de las santas mujeres, como si la lanza hubiese atravesado su propio
corazón, mientras Casio, de rodillas, alababa a Dios; pues los ojos de su
cuerpo y de su alma se habían curado y abierto a la luz. Todos estaban
conmovidos profundamente a la vista de la sangre del Salvador, que había caído
en un hoyo de la peña, al pie de la cruz. Casio, María, las santas mujeres
y Juan recogieron la sangre y el agua en frascos, y limpiaron el suelo con
paños. Casio, que había recobrado toda la plenitud de su vista, estaba en
una humilde contemplación. Los soldados, sorprendidos del milagro que había
obrado en él, se hincaron de rodillas, dándose golpes de pecho, y
confesaron a Jesús. Casio, bautizado con el nombre de Longinos, predicó la
fe como diácono, y llevó siempre sangre de Jesús sorbe sí. Esta se había
secado, y se halló en su sepulcro, en Italia, en una ciudad a poca
distancia del sitio donde vivió Santa Clara. Hay un lago con una isla cerca
de esta ciudad. El cuerpo de Longinos debe haber sido transportado a ella.
Los alguaciles, que mientras tanto habían recibido orden de Pilatos de no
tocar el cuerpo de Jesús, no volvieron.
XXXVIII
El descendimiento
54. El cielo estaba todavía
oscuro y nebuloso cuando José y Nicodemus se fueron al Calvario: allí se
encontraron con sus criados y las santas mujeres que lloraban sentadas en
frente de la cruz. Casio y muchos soldados, que se habían convertido,
estaban a cierta distancia, tímidos y respetuosos. José y Nicodemus
contaron a la Virgen y a Juan todo lo que habían hecho para librar a Jesús
de una muerte ignominiosa, y cómo habían obtenido que no rompiesen los
huesos al Señor. Entre tanto llegó el centurión Abenadar, y luego
comenzaron la piadosa obra del descendimiento de la cruz, para embalsamar el
sagrado cuerpo del Señor. Casio se acercó también, y contó a Abenadar la
milagrosa curación de la vista. Todos se sentían muy conmovidos, llenos de
tristeza y de amor. Nicodemus y José pusieron las escaleras detrás de la
cruz, subieron y arrancaron los clavos. En seguida descendieron despacio el
santo Cuerpo, bajando escalón por escalón con las mayores precauciones.
Fue un espectáculo muy tierno; tenían el mismo cuidado, las mismas
precauciones como si hubiesen temido causar algún dolor a Jesús. Todos los
circunstantes tenían los ojos fijos en el cuerpo del Señor y seguían sus
movimientos, levantaban las manos al cielo, derramaban lágrimas y daban señales
del más profundo dolor. Todos estaban penetrados de un respeto profundo,
hablando sólo en voz baja para ayudarse unos a otros. Mientras los
martillazos se oían, María, Magdalena y todos los que estaban presentes a
la crucifixión, tenían el corazón partido. El ruido de esos golpes les
recordaba los padecimientos de Jesús; temían oír otra vez el grito
penetrante de sus sufrimientos. Habiendo descendido el santo Cuerpo, lo
envolvieron y lo pusieron en los brazos de su Madre, que se los tendía poseída
de dolor y de amor. Así la Virgen Santísima sostenía por última vez en
sus brazos el cuerpo de su querido Hijo, a quien no había podido dar
ninguna prueba de su amor en todo su martirio; contempló sus heridas, cubrió
de ósculos su cara ensangrentada, mientras Magdalena reposaba la suya sobre
sus pies. Después de un rato, Juan, acercándose a la Virgen, le suplicó
que se separase de su Hijo para que le pudieran embalsamar, porque se
acercaba el sábado. María se despidió de Él en los términos más
tiernos. Entonces los hombres lo tomaron de los brazos de su madre y lo
llevaron a un sitio más bajo que la cumbre del Gólgota, que ofrecía gran
comodidad para hacer el embalsamamiento. Lo hicieron en seguida y
envolvieron después el santo Cuerpo en un gran lienzo blanco. Cuando todos
se arrodillaron para despedirse de Él, se operó delante de sus ojos un
gran milagro: el sagrado cuerpo de Jesús, con sus heridas, apareció
representado sobre el lienzo que lo cubría, como si hubiese querido
recompensar su celo y su amor, y dejarles un retrato a través de los velos
que lo cubrían. Era un retrato sobrenatural, un testimonio de la divinidad
creadora, que residía siempre en el cuerpo de Jesús.
XXXIX
Jesús metido en el
sepulcro
55. Los hombres pusieron el
sagrado Cuerpo sobre unas parihuelas de cuero, tapadas con un cobertor
oscuro. Nicodemus y José llevaban sobre sus hombros los palos de delante, y
Abenadar y Juan los de atrás. En seguida venían la Virgen, Magdalena y María
Cleofás, después las mujeres que habían estado sentadas a cierta
distancia, Verónica, Juana Chusa, María, madre de Marcos, Salomé, mujer
de Zebedeo; María Salomé, Salomé de Jerusalén, Susana y Ana, sobrina de
San José; Casio y los soldados cerraban la marcha. Se detuvieron a la
entrada del jardín de José, que abrieron arrancando algunos palos, que
sirvieron después de palancas para llevar a la gruta la piedra que debía
tapar el sepulcro. Cuando llegaron a la peña, levantaron el santo Cuerpo
sobre una tabla larga, cubierta de una sábana. Las santas mujeres se
sentaron en frente de la entrada. Los cuatro hombres introdujeron el cuerpo
del Señor, llenaron de aromas una parte del sepulcro, extendieron una sábana
sobre la cual pusieron el Cuerpo y salieron. Entonces entró la Virgen, se
sentó al lado de la cabeza, y se bajó, llorando, sobre el cuerpo de su
Hijo. Cuando salió de la gruta, Magdalena entró y besó, llorando, los
pies sagrados de Jesús; pero habiéndole dicho los hombres que debían
cerrar el sepulcro, se volvió con las otras mujeres. Pusieron la tapa de
color oscuro, y cerraron la puerta. Todos volvieron a la ciudad; José y
Nicodemus encontraron en Jerusalén a Pedro, a Santiago el Mayor y a
Santiago el Menor. Vi después a la Virgen Santísima y a sus compañeras
entrar en el Cenáculo; Abenadar fue también introducido, y poco a poco la
mayor parte de los Apóstoles y de los discípulos se reunieron en él.
Tomaron algún alimento, y pasaron todavía unos momentos reunidos llorando
y contando lo que habían visto. Los hombres cambiaron de vestido, y los vi
después, debajo de una lámpara, orar.
XL
Los judíos ponen
guardia en el sepulcro
56. En la
noche del viernes al sábado vi a Caifás y a los principales judíos
consultarse respecto de las medidas que debían adoptarse, vistos los
prodigios que habían sucedido y la disposición del pueblo. Al salir de
esta deliberación, fueron por la noche a casa de Pilatos, y le dijeron que
como ese seductor había asegurado que resucitaría el tercer día, era
menester guardar el sepulcro tres días; porque si no, sus discípulos podían
llevarse su Cuerpo y esparcir la voz de su Resurrección. Pilatos, no
queriendo mezclarse en ese negocio, les dijo: "Tenéis una guardia:
mandad que guarde el sepulcro como queráis". Sin embargo, les dio a
Casio, que debía observarlo todo, para hacer una relación exacta de lo que
viera. Vi salir de la ciudad a unos doce, antes de levantarse el sol; los
soldados que los acompañaban no estaban vestidos a la romana, eran soldados
del templo. Llevaban faroles puestos en palos para alumbrarse en la oscura
gruta donde se encontraba el sepulcro. Así que llegaron, se aseguraron de
la presencia del cuerpo de Jesús; después ataron una cuerda atravesada
delante de la puerta del sepulcro, y otra segunda sobre la piedra gruesa que
estaba delante, y lo sellaron todo con un sello semicircular. Los fariseos
volvieron a Jerusalén, y los guardas se pusieron enfrente de la puerta
exterior. Casio no se movió de su puesto. Había recibido grandes gracias
interiores y la inteligencia de muchos misterios. No acostumbrado a ese
estado sobrenatural, estuvo todo el tiempo como fuera de sí, sin ver los
objetos exteriores. Se transformó en un nuevo hombre, y pasó todo el día
haciendo penitencia y oración. Después de la Resurrección del Señor, dejó
la milicia y se juntó con los discípulos. Fue uno de los primeros que
recibieron el bautismo, después de Pentecostés, junto con otros soldados
convertidos al pie de la Cruz.
Publicado
por cortesía de ACI Prensa
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¡ Jesús
Resucitó !

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